La detención de Uribe dinamita cualquier posibilidad de reconciliación. La guerra ideológica cobró la cabeza del expresidente. Pero el problema no es Uribe, no seamos idiotas, el problema es el país.

“Hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas”, así lo sentenció Lenin. Esta semana fue una de esas en la historia política y judicial de Colombia. El 4 de agosto será recordado por todas las generaciones como el día en que Álvaro Uribe Vélez perdió su libertad y el país llegó a un punto de inflexión.

Uribe, el político más poderoso del país, el carismático finquero paisa, el que no calaba en el circulito, el que empezó la campaña presidencial solo con un 2 por ciento de popularidad. El mismo que se hizo presidente con la bandera de la seguridad democrática y que propuso acabar con los paramilitares y las Farc. Con los primeros hizo un proceso de paz, aunque los más sanguinarios comandantes terminaron extraditados a Estados Unidos por narcotráfico. Con los segundos, libró una guerra a muerte. Los puso en jaque.

Hoy, con Uribe preso y Timochenko y su bandola libres, Colombia es un país camino a ser inviable. Dirán que el jefe de las Farc pasó por un proceso de paz. Claro, un proceso que perdió en las urnas y violentó la democracia. Que aun así, los llevó al Congreso. No han pagado un solo día de cárcel. Cuando salga esta publicación Uribe casi completará su primera semana preso.

La injusticia solo genera espirales de odio y dolor. Más violencia. Aunque tenemos que respetar los fallos de la Corte Suprema, millones de colombianos no estamos de acuerdo con la decisión de los cinco magistrados de la Sala de Instrucción. Fue desproporcionada, rara, vengativa. Especialmente innecesaria. Uribe podría haberse defendido en libertad. Es inaceptable que la corte que dejó libre al terrorista Jesús Santrich sea la misma que le quitó la libertad al expresidente, que no ha sido vencido en juicio. No nos digamos mentiras, a Uribe ya lo condenaron. A Uribe lo están matando moralmente y quieren desaparecerlo del mapa político. Diecisiete atentados que le han hecho demuestran que no está muerto porque no han podido asesinarlo.

El plan contra Uribe se materializó, como lo advertí en esta columna. De paso se consolidó la construcción del país de las Farc. Ese que empezó como un sueño revolucionario del extinto Tirofijo y que dio origen a las Farc en los años sesenta. Un grupo terrorista, marxista-leninista, que selló su alianza con el narcotráfico y se fortaleció militarmente en épocas del Caguán. Pero Uribe llegó al poder en 2002 cuando íbamos directo a ser un Estado fallido y de facto nos devolvió la esperanza. Floreció la confianza inversionista, se disparó la economía, se acabaron las pescas milagrosas y las sangrientas tomas guerrilleras a los pueblos. Llegó la emblemática operación Jaque. Íngrid y sus compañeros de cautiverio volvieron a vivir, tras años en condiciones infrahumanas en la selva por orden del asesino Mono Jojoy. La inteligencia se fortaleció y las Farc empezaron a ser infiltradas. Llegaron los golpes contundentes: cayeron Raúl Reyes y otros cabecillas. Solo así en el Gobierno Santos pudieron dar de baja al máximo comandante de la organización, Alfonso Cano. Uribe cambió a Colombia y debilitó a las Farc. Eso no se lo perdonan, ni los terroristas ni sus aliados.

Juan Manuel Santos, ministro de Defensa en tiempos de los falsos positivos, traicionó a Uribe; como presidente se apoyó en la izquierda y fue así como en La Habana empezó la estrategia para reescribir la historia y construir el país de las Farc, a expensas de la paz de un solo sector. Sí que lo han hecho bien, muy a pesar de nuestra patria y bajo la premisa de que todos somos culpables. Como las Farc no creían en la justicia, la que paradójicamente hoy piden respetar, lograron una justicia especial que aún no los condena. La verdad y la reparación no llegan. Se están saliendo con la suya. Mientras limpian su imagen hasta en Google, donde hace apenas unos días Timochenko aparecía en primer plano como un soldado colombiano.

Si siguen avanzando a la misma velocidad, el país de las Farc terminará de refundarse en 2022. Ese es el objetivo principal: tomarse el poder y llegar a Palacio, por medio de terceros, transitando sobre los despojos mortales de Uribe, Duque y todos los que piensan distinto a ellos.

Volvamos a Lenin con su máxima: “El Gobierno está tambaleando. Necesitamos darle un golpe mortal a cualquier costo. Demorar la acción es lo mismo que la muerte”. Sin duda, los marxistas-leninistas en Colombia le apuestan a asfixiar a este Gobierno, que políticamente está cada vez más frágil. En la debacle todos vamos a perder.

Es el momento de despertar. Qué país queremos para nuestros hijos: el que nos enseñaron nuestros abuelos, donde era clara la diferencia entre el bien y el mal, y los valores importaban. En donde el trabajo honesto y el esfuerzo permitían la superación personal y se construía país; o este, el de los valores invertidos que nos quieren imponer las Farc y sus simpatizantes. El complaciente con los narcos, asesinos y violadores. Ese donde se pide a gritos justicia para unos e impunidad para otros. Claro, tenemos muchos retos, pero solo saldremos adelante con un Estado fuerte y una democracia sólida, con oportunidades y educación para todos.

La detención de Uribe dinamita cualquier posibilidad de reconciliación. La guerra ideológica cobró la cabeza del expresidente. Pero el problema no es Uribe, no seamos idiotas, el problema es el país. Tarde o temprano tendremos que llegar a un gran acuerdo nacional, donde no haya vencedores ni vencidos.

Nota: ¿Cuál expresidente sigue?

Vicky Dávila, Revista Semana, Bogotá, agosto 7 de 2020.

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