Catástrofe en cámara lenta

Si gana Gustavo Petro las elecciones, el 8 de agosto de 2022 en Bogotá no será el 1 de enero de 1959 en La Habana.

No tiene por qué haber una fuga desesperada, no será necesario colgarse de los trenes de aterrizaje de los aviones para escapar, ni lanzarse en balsas desafiando huracanes para lograr la libertad. Las fuerzas del régimen no arrestarán a nadie para conducirlo a una sala de tortura clandestina, no habrá fusilamientos masivos ni expropiaciones de los medios de producción. Por lo menos no al principio.

La cosa será más sutil. El fin de la libertad en Colombia ocurrirá como la muerte de la proverbial rana en la olla, que escapa de un salto cuando el agua está hirviendo, pero fallece sin darse cuenta cuando se va subiendo poco a poco la temperatura.

Eso es lo que hará el gobierno petrista: asfixiar la democracia colombiana de manera lenta hasta que estemos todos cocinados.

Para amortiguar la radicalidad de su agenda, en un principio nombrará un gabinete con algunas figuras moderadas, que durarán hasta el primer arrebato del caudillo. Luego, como ocurrió en la Alcaldía, vendrán los esbirros incondicionales que implementarán el programa sin misericordia.

El estúpido papayazo del comandante del Ejército hace unos días le dará pie para hacer una purga masiva en las Fuerzas Militares y en la Policía. Es posible que nombre —a lo Diosdado Cabello— un militar retirado como ministro de Defensa para que identifique simpatizantes y consolide su control sobre la fuerza pública.

Ya tiene casi la mitad del Congreso, la otra parte que le falta se la embolsillará a punta de mermelada en tres patadas.

La crisis económica que sobrevendría no será un problema sino una oportunidad. La devaluación de la moneda sumada al aumento arancelario hará incontrolable la inflación. El Gobierno, sin embargo, tendrá en el corto plazo mucho dinero para gastar debido a la estatización de los fondos privados de pensiones. El banco central tendrá que subir las tasas agresivamente lo que generará el pretexto para acabar con su independencia. Del aumento de precios también será culpado el sector privado; y del aumento de las tasas, la banca. Vendrá control de precios y control de capitales.

Cuando nada de esto funcione —porque nunca ha funcionado— empezarán las expropiaciones. Todo con la excusa de castigar a los especuladores y los apátridas. El despilfarro y la corrupción gubernamental generarán una oligarquía petrista —los petrichicos—. Con el Congreso y el Ejército cooptados, con los empresarios quebrados o amedrentados, con la indiferencia de los Estados Unidos, solo quedan las cortes y los órganos de control para pararlo.

Pero será una lucha difícil. De aquí a 2025 se elegirán mayorías en la Corte Constitucional, el Consejo de Estado y la Corte Suprema, más todas las cabezas de las ías. El Gobierno intentará determinar los nombramientos. Si esto se consuma, el poder de Petro será omnímodo. Quedarse en la Presidencia todo el tiempo que quiera para concluir su “revolución” será solo cuestión de trámite.

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