Cuatro años del Acuerdo del Colón

* Los hechos son tozudos

* Urge estrategia de seguridad en el país

Ya por las épocas de la firma del llamado Acuerdo del Colón, que cumplió esta semana cuatro años, el proceso de paz con las Farc venía averiado. Aunque nadie pensaba que se llegaría a las extrañas circunstancias actuales, lo cierto es que el trámite posterior al plebiscito, en el que supuestamente se daría un sí rotundo a lo negociado en La Habana entre la guerrilla y el Gobierno de entonces, dejó la aflictiva sensación de que se había cambiado la legitimidad democrática.

En efecto, se suplantó entonces la decisión negativa del constituyente primario por una resolución parlamentaria con todos los visos de leguleyismo. Se buscó por esta vía asombrosa superar el dictamen desfavorable del pueblo al Acuerdo de Cartagena unas semanas previas. A eso lo llamaron refrendación, en el Congreso, a sabiendas de que el procedimiento no tenía pies ni cabeza. Con ello, la idea de una paz popular y legítima se vino a pique. Y las promesas de una reconciliación estable y duradera, con la participación de todos, quedó en el aire puesto que al final nada tuvo que ver el pueblo con el Acuerdo del Colón.

Fue así, ciertamente, como nació el pacto de paz con las Farc. Con un simple cambio de nombre entre los acuerdos y algunas pequeñas modificaciones de última hora a los 300 artículos negociados por un lustro. Y ante todo con una paz entrampada dentro de la polarización política enfermiza que, dividiendo a la sociedad colombiana entre amigos y enemigos, desestimó el único instrumento que ha sido motivo de prosperidad y vocación de futuro en la nación: la concertación social.

Inclusive, esa mañana de la firma del Acuerdo del Colón hubo de añadirse una fe de erratas, puesto que solo así pudieron evadirse las cláusulas furtivamente incorporadas por algún desconocido. La premura no fue la mejor consejera. Al echarse por la borda la posibilidad del consenso nacional, una opción que debió tomarse como objetivo desde los contactos iniciales, se optó por una paz divisiva. Es decir, diferente del espíritu consensuado que obligaban los cánones de la Constitución de 1991. Todavía estamos en ese eterno retorno esterilizante que disipa los propósitos comunes, incluso en medio de la pandemia y la crisis económica lesivas. De hecho, alrededor del cuarto aniversario del convenio del Colón se han suscitado polémicas imprevistas. Tanto así que a partir de un extenso artículo del New York Times se ha dado curso internacional a la idea de que ese proceso, entre otros, no ameritaba el Premio Nobel de la Paz. Nadie había llegado a semejante dureza en Colombia.

En todo caso, ya desde aquellas jornadas se intuía que la providencia de la academia noruega había sido quizás un intento de compensación frente al veredicto de las urnas y las volcánicas realidades circundantes. Bajo esa perspectiva, desde entonces podía avizorarse cuán traumático iba a ser el desarrollo de lo pactado.

Efectivamente, a poco de las firmas del Colón las Farc se dividieron. De esta manera se formalizó lo que de antemano era una sospecha para tener en cuenta y exigir las claridades necesarias. Es posible que de haberse constatado esa hendidura explosiva no se hubiera llegado a una negociación de este tipo. En esa medida, se entenderá que el Acuerdo del Colón se selló bajo premisas diferentes a las que después se desarrollaron. De allí los cortocircuitos incesantes, en muchas de las entidades correspondientes a la paz.

En ese orden de ideas, el Acuerdo prospera en arenas movedizas. No en vano en todos los sondeos los colombianos muestran incredulidad y escepticismo sobre muchas de las materias atinentes. No es secreto que se trataba de una plataforma diseñada para una paz integral, con la intención de asociar a otros grupos guerrilleros. Que luego se concentró en las Farc. Y que más tarde terminó siendo apenas de aplicación parcial con esa facción, ya que antes o casi de inmediato emergieron las denominadas disidencias y algo más tarde las reincidencias, encabezadas nada menos que por los negociadores cruciales del pacto, a la par de las manifestaciones de violencia tradicionales. Ambas, por demás, con retaguardia geopolítica en Venezuela y acaballadas en el dramático apogeo de los cultivos ilícitos y la abrumadora multiplicación cocainera.

A su vez eso ha llevado, en buena parte, a las matanzas de líderes comunales y culturales, durante los últimos cuatro años, en medio de la cruel disputa por los corredores estratégicos de las drogas ilícitas y la expansión del microtráfico.  Por otra parte, el Estado tampoco logró el monopolio de las armas, en los territorios comprometidos, ni llegó la soberanía y la inversión social en las áreas desalojadas.

Es cierto, asimismo, que parte considerable de las Farc entregaron las armas y que finalmente desactivaron la máquina de guerra que desde hacía tiempo venía en declive. Lamentablemente, por otro lado, empezó a gestarse al mismo tiempo una nueva confrontación donde urge una estrategia de seguridad estatal. Y esa es la tarea ¡aquí y ahora!

El Nuevo Siglo, Editorial, 29/11/2020


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