El hombre vertical

La tradición es un edificio armonioso y bien articulado, cuyo fundamento es la tierra y cuyo vértice toca el cielo.facebook sharing button

twitter sharing buttonlinkedin sharing buttonwhatsapp sharing buttonemail sharing buttonLa sociedad moderna, inmersa en un proceso revolucionario que arranca con la revolución protestante, ha trastocado todos los principios y valores tradicionales. El raciocinio ha sido esclavizado por el sentimentalismo y el hipersexualismo.

El hombre es el único ser vertical sobre la faz de la tierra, en esta verticalidad prima la razón (cabeza), que se impone al sentimiento (el corazón) y a las necesidades fisiológicas (estómago y órganos sexuales). Esta verticalidad encuentra su sustento en los pies, que aferran al hombre a la tierra, a la tradición, y enraízan la realidad concreta en la realidad atemporal.

Que el hombre viene definido por la verticalidad lo atestigua hasta la indemostrable teoría evolutiva, que en su errada teoría reconoce que el camino hacia la humanidad es el camino hacia la verticalidad.

La imagen del hombre tradicional es la del agricultor que en el trabajo del campo agacha su espalda en la siembra, y alza su vista al cielo en los descansos de su extenuante actividad. Tierra y cielo unidos en su labor, la tierra que le ata con suave yugo a las tradiciones y colma sus necesidades materiales, y el cielo que le recuerda su vida eterna, y calma sus ansias espirituales.

La imagen del hombre moderno es la del operario que fija su vista únicamente en la máquina que le enajena, que debido al economicismo y la maximización productiva no tiene tiempo de mirar al cielo en su descanso, y que crea una nueva realidad que no colmará sus necesidades materiales, sino las necesidades del amo capitalista.

Nuestros antepasados tenían la intuición que nacía de la verdad católica, intuición que les daba la certeza, hoy olvidada, de que el trabajo no es un fin, sino un medio para colmar sus necesidades materiales, no para crear nuevas necesidades artificiales. Hoy nosotros, más instruidos, pero menos cultivados, hemos convertido al trabajo en un fin en si mismo, hemos convertido el justo consumo, en vil consumismo.

La revolución no solo ha recostado al hombre, sino que le ha puesto boca abajo, ha reducido nuestra mirada a la tierra, ha desenraizado nuestra naturaleza, y ha privilegiado las necesidades fisiológicas a la razón, anteponiendo el sentimentalismo al raciocinio. No es casual, sino causal, que los caprichos sexuales se antepongan a las necesidades racionales, no es casual que la voluntad se anteponga a la naturaleza de las cosas.

Tal y como refería Emmanuel Malynski al referirse al medievo, la tradición inspirada en el espíritu cristiano «es un edificio armonioso y bien articulado, cuyo fundamento es la tierra y cuyo vértice toca el cielo – y no una especie de ser amorfo del cual no se distingue la cabeza de la cola, y viceversa».

Hoy todos tenemos la obligación de recuperar al hombre tradicional, al hombre vertical, de trabajar por nuestro futuro desde las realidades concretas para alcanzar el cielo. Tenemos la obligación, como el agricultor, de asentar los pies en la tierra, y no perder nunca la visión de la eternidad. Como el hombre de campo tenemos que respetar los tiempos de Dios, los tiempos de la naturaleza, hemos de abonar el terreno, eliminar la cizaña, sembrar con paciencia aquello que nos será útil, y esperar mirando al cielo el fruto de nuestra oración y trabajo; siempre hemos de mantener nuestra mirada al horizonte en el que tierra y cielo se fusionan.

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