La guerra contra el pasado

Hay un viejo cliché que reza:
“Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia”.

No vale mucho la pena detenerse en lo pavote de la frase, que aplicada significaría que la “verdadera” historia es la que podría contar Hitler, por ejemplo. En cambio, sí es interesante pensar las razones ideológicas que llevan a alguien a hacer semejantes afirmaciones.

Escasos días atrás, la legisladora kirchnerista Ofelia Fernández, lanzó un video propagandístico para pedir la estatización de una empresa. En dicho video se cometían una serie de gruesos errores históricos fácilmente chequeables. Pero lo más llamativo no eran los errores sino las omisiones. La empresa relacionada con el campo (actor social que el kirchnerismo ha elegido como enemigo) había sido favorecida y alabada, precisamente, por gobiernos kirchneristas. Ofelia eligió recordar las relaciones de la empresa con la dictadura militar o con el macrismo y olvidar las relaciones con su partido, acomodó el relato histórico a su conveniencia política.

¿Cómo es posible, con tanta información a la mano, seguir manipulando políticamente la historia?

El kirchnerismo no es novel en el arte de reescribir la historia, pero, nobleza obliga, no es la usina de la mayoría de los relatos que se ha dedicado a implantar. Es simplemente el catalizador potente de una narrativa que surge a mediados del siglo pasado, y que ha permeado tanto en el imaginario social que ya es una maquinaria destinada a deslegitimar, atacar y a silenciar mensajes opuestos. Todo, con un objetivo claro: acumular poder y sacralizarlo para perpetuarse.

La reescritura de la historia es una herramienta necesaria para el socialismo desde siempre. Se basa en una selección maniquea de eventos y personajes unidos en un engrudo que conforma una interpretación única de la Historia, pletórica de víctimas de cuya voz el socialismo se apropia. Es difícil separar el dogma sacramental del relato histórico, cuando el victimismo ya tiene gestor oficial. Parte de ese delirio lo vemos hoy, a nivel mundial, en el ataque a estatuas.

Los rituales iconoclastas avanzan sobre la representación de Miguel de Cervantes, que no sólo no fue esclavista, sino que sufrió el ser esclavizado en carne propia. O sobre Churchill, adalid de la victoria sobre el nazismo, que a la edad de quienes vandalizaron su estatua ya había participado en cinco guerras. En un abuso de sandez, The New York Times pidió el cierre del Monte Rushmore por considerarlo un ataque a los indígenas, olvidando el detalle de que la redacción del diario está ubicada en un terreno comprado a los nativos americanos con espejitos de colores. Los ejemplos son miles, como en el caso vernáculo de la legisladora Ofelia, los datos son fácilmente chequeables, pero ¿a quién importa la verdad?

Con el eufemismo de reconstruir “Memorias” se vienen ejecutando aquí y en el mundo, leyes que proponen qué conmemorar y qué olvidar, acordes a la historia políticamente correcta. Estas intervenciones afectarán el trabajo de los historiadores actuales y futuros, vigilados a la luz de los criterios de los nuevos dogmas políticos. Las universidades son ejemplo del discurso historiográfico casi único.

Borrar de un plumazo los hechos que forjaron una nación no es faena fácil, pero tergiversarlos sí. Y los recuerdos son contenidos mentales de realidades ya ausentes que intervienen, no azarosamente, en la forja de nuestra identidad. De manera tal que no es gratis permitir que se reescriba la historia, porque con eso se manipula la pertenencia a un proyecto identitario. Lo que no se hace de un plumazo, se construye con décadas marcadas por inexactitudes como las que plasmó la pobre legisladora Ofelia.

El kirchnerismo tiene un propósito de reinterpretación de los hechos muy codicioso, basado en la concepción de que Argentina se refundó en 2003, con Cristina y Néstor Kirchner y necesita ficcionar, para ello, la historia política respecto de su accionar durante la dictadura de 1976. Con este propósito, fue necesario anclar el relato kirchnerista al ya existente revisionismo histórico al que le dio anabólicos a cambio de que los sumara al “dramatis personae” de la galería de “buenos”. La contracara son los “malos”, esos que escribieron una presunta “historia oficial”. Se trata de un breviario de los prejuicios simplones en los que hay una lucha entre la “bondad” (que son ellos pobres víctimas y los perseguidos jóvenes soñadores de los 70) y la “maldad” (todos los que no son ellos y en consecuencia son los gorilas, cipayos, neoliberales, chetos, etc).

Así fue como se fueron construyendo dispositivos culturales con el objetivo de denostar a los personajes despreciados por los revisionistas sin ningún escrúpulo. Uno de los más pintorescos es el dibujito infantil oficialista Zamba. Según sus creadores: “Zamba se propone como disparador de preguntas y debates, busca acercarse a la historia con ojos de niño, con contradicciones y sin solemnidad”…¡disparador de preguntas y debates!. Crearon contenido denostativo sobre Sarmiento para niños de primaria y esperan que a los 7 años se generen “debates”?

Aún si dejamos de lado que se adoctrina a niños pequeños, antes que debatir sería necesario que aprendieran. Quienes revisionan la historia no son ajenos a la teoría marxista según la cual es posible moldear las mentes de los niños para sostener determinados dogmas, entonces podríamos pensar que se trata de una política pública que busca una temprana adhesión política. El desprecio hacia Sarmiento, entre otros, responde a la necesidad de imprimir, en todos los órdenes del relato, el discurso revisionista con el que pactaron apoyo mutuo.

Para el socialismo, la guerra contra el pasado tiene dos grandes razones. La primera es que la izquierda tiene un problemita impúdico: no tiene a lo largo de toda la historia, una sola bondad para contar. No hay un ejemplo que pueda enarbolar, una sola anécdota en la que, aplicado el socialismo, haya salido bien. El otro motivo es que necesita crear una sociedad nueva que rompa con todo lo anterior, que destroce los vínculos constitutivos del individuo: su familia, su cultura, su religión o su tradición. Borrar todo aspecto de distinción personal, individual, para permitir su colectivización mansa. De ahí su lucha desigual contra los datos, contra los registros, contra toda prueba que desmienta sus postulados.

Desde la academia, a este objetivo abonó la llamada “French theory”. Se trataba de un grupo de pensadores franceses que llegó a convertirse en columna vertebral del discurso de la izquierda post-marxista con su perfecto encaje en el análisis y dignificación de la cultura popular colectivista. Estructuraron su arsenal teórico en un combate por el poder cultural contra lo que llamaron el “neoconservadurismo”. Las filosofías de la diferencia (Foucault, Deleuze, Baudrillard, Derrida, Lyotard) fueron percibidas como la base ideológica para las «políticas de la identidad» de las minorías étnicas, sexuales, lingüísticas y religiosas, de forma de crear colectivos autodefinidos a las que sindicaron como víctimas y se largaron, unilateralmente, a representar.

¡Qué manía tiene el socialismo por legislar la Historia!, ¡qué hambre de injerencia por usar conflictos del ayer, a la carta, para sacar beneficio!. Podemos decidir sobre nuestro porvenir pero no podemos cambiar la historia. Por eso se intenta reconstruir la realidad manipulada. Por eso el énfasis machacón de la narrativa socialista hace que jóvenes de 20 años repitan mentiras enquistadas durante décadas como si las hubieran vivido.

Nuestra historia no apesta, es la que es, como todas y cada uno es libre de suscribir o criticar tal o cual cosa. Pero es necesario conocerla para que no nos vendan pescado podrido y para pensar el futuro sin el imperativo progresista de que todo tiempo pasado es vergonzante. Si aceptamos que estamos destinados a mirar a nuestra historia como una serie de errores, estaremos condenados a que se reescriba según la conveniencia del troglodita de turno.

Esta depuración, esta purga de datos y hechos es el delirio académico y cultural con el que se manipula la memoria. Se trata de un trabajo lento y obsesivo, pero no carente de frutos. Tenemos generaciones adoctrinadas bajo el lema “La historia no es verdad”. Millones de estudiantes que han visto películas, cantado canciones y gritado consignas que afirman que: “la historia no es verdad porque la escriben los que nosotros no queremos”. Y no importan los datos ya que: “solamente habla de los que tenían el poder económico, de su visión de las hazañas o de cómo veían ellos que eran héroes o próceres unas personas sí y otras no. La historia que nos contaron es de parte de las oligarquías y de élites económicas que premia a los que masacraron, a los que pasaron por encima de los derechos de demás”.

La “historia oficial liberal” que critica el revisionismo y en consecuencia el kirchnerismo, es casi inexistente hoy. Impulsaron una generación históricamente analfabeta que a su vez está educando a otras. No distinguen a San Martín de Belgrano, no saben qué pasó el 20 de junio y exaltan batalla perdidas por el solo hecho de que abrevan a su sesgo ideológico. A los próceres que no pudieron destrozar, los metamorfosearon.

La guerra contra el pasado ni es exclusivamente nuestra ni es nueva. Las teorías de deconstrucción de la historia sobre las que se basan, acríticamente, los programas de estudios sociales de nuestras universidades, que forman a los formadores, tiene algunos conceptos que, no por rancios, dejan de ser familiares:

Occidente es estructuralmente opresor (a pesar de ser la cuna de las democracias liberales y de la institucionalidad de los derechos humanos).
El lenguaje es un marco de dominación (y por ende debe ser diseñado y reescrito por quienes se erigen como los defensores de los colectivos de víctimas históricas censurando lo que se dice y lo que no en base a su escala de ofensa).
No existe la verdad objetiva, accesible a la investigación científica y contrastable, la ciencia es un dispositivo de dominación (de modo tal que todo es relativo y lo que vale es la autopercepción y la validación del colectivo de oprimidos).
Toda opinión y acción vale si (y sólo si) expresa al colectivo y las personas se definen por la pertenencia al mismo (no importa el accionar individual, la responsabilidad es colectiva e histórica de suerte tal que los sindicados como pertenecientes a los colectivos hegemónicos son naturalmente opresores aún cuando no tengan relación personal o histórica con el mal que se les achaca).

Por eso al socialismo no le importan los datos, si los datos no les dan la razón significa que son un constructo opresivo en manos de los malos, ¡peor para los datos malditos opresores!

“Quien controla el pasado controla el presente. Quien controla el presente controlará el futuro”.

Escribía Eric Arthur Blair, conocido mundialmente como George Orwell, que fue socialista, que conoció por dentro sus artes para manipular y que dedicó sus últimos días a denunciar su barbarie.

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