Los disfraces del comunismo moderno

 
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La experiencia histórica demuestra que los continuos y flagrantes paralogismos en que se asienta el comunismo, son una constante que se reitera en todos aquellos lugares en que se halla manifiestamente presente. Resulta, por tanto, incomprensible que haya quien, después de todo, continúe rozagante de estos nada presumibles antecedentes de un movimiento, que es per se un gran sofisma, y que se caracteriza por ser una auténtica entelequia, en el sentido no aristotélico del término. Mas no es de extrañar, considerando que el comunismo es parangonable con la quincallería de la más etérea apariencia. Pues, una de sus principales características es la forma impune en que dicho movimiento no hace sino conflictuar. Inflamando de tensión los entornos de los que se jacta para conseguir el apoyo borreguil de una masa, enardecida y enfervorizada, que se dispone a defender y seguir a ultranza una ideología que ofrece muchas promesas y pocas garantías. Esa masa que alza la voz cantando como un mantra la misma melopea bajo la oriflama roja, seguramente bajo la curda del mismo vodka cuyas existencias agotaron en San Petersburgo el 7 de noviembre de 1917 quienes hicieron realidad por vez primera la distopía comunista.

Llegados a este punto, hay quien -en su inocente ceguera- le pueda resultar descabellado pensar que en los actuales «estados de derecho» vivimos bajo la tiranía del marxismo. Pero no es difícil demostrar lo contrario. Y la línea de acción marxista en el presente es muy clara: acabar con el tradicionalismo. Pero, ¿por qué iba a querer una «élite marxista» acabar con los valores y principios que han regido Occidente por más de dos milenios? Sé que se ha hablado bastante del tema, pero creo que se no se ha hecho mucho hincapié en el hecho de que todo parte de una premisa: el materialismo filosófico. 

En primer lugar, el marxismo nace como una ideología estrictamente materialista. Esto es, el valor de los seres y su existencia, incluidas las personas, se mide exclusivamente por su materia física. Es decir, niega cualquier cualidad o esencia metafísica que posea la persona humana. Por lo que es una ideología profundamente «anti-esencialista». Esto hace que la diferencia entre el género humano y los animales, por ejemplo, se limite exclusivamente a lo que son capaces de «hacer» y no a lo que «son». Esto es algo que hoy en día se ve reflejado en el «ecologismo salvaje», que pretende equiparar los derechos de las personas con los de los animales. Llegando éstos últimos a gozar, incluso, de más derechos que los primeros. Aunque también podemos ver esto reflejado en la idea de que la «identidad» de cada quien es lo que cuenta y no las características naturales con las que ha nacido. Esto hace que la naturaleza de cada persona deje de ser un estado para convertirse en una condición, reemplazable por otra «a gusto» de cada uno. De forma que no somos quienes «somos», si no quienes «queremos ser». Esto se ve claramente en la actual «ideología de género». Que pretende hacernos creer que tenemos «género» en vez de sexo. Pues el género es algo se atribuye, como los objetos -en cuyo caso puede variar en función del idioma, por ejemplo-, a diferencia del sexo que es algo con lo que nacemos.

En segundo lugar, partiendo de lo ut supra mencionado, se puede alcanzar la conclusión de que al negar toda diferencia esencial, se está asumiendo que, de algún modo, «todos somos iguales». Es bien sabido por todos que ésta es la mayor proclama del comunismo. Este principio, que parte de la dialéctica marxista de «héroes y villanos», lo podemos ver plasmado en la idea de la «lucha de clases». Pero si sustituimos este pensamiento decimonónico de lucha entre ricos y pobres, por el pensamiento actual de la lucha entre hombres y mujeres, el resultado es el «feminismo radical». Que claramente niega las diferencias esenciales entre ambos sexos. Pues no somos iguales, y en la medida en que somos diferentes podemos completarnos. Otra cosa es la igualdad de derechos y oportunidades entre unos y otros, que no es la que persigue el marxismo. Al acabar con tales diferencias, nos encontramos también con que algo tan natural como que varón y mujer se unan para tener descendencia y unirse «en sus diferencias naturales» para ser «uno solo», deje de ser lo natural. Que es lo que defiende el «lobby LGTB». 

En tercer lugar, y siguiendo en la misma línea, nos encontramos con que para el marxismo, en la medida en que el ser humano es simplemente materia, su vida desde la concepción hasta la muerte, carece de todo valor sobrenatural o extracorporal. El valor de las personas para el marxismo, se mide estrictamente en términos de productividad. Es decir, la vida de un ser humano vale en la medida en que pueda «aportar» o «servir» de algo, materialmente hablando. Eso implica que hay que «acabar» con los más débiles y vulnerables, con los que no tienen oportunidad de satisfacer los intereses materialistas del sistema y tampoco capacidad para defenderse. Como lo son los niños en el vientre materno y los enfermos en el lecho de muerte. Esto es lo que en realidad pretenden con prácticas criminales como el aborto, la eutanasia y el suicidio asistido.

Pero para alcanzar una empresa tan grande como lo es cambiar de paradigma la cultura occidental, es necesario contar con el apoyo servil y esnobista de las mayorías populares. Y para lograrlo, hay que dividir la sociedad en lobbies o grupos sociales a los que controlar a base de «pan y circo», hacer un lavado de imagen reescribiendo el pasado y tergiversando el presente, y lo más importante: acabando con todo vestigio de la tradición. Esto último incluye la religión, como referente moral y la familia, como «célula» de la sociedad. En este sentido, el comunismo ha sabido adaptarse muy bien a la sociedad moderna para poder sobrevivir. Por ello disfrazan estas realidades bajo eufemismos tales como: «interrupción del embarazo», «empoderamiento de la mujer», «inclusión», «pluralidad», «libertad», «sostenibilidad». Pero sólo es maquillaje que cubre de hipocresía la verdad, pues la realidad histórica es bien distinta. En la URSS las mujeres eran tan «públicas» como cualquier objeto, a los homosexuales se les encarcelaba por serlo, las ballenas se cazaban de forma ilegal y sin control, y los esturiones casi se extinguen en el Báltico por el consumo desmesurado que los líderes de la «Revolución proletaria» hacían del caviar «burgués». Pero hoy sólo se habla de «memoria democrática» y de un señor que lleva más de 40 años muerto.

Es de esta manera, es decir, con todo género de engaños, como el comunismo ha logrado instaurarse e imponerse en la sociedad occidental actual. Sólo que de una forma mucho más astuta y sutil que en el pasado. Hoy día no invaden países por fuerza de las armas, pero sí lo hacen por fuerza de leyes totalitarias diseñadas para cumplir sus objetivos; ahora las bombas que dejan caer sobre nosotros es en forma de siniestras campañas de desinformación promovidas por medios de comunicación al servicio de las élites globalistas. Bajo el «disfraz de demócrata libertador y justiciero», el comunismo ha blanqueado -al menos de cara a una sustancial parte de la población- su pasado teñido de sangre. De esta forma, los camaradas del nuevo «régimen democrático» han cambiado los fusiles por las cámaras y los micrófonos, y los uniformes militares por conjuntos de Chanel. Pero, aunque al igual que un virus, el comunismo haya «mutado», su esencia criminal y totalitaria sigue siendo exactamente la misma que antaño.

Entre tanto, se desvanece la esperanza de que algo cambie a mejor en una mayoría que guardan silencio por miedo a ser calificados de fascistas, fachas o retrógrados por el establishment. O sencillamente porque lo cómodo o lo cool, como es natural, es remar a favor de obra y arrodillarse ante el orden imperante. Mientras Occidente, que se halla entre la memez de unos y la cobardía disfrazada de tolerancia de otros, avanza hacia la deshumanización, la tiranía del pensamiento único y el absoluto desplome de sus cimientos.

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