
“Los hombres deben ser gobernados como personas, no como cosas, hacia
un bien común verdaderamente humano que recaiga sobre las personas y cuyo
valor principal es la libertad de desarrollo de éstas.”
(Jacques Maritain)
La dignidad de la persona humana no puede ser un concepto vacío; más bien, un principio con prácticas consecuencias en la vida real.
Somos unos seres creados a imagen y semejanza de Dios, compuestos de una parte espiritual, el alma, y una material, el cuerpo.
No es posible, por lo tanto, que sirvamos como un objeto a los fines materiales del Estado, al sustento de una organización que desconozca las necesidades espirituales del ser humano y sus derechos como persona.
Consustancial a la idea del Estado es, en consecuencia, la búsqueda del bien común verdaderamente humano, que comprenda la integridad del ser humano, su cuerpo y su alma.
Valores como la Verdad o la Justicia, derechos esenciales como el derecho a la vida, a la protección de la Familia, a la seguridad de su propiedad privada o, a vivir en paz, y libertades como la de elegir sus propias creencias, tener acceso a un trabajo digno, expresar sus opiniones, o elegir sus representantes en el manejo del Estado, forman parte del bien común integral que el Estado debe garantizar a sus gobernados.
Cuando el envenenamiento de la propaganda, la gestión gubernamental sustentada por la mentira y el poder corruptor del dinero, y la dominación de las mentes a través de diferentes tipos de coerción, logran imponer su voluntad a la masa, nos convertimos en esclavos, abdicamos de nuestra dignidad como personas humanas y permitimos que se nos gobierne como simples cosas.
Es por eso que la alternativa que se nos ofrece es única e insoslayable: Nos plegamos a la esclavitud en las próximas décadas, o aplicamos nuestro esfuerzo al restablecimiento de nuestros valores, nuestros principios, y empezamos de una vez por todas a construir un Estado que trabaje por el Bien Común de los asociados y no por sus mezquinos y egoístas intereses políticos.
Por: Luis Alfonso García Carmona