La salida del Minhacienda en medio de la discusión de la nueva tributaria y del presupuesto enrarece un panorama fiscal ya de por sí complejo.

Tras varios meses de una férrea defensa, el presidente de la República, Gustavo Petro, le pidió la renuncia al ministro de Hacienda, Ricardo Bonilla. Pocas horas antes de publicar en su red social X dos largos trinos donde le solicita hacerse a un costado, el primer mandatario había respaldado la continuidad de su jefe de las finanzas públicas a pesar de los señalamientos en el escándalo de corrupción de la Unidad Nacional de Gestión de Riesgo de Desastres (UNGRD).
No obstante, el mismo día en que se conoce que el ministerio de Hacienda denunció al presidente de Ecopetrol, Ricardo Roa, y a Nicolás Alcocer Petro, hijo adoptivo del jefe del Estado, por presuntas irregularidades en la hidroeléctrica Urrá, Petro descabeza a Bonilla. Esta decisión llega en momentos en que el horizonte fiscal del país luce complejo ante la desfinanciación del Presupuesto General de la Nación (PGN) para 2025 y el poco entusiasmo que generó en el Congreso la segunda reforma tributaria o ‘ley de financiamiento’.
Ahora que uno de los más graves casos de corrupción de la administración Petro ‘tumba’ a la cabeza del equipo económico del Gobierno, no se pueden dejar pasar la peligrosa narrativa con los que el mandatario quiere justificar la caída de Bonilla. Además de reiterar en que el Ministro de Hacienda es una “víctima”, el presidente Petro insiste en que la compra de los congresistas es un “entrampamiento” tendido por la “extrema derecha financiera y sus políticos”.
Incluso una de las decisiones más responsables y políticamente dolorosas del hasta ayer ministro Bonilla -el compromiso con cerrar el déficit en los precios de los combustibles- es ahora reinterpretada por el mandatario como una trampa de los “funcionarios uribistas de Minhacienda”. La larga justificación presidencial a la salida ministerial no debe ignorarse; al contrario, perfila una versión económica de su tesis del ‘golpe blando’, ahora protagonizado por los técnicos en el Gobierno, los políticos opositores y los ‘neoliberales’ como críticos de sus desaciertos en materia fiscal y de política económica.
El “entrampamiento económico” que esgrime el presidente, Gustavo Petro no es más que una cortina de humo populista para tanto ocultar los graves señalamientos de corrupción e irregularidades que siguen plagando su administración, como minimizar su responsabilidad en el complicado panorama fiscal y presupuestal del país. En vez de ofrecer salidas a la crisis y enviar los mensajes adecuados a los mercados, la Casa de Nariño se resiste a ajustar las cuentas públicas a la realidad económica, busca culpables en el ‘neoliberalismo’ y el ‘relato periodístico’ y sigue haciéndose la ‘víctima’.
Ayer mismo el presidente Petro confirmó al viceministro Diego Guevara como el nuevo jefe de la cartera de Hacienda. Los retos que recibe los conoce de antemano y enfrentará un año 2025 sin claridad en las finanzas de la Nación. Se espera que Guevara continúe el compromiso de Bonilla con el cumplimiento de la regla fiscal y que convenza a la Casa de Nariño de decretar un presupuesto realista y austero para el año entrante. Seguir cuadrando números a punta de subejecución no es sostenible.
Además, ya es momento de abandonar el proyecto de la llamada ley de financiamiento con su alza de impuestos y su intento de flexibilizar la regla fiscal. La salida de Ricardo Bonilla en medio de estos debates tributarios y presupuestales enrarecen aún más ese complejo panorama fiscal. La llegada de Guevara debe concentrarse en construir salidas viables a la crisis.
FRANCISCO MIRANDA HAMBURGER
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