Papas criollas a la francesa

Tendremos que lidiar los próximos meses con un par de personajes pintorescos de nuestra política criolla: con un tal Roy Barreras (el verdadero “Roysputín” de nuestra  política, el más ilustre de los camaleones, con profesión de médico y especialidad de trapecista, quien salta con enorme habilidad del uribismo al cambio-radicalismo, se vuelve una U -cual saltimbanqui santista-, luego tira a la izquierda y termina volando en cabriola fenomenal hacia el Pacto de Petro, para seguir agarrado de las cuerdas del poder, ahora desde la embajada en Londres, cual Rasputín, el “monje maldito”, que enredó a la monarquía rusa, fue “tinieblo” de la zarina Alejandra, embrujó a todos con su verbo y facultades de curandero que aplicó sobre el enfermo, príncipe Romanov.

Y un tal  Armando Benedetti, perfecta reencarnación del francés Joseph Fouché, fallecido en Trieste, Italia, en 1820, conocido activista y dirigente político durante la Revolución Francesa y después de ella, bajo el imperio de Napoleón; se le recuerda como el fundador del espionaje moderno y el responsable del Ministerio de Policía de Francia, cuyo nombre ayudó a cambiar -para disimular- y convertirlo en el Ministerio de Interior. Vaya coincidencia con nuestro nuevo flamante Mininterior y sí que se parecen, pues mientras Fouché era enfermizo del cuerpo, nuestro paciente lo es en gravedad por el consumo de sustancias alcohólicas y sicotrópicas, coincidiendo en ser, ambos, enfermizos del alma.

Dicen los biógrafos del francés que tenía una cualidad, como buen camaleónico –a lo “Roysputín”- fácilmente expuesto a ponerse del lado del sol que más alumbre, es decir, permanentemente dispuesto al cambio, en virtud de “su aversión a vincularse plenamente, irrevocablemente, a alguien o a algo”; y Stefan Zweig, su “biógrafo oficial”, lo enmarcó como desmedidamente ambicioso, audaz, frío, ambiguo, impenetrable…no buscaba mucho la publicidad, ni los discursos, prefería estar detrás de bambalinas, moviendo las telarañas ocultas de la política en la sombra y no tuvo inconveniente alguno para ser girondino primero, al fragor de la Revolución de 1789, y cuando esta facción fue perdiendo poder se convirtió en jacobino radical y, a la postre, en uno de los regicidas del monarca Luis XVI.

Tampoco tuvo dificultad en volverse áulico de Napoleón Bonaparte, a quien enredó hasta el final, como había enredado al propio Maximiliano Robespierre, portaestandarte de la Revolución y líder del llamado Régimen del Terror -una especie de Petro de la época- quien alcanzó a decir de él que era el “cocinero de la conspiración” en su contra. Alumno aventajado de Maquiavelo, su poder lo llevó a amasar una gran fortuna a punta de intrigas y de información privilegiada, y cualquier parecido con nuestro Armando, en relación con nuestro “Petro Robespierre”, es pura coincidencia pues, cual Fouché criollo, se aferra al poder gracias a esa información privilegiada que posee sobre la financiación de la campaña presidencial, cuyos primeros dardos escupió en su famosa conversación telefónica con la hoy canciller Sarabia, borracho, amenazando con “si me joden a mí nos hundimos todos y se caen las torres gemelas, hijueputas”.

Post-it. Coinciden el Maximiliano original con el “Yo me llamo Robespierre” de nuestro reality. Ambos se creyeron portadores de la verdad revelada del pueblo y como al nuestro no le funcionan las relaciones civilizadas con el Congreso, ahora llama a la gente a pronunciarse sobre sus propuestas reformistas en materias laboral, de salud, y quién sabe a qué otras expresiones de populismo habrá de recurrir para cuantificar la magnitud de su insoportable incompetencia. Que Dios nos guarde.

Jueves, 13 de Marzo de 2025

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