
A sabiendas de que para algunos puedo parecer repetitivo y reduccionista en la causa y solución para la crisis nacional, considero necesario insistir en que la principal solución para los males pasados y presentes del país consiste en instaurar la ética en la existencia pública con el fin de que irradie el sentido de lo que es moral, justo y benéfico en todos los ámbitos de la sociedad.
Sé que algunos encuentran repetitiva y simplista la sentencia de Rafael Núñez pronunciada en un momento histórico de la segunda mitad de nuestro turbulento siglo XIX, muy similar a los tiempos actuales, y que es necesaria enarbolar como ahora como una bandera: Regeneración o Catástrofe.
Es decir, comprometernos todos a rodear al hombre o mujer que jure y se comprometa de verdad e inspire confianza para instaurar la ética en la existencia pública de nuestra República.
La corrupción es la que tolera no sólo los escándalos de robo y mal uso de los recursos públicos, sino la indignidad y la violencia verbal, en el ejercicio del poder ejecutivo.
La corrupción es la que impide reaccionar ante la complicidad con el narcotráfico y otros negocios ilícitos y causa de la inseguridad y pérdida del control territorial.
Corrupción es la que adormece los resortes morales para no reaccionar con honor y coraje y aceptar pasivamente la orden de no realizar acciones contra las bandas criminales armadas y terroristas.
Corrupción es omisión de deberes al no ejercer a plenitud el control político y judicial para proteger la integridad del orden constitucional.
Sé que es necesario a partir de agosto del 2026 ejecutar soluciones, medidas y programas técnicos, políticos, sociales y económicos para la reconstrucción de lo que ha destruido el desgobierno.
Pero si persiste el clima de relativismo moral y la falta de ética en la existencia pública, es poco lo que en realidad se podrá concretar de esos planes y propuestas y, además, no lograremos derrotar en el 2026 a los continuadores del desgobierno actual.
11/05/2025 | Por Martín Alonso Pinzón