¡Petro asesino!

En el mundo contemporáneo, el concepto de “asesino intelectual” ha emergido como una figura que no necesariamente ejecuta el crimen ni da órdenes explícitas, pero que influye decisivamente en su realización mediante la creación de un ambiente propicio o la incitación indirecta, por lo tanto, la responsabilidad por un crimen puede extenderse más allá de la acción directa, hacia aquellos cuya influencia y discurso contribuyen al acto criminal.
Desde una perspectiva filosófica, las ideas de causalidad moral y responsabilidad compartida son fundamentales para esta tesis. El filósofo alemán Immanuel Kant argumentaba que las acciones humanas no deben ser evaluadas únicamente en función de lo que se hace físicamente, sino también en función de las intenciones y los contextos que las propician. Según esta lógica, alguien que fomenta un ambiente de odio, intolerancia o violencia puede ser considerado responsable moralmente de los actos violentos que resulten de dicho ambiente.
Por ejemplo, si una figura pública utiliza su influencia para deshumanizar a un grupo específico de personas, y esta deshumanización lleva a actos de violencia cometidos por terceros, esta figura pública carga con una responsabilidad moral. Aunque no haya dado una orden directa, su discurso y sus acciones han jugado un papel causal en el desencadenamiento de esa violencia.
En el ámbito jurídico, la responsabilidad intelectual está reconocida en diferentes formas. Un claro ejemplo son los casos relacionados con la incitación al odio que han sido juzgados en tribunales internacionales. La Corte Penal Internacional ha procesado a individuos que, mediante propaganda o discursos llenos de odio, contribuyeron a genocidios y crímenes de lesa humanidad. Este enfoque establece que las palabras y las ideas no son neutrales; tienen el poder de movilizar masas y provocar consecuencias reales y devastadoras.
Además, el concepto de “autoría mediata” en el derecho penal refuerza la noción de que no solo es culpable quien ejecuta el acto directamente, sino también quien lo controla o lo facilita desde una posición de poder. Por ejemplo, un líder que incita indirectamente a sus seguidores a cometer un crimen puede ser procesado como autor intelectual del mismo.
¡Petro asesino!
Desde un punto de vista ético, esta tesis nos exige evaluar cómo las personas con influencia —sea política, social o cultural— tienen una responsabilidad inherente por el impacto de sus acciones y discursos. La ética no solo se enfoca en lo que hacemos directamente; también nos llama a considerar el alcance indirecto de nuestras palabras y actos. Ignorar esta responsabilidad puede abrir las puertas a un entorno en el que los crímenes sean meramente síntomas de una enfermedad más profunda: la irresponsabilidad moral.
Por ejemplo, cuando un individuo en una posición de poder promueve ideas que encienden pasiones extremas o justifican actos de violencia, la consecuencia ética es clara: su acción ha facilitado el crimen, incluso si no dio una orden explícita. En este sentido, la ética exige reconocer que influir en otras personas para que actúen de una manera destructiva equivale, en muchos casos, a haber participado activamente en el acto.
A lo largo de la historia, existen ejemplos que ilustran cómo el asesino intelectual trasciende el acto directo. Uno de los casos más notorios es el papel de Joseph Goebbels en la Alemania nazi. Aunque Goebbels no ejecutó directamente los crímenes del régimen, su maquinaria propagandística fue clave para crear un ambiente de odio hacia los judíos y otros grupos marginados, fomentando actos genocidas. Este caso demuestra que las palabras y las ideologías pueden ser herramientas de destrucción tan poderosas como las armas.
En el mundo moderno, las palabras han dejado de ser simples expresiones y se han convertido en herramientas poderosas que moldean sociedades, influyen en comportamientos y, en ocasiones, provocan actos de violencia física. El discurso de odio, cargado de deshumanización, intolerancia y prejuicio, no solo afecta a quienes son el blanco de estas palabras, sino también al tejido mismo de la convivencia social.
El discurso de odio se caracteriza por su capacidad para deshumanizar y estigmatizar a un grupo específico de personas. A menudo dirigido contra minorías étnicas, religiosas, de género o políticas, este tipo de discurso busca justificar el trato desigual y abre la puerta a actitudes hostiles. Aunque las palabras en sí mismas no son actos de violencia física, su impacto psicológico y social puede ser devastador. Al deshumanizar, el discurso de odio crea un marco mental que permite justificar la agresión contra el otro.
Uno de los mecanismos más claros por los cuales el discurso de odio conduce a la violencia física es la incitación. Cuando figuras públicas, líderes políticos o medios de comunicación difunden mensajes cargados de odio, crean un ambiente propicio para que sus seguidores actúen en consecuencia. Este fenómeno ha sido estudiado ampliamente en contextos históricos donde el discurso de odio fue el preludio de genocidios y crímenes de lesa humanidad.
Con base en esta argumentación teórica no me cabe ninguna duda que el autor intelectual del intento de asesinato de Miguel Uribe es Gustavo Petro; cuando Petro aseguró que quienes rechacen la consulta popular son “HP”, es un discurso de odio que claramente incita a la violencia.” “Tengo que decir con franqueza que el que vote No o no quiera estas reformas es porque es un HP esclavista. No he dicho ninguna grosería. Ojo, HP: ¿honorable parlamentario, periodista o político? Honorable político. Pero es honorable persona esclavista”, aseveró.” (https://www.infobae.com/colombia/2025/05/01/gustavo-petro-llamo-hp-esclavista-a-todo-aquel-que-vote-no-a-la-consulta-popular-no-he-dicho-ninguna-groseria/).
Está claro que Petro ha utilizado constantemente el discurso de odio, pues: “‘nazi’ dejó de ser una palabra para remitir a un hecho histórico lamentable, para convertirse en un insulto constantemente utilizado por el jefe del Ejecutivo, tanto que parece muletilla. La cólera ante la imposibilidad de hacer la revolución por la vía legal ha llevado a estigmatizar y etiquetar a los opositores. Una práctica que justamente ha reprochado duramente el presidente cuando el estigma y la etiqueta han sido usados contra él y sus seguidores. Estigmatizar y etiquetar cancela al opositor, lo deja silenciado y, según se ha documentado en el país, conduce al odio y finalmente al asesinato, a la polarización.” (https://razonpublica.com/la-politica-del-amor-petro-tiempos-colera/).
Constantemente en discursos, el presidente ha acusado a congresistas opositores de tener sangre en las manos o de ser responsables indirectos de asesinatos, lo que ha sido interpretado como una presión indebida y una amenaza al orden democrático, además, que utiliza términos peyorativos contra instituciones, medios, gremios y empresas que se oponen a sus políticas.
Durante meses, Miguel Uribe ha sido objeto de un acoso político sin precedentes por parte del propio jefe de Estado. Ha sido acusado, sin pruebas, de conspirar, de ser instrumento de mafias, de estar al servicio de oscuros intereses. Petro no ha dudado en arrojar sobre él toda la basura retórica posible, deshumanizándolo ante los ojos de la horda de antisociales que respalda su régimen.
Es por ello por lo que coincido con el amigo Rafael Nieto en que: “no hay duda de que Petro es responsable del intento de asesinato de Miguel Uribe. Su discurso de odio, sus injurias y calumnias y señalarlos como criminales, desde nazis y fascistas hasta asesinos y esclavistas, ponen una diana en el pecho de sus contradictores y “legitima” la violencia contra ellos.”(https://elfrente.com.co/petro-responsable-del-intento-de-asesinato/).
¡Petro asesino!
Finalmente, me temo que el acuerdo firmado a petición de los obispos desarmar la palabra y a rechazar la violencia será sólo tinta derramada sin ningún cumplimiento por parte de Petro, el único que ha tenido un discurso de odio e incitado a la violencia, los altos dignatarios firmantes de ese acuerdo o nada tienen que ver o han sido más bien víctimas de esa violencia verbal de Petro, es que como Thierry Ways señala:
“Lo que tiene a Colombia en un estado de zozobra, agudizado ahora por el atentado, no es un asunto de palabras. Es una cuestión de actitud. Y de actos. El lenguaje, por supuesto, transmite esos actos y esa actitud, pero no los crea ni los precede. La actitud a la que me refiero… se trata del autoritarismo de un mandatario a quien la democracia y las instituciones solo le sirven cuando respaldan sus puntos de vista; cuando no, se vale todo, incluso atropellar la Constitución, para conseguir sus objetivos. Aquí el lenguaje no es el problema, es el talante autoritario del Presidente. Un decretazo expedido con guantes de seda —o de látex, como los que usó para empuñar un arma, la espada de Bolívar, mientras hablaba de “guerra a muerte” a sus adversarios— no es menos perverso que uno promulgado a los hijueputazos” (https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/no-es-solo-el-lenguaje-3463447).
Por todo esto considero que el discurso de lo políticamente correcto no cabe en la actual situación del país, se debe señalar clara y firmemente que Petro es asesino, y como tal debe ser enjuiciado y despojado del poder. La actitud de Petro es golpista, es la misma de castillo en el Perú, y por mucho menos él está preso, llegará tarde o temprano la necesidad de encarcelarlo a él también o se irá irremediablemente a la consolidación de la dictadura del SSXXI, lo cual es en definitiva el objetivo de Petro, hay qué impedirlo.
19/06/2025 | Por Alberto López Núñez . .
https://lalinternaazul2.wordpress.com/2025/06/19/petro-asesino/