
Está en boga en estos tiempos aciagos lo que el estadista Álvaro Gómez, pocos meses antes de ser inmolado en el atentado en la Universidad Sergio Arboleda, denominaba el régimen. Tras un hondo análisis de la realidad colombiana asumía qué si no se enfrentaba y derrotaba el régimen, el gobierno estaría girando bajo el nefasto influjo de esas fuerzas oscuras que minaban la democracia nativa.
“El régimen necesita que la política sea sucia porque es la manera de conseguir la amplia gama de complicidades que se necesitan para mantener su predomino”, puesto que “cuando las gentes de bien se desinteresan de lo político, los agentes del caos perduran y se fortalecen”, señalaba.
Su visión resulta un tanto premonitoria, transcurridos más de 20 años de su sacrificio. Entonces, nadie imaginaba que el régimen llegara a ser tan poderoso, como para desenmascararse y elevar a la presidencia de la República a un mando medio del M-19 y a varios de sus agentes.
Álvaro Gómez, en esa ardorosa lucha que libró contra el régimen, sostenía que: “No es fácil, la forma en la que la política debe limpiarse. En el estado de descomposición existente, ninguna propuesta parece tener credibilidad y por eso las opiniones que antes conformaban el oficio de la política, han desaparecido”. Y otra de sus afirmaciones de entonces cobra notable vigencia: “Debemos repetir que el responsable de la decadencia y la corrupción es el régimen”.
La democracia y el régimen
Lo anterior quiere decir que no hay política. Gritar “Fuera Petro” es una descarga emocional positiva que se desvanece en la cotidianidad ciudadana del día a día. La política implica un proyecto para derrumbar al contrario, fortalecer la democracia y combatir la subversión, como para ganar la voluntad popular. Entre tanto, sigue Gómez: “Factor de la decadencia ha sido la creencia de que no vale la pena opinar. También, parece ridículo protestar”.
Eliminado Álvaro Gómez tuvimos varios gobiernos de distinta índole, que en algunos casos enfrentaron la violencia, tal como lo hizo Andrés Pastrana, con el Plan Colombia y Álvaro Uribe, en sus dos mandatos, como, inicialmente, en su primer gobierno Juan Manuel Santos. Así como Iván Duque facilitó que los soldados cumplieran la misión de preservar el orden.
En esa etapa, en medio del conflicto armado, avanzan los diálogos con los subversivos. Hasta que se llega al exceso de dar a la Farc el premio de ir al Congreso sin votos. En tanto, se crea la JEP, que tiende a asfixiar a los militares, que hoy carecen de un verdadero fuero militar que les sirva de armadura contra las falsas denuncias de las bandas alzadas en armas contra el sistema.
La democracia y el régimen
Lo anterior no habría ocurrido, si tal como lo entendió Álvaro Gómez, nos hubiésemos unido para tumbar el régimen. Un régimen, que es preciso repetirlo: “domina casi la totalidad de la vida política nacional”. Cómo en Colombia no tenemos política, tampoco se recuerdan como debiera los mensajes de Álvaro Gómez, en ese sentido. Al régimen, pertenecen, como decía el notable estadista: “Con distinto grado de afiliación, el congreso, los partidos políticos, la prensa oficialista, algunos bloques económicos y sectores minoritarios de los sindicatos, de la iglesia y de los gremios”.
Hoy la lista de las zonas rojas del poder sería mucho más larga. Por las denuncias que hace el excanciller Álvaro Leyva en torno al contrato de los pasaportes, es evidente que aflora el fantasma del fraude, por lo que quieren expulsar a la empresa Thomas Greg que ha manejado varias elecciones con eficacia y éxito, para manipular los resultados de las futuras elecciones.
Los colombianos debemos exigir a los candidatos que fuera de hacer oposición y de defender la justicia, la libertad y la democracia, denuncien y se comprometan en la lucha implacable contra el régimen. Como hemos visto no sirve de mucho ganar la presidencia si el régimen es el que sigue mandando, sin importar quién sea el inquilino de la Casa de Nariño. Hoy sufrimos la apoteosis del régimen, de la corrupción y el crimen, fuera del predominio subversivo en casi el 70% de nuestro territorio.
La democracia colombiana semeja un barco a la deriva. Si el próximo gobierno no derrota el régimen y se convoca al pueblo a esa misión, la democracia colombiana se derrumbará, como pasó en Cuba y en otros países.
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