
«La cultura del asesinato se está extendiendo en la izquierda. En California, los activistas están bautizando propuestas electorales en honor a Luigi Mangione. La izquierda está sumida en un frenesí violento. Cualquier revés, ya sea perder unas elecciones o un juicio, justifica una respuesta de máxima violencia. Esta es la consecuencia natural de la cultura de protesta de la izquierda, que tolera la violencia y el caos durante años. La cobardía de los fiscales locales y las autoridades escolares ha convertido a la izquierda en una bomba de relojería«. Charlie Kirk, 7 abril. 2025, en X
·¿La izquierda identitaria avanza o retrocede? Si el wokismo está en decadencia, ¿por qué sus adeptos se están volviendo cada vez más violentos? Mucho se ha hablado de la caída en desgracia del wokismo, y en muchos aspectos parece que el hartazgo del mundo hacia esta ideología desquiciada ha alcanzado un punto de inflexión. Pero en el ciclo poswoke la energía antioccidental persiste, porque el declive de algunas de sus causas no significa el colapso de la cosmovisión subyacente. Para entender lo que nos depara este ciclo, es necesario no confundir el retroceso de ciertos movimientos identitarios con el agotamiento del proyecto antioccidental.El asesinato de Charlie Kirk recuerda a Occidente que quienes crecieron adoctrinados en el ‘wokismo’ no harán una retirada civilizada.
Luego de décadas de hegemonía política y cultural, las generaciones criadas bajo este proyecto han sido educadas para ver a Occidente como un entramado de sistemas opresivos. Esos niños, ahora jóvenes, han crecido bajo un designio moral enardecido de odio que justifica la violencia. Si bien es cierto que hay indicios reales de esta retirada —los hemos desarrollado aquí, aquí y aquí— y que las estadísticas muestran una caída del apoyo público al activismo trans o al dogma corporativo DEI, lo que se viene ya no son las disputas por pronombres, ataques a estatuas o intentos inútiles de imponer el lenguaje inclusivo, luchas que dominaron la última década. Lo que se viene es aún peor, porque se sienten acorralados, burlados y en plena etapa de radicalización.
El brutal asesinato de Charlie Kirk, sumado a la orgía de festejos que este crimen tuvo en la wokesfera, nos recuerda que quienes crecieron adoctrinados en el wokismo no harán una retirada civilizada. Y no hablamos sólo de jóvenes festejando crímenes en TikTok, sino de Stephen King usando su poder mediático para deshumanizar a la víctima, de la mayoría de los medios tradicionales y de las agencias de noticias ensayando argumentos para justificar la ejecución del creador de Turning Point, y del desbloqueo de todo freno inhibitorio para manifestar la sed de sangre.
Empleados públicos, maestros, periodistas y políticos mostraron sin pudor su algarabía por el fusilamiento de un hombre que nunca ejerció un cargo público, que no cometió ningún delito y que simplemente opinaba distinto. Aun sabiendo que esas posturas podrían costarles sus trabajos, becas estudiantiles o relaciones personales, se expresaron sin reservas. Los parlamentos norteamericano y europeo se negaron a guardar un minuto de silencio por este crimen. Esto va más allá de un señalamiento moral: marca un antes y un después, porque la progresía está diciendo que está preparada para aceptar sin objeciones la violencia política.
El asesinato de Charlie Kirk recuerda a Occidente que quienes crecieron adoctrinados en el ‘wokismo’ no harán una retirada civilizada
La locura desatada por este homicidio es la misma que se pudo ver entre los fans de Luigi Mangione, el chacal que mató a sangre fría a un ejecutivo de seguros médicos en plena calle. Festejos similares se registraron por el asesinato de la ejecutiva inmobiliaria Wesley LePatner, por el de los diplomáticos israelíes Yaron Lischinsky y Sarah Milgram en Washington D. C., y ni hablar de los intentos de asesinato de Donald Trump. Todos estos indicios muestran un lado más oscuro que ya está emergiendo: lo que viene es más duro y peligroso, y apunta directamente a la cabeza del que piensa distinto.
Ocurre que suscribir a la cosmovisión izquierdista exige adoptar un marco interseccional del mundo, arraigado en la dicotomía opresores-oprimidos, que atribuye virtud moral al desmantelamiento de cualquier sistema catalogado como opresivo. Pero esta cosmovisión es adaptativa: cuando una causa pierde fuerza, surge otra para ocupar su lugar. Se trata de un fanatismo dinámico que, una vez internalizado, puede reutilizarse contra cualquier sistema de poder percibido. Tras intentar desmantelar las malignas fuerzas del patriarcado, la supremacía blanca o el colonialismo, su próximo objetivo puede ser también el sistema democrático. Y se está creando el caldo de cultivo para que esto resulte justificable.
El optimismo respecto de la decadencia de la izquierda ya nos ha jugado malas pasadas. Tras la caída del Muro de Berlín y la implosión de la URSS, Francis Fukuyama publicó en 1992 El fin de la historia y el último hombre, donde sostenía que la historia, como lucha de ideologías, había terminado, dado que las democracias liberales se imponían masivamente. Su entusiasmo no le permitió ver la capacidad adaptativa de la izquierda como sistema de búsqueda de poder e imposición totalitaria. Algo parecido ocurre con el reciente texto de Eric Kaufmann, publicado en mayo de este año en The Wall Street Journal: «Bienvenidos a la era política posprogresista», en el que habla del final de sesenta años de auge del progresismo. Ciertas causas identitarias pueden estar perdiendo fuerza, sí, pero el ciclo poswoke es virulento, y en retirada se asemeja a un animal rabioso y acorralado.
El victimismo, élan vital de las corrientes identitarias de izquierda, sigue vigente y más fuerte que nunca. Nada puede contradecir a la víctima de turno, supuestamente oprimida por un sistema injusto y cruel; y quienes cuestionan sus motivos son catalogados como cómplices de los opresores. Esta fórmula insuperable se ha repetido en los últimos años: nadie se atrevió a cuestionar la furia asesina del movimiento BLM, nadie se opuso al movimiento #MeToo en su apogeo, nadie contradijo a Greta Thunberg cuando gritaba «how dare you», y nadie osó decirles a los trans que la biología era más importante que su autopercepción. Todos estos movimientos lograron grandes avances políticos presentándose como mártires perseguidos, amables y nobles, a quienes los opresores impedían vivir en paz. El activismo victimista actual es el antifa propalestino, y como antes, ahora vemos intentos de codificar y penalizar la «islamofobia» para proteger a los yihadistas bajo la categoría de «perseguidos y oprimidos».
El asesinato de Charlie Kirk recuerda a Occidente que quienes crecieron adoctrinados en el ‘wokismo’ no harán una retirada civilizada
Pero toda esta autocomplacencia, garantismo y visión dialectizante de Occidente fue dejando sedimentos y años después nos encontramos ante un peligro inminente. El Instituto de Investigación sobre el Contagio de la Red (NCRI) publicó una encuesta que mostraba que el 55,2 % de los izquierdistas consideraba justificado asesinar a Donald Trump y el 48,6% a Elon Musk. El director del estudio, Joel Finkelstein, señaló: «Lo que antes era un tabú cultural se ha vuelto aceptable» y agregó: “Estamos observando un cambio claro: glorificación, aumento de los intentos y cambio de normas, todo ello convergiendo en lo que definimos como ‘cultura del asesinato’».
Claro que no toda esta energía tomará la forma de disparos, pero sí de tolerancia hacia modelos violentos de vida. En Nueva York, por ejemplo, Zohran Mamdani es el favorito en la carrera por gobernar la ciudad más icónica de Occidente. La bruja de Hansel y Gretel, llevando engañados a los niños a su soñada casita de dulces, parece razonable en comparación con el catálogo de promesas ridículas del candidato islamocomunista Mamdani. Sin embargo, gran parte de los neoyorquinos parecen dispuestos a entrar sonrientes a esa casita de chocolate, incluso muchísimos miembros de la comunidad judía de la Gran Manzana. Mamdani representa, abiertamente, el odio al occidente capitalista; y su discurso es la unión de la narrativa poscolonial y la lucha comunista más rancia, que busca abolir el capitalismo e instaurar el socialismo. En figuras como él se ve un nuevo tipo de política de masas dispuesta a ingresar al viejo totalitarismo por la vía de las urnas.
Lo que emerge es una síntesis entre la Teoría Crítica de la raza y la lucha de clases. Esa combinación, novedosa en Estados Unidos pero conocida en los países que cayeron víctimas del socialismo del Siglo XXI, anuncia el crecimiento de una izquierda cada vez más radicalizada, inculcada durante décadas, y sin reparos para quienes ejercen la acción violenta. Al contrario: el contagio, el adoctrinamiento y la complacencia convertirán a la intolerancia en un movimiento popular. Incluso el asesinato en masa, en nombre de la «justicia social», se vuelve justificable y defendible.
La historia nos enseña que los momentos de aparente victoria sobre las ideologías totalitarias suelen ser precisamente cuando estas mutan hacia formas más letales. El ciclo post woke tiene enormes ventajas y oportunidades para quienes luchan por la libertad y el sentido común, pero no implica el final del izquierdismo, sino una metamorfosis más peligrosa. Su decadencia no implica renuncia, sino radicalización despiadada y autoritaria. Enfrentar esta etapa requiere de una comprensión profunda de los mecanismos psicológicos y culturales que han llevado a esta situación. La gran pregunta es si Occidente tendrá la lucidez para ver lo que se viene, o si, como tantas veces antes, se dejará arrastrar sonriente hacia la casita de chocolate.
Karina Mariani