
Era evidente. Después de la captura de Maduro, el narcopresidente que sigue en la lista es Gustavo Petro. Así lo advirtió el mandatario estadounidense en la rueda de prensa en la que brindó detalles de la operación militar que desembocó en la extracción del cabecilla de la dictadura terrorista y narcotraficante de Venezuela.
A la pregunta de un periodista sobre el caso colombiano, el presidente Trump recordó que Petro estimula el cultivo de coca, y «tiene plantas de producción de cocaína. Él tiene que cuidar su trasero».
La expresión del presidente de los Estados Unidos es en extremo delicada. Afirma que Petro es quien posee dichos laboratorios, lo que indica que los norteamericanos cuentan con evidencias de la participación directa del gobernante colombiano en la producción de estupefacientes.
En ese orden de ideas, y teniendo en cuenta que la tolerancia frente al tráfico de drogas por parte de la administración Trump es de cero, las palabras del mandatario no deben ser asumidas como una simple amenaza. Antes bien, son una notificación. O Petro corrige, o que se prepare para compartir celda con su compadre Nicolás Maduro Moros.
Lo anterior no puede entenderse de forma aislada ni como una salida retórica del temperamento de Trump. Estados Unidos no opera mediante advertencias vacías: cuando su presidente habla en esos términos, lo hace respaldado por inteligencia estratégica, capacidades operativas y una larga tradición de acciones concretas contra actores que considera amenazas directas al orden hemisférico. En la lógica de Washington, el narcotráfico no es un delito más, sino un factor de desestabilización política, corrupción institucional y financiamiento del terrorismo.
Estados Unidos no es una potencia por accidente. Su poder se sustenta en una combinación de supremacía militar, dominio tecnológico, control financiero y voluntad política para actuar cuando el desorden amenaza con convertirse en norma. A lo largo de su historia reciente, ha demostrado que puede identificar enemigos sistémicos, aislarlos diplomáticamente, asfixiarlos económicamente y, llegado el caso, neutralizarlos por la fuerza. Cuando el sistema internacional entra en una fase crítica, la pregunta nunca es si Estados Unidos puede intervenir, sino si ha decidido hacerlo.
Cada vez que ha surgido un enemigo genuinamente peligroso —regímenes totalitarios, Estados criminales o estructuras transnacionales que promueven el terrorismo— Estados Unidos ha terminado enfrentándolo de manera directa o decisiva. Algunos han caído por intervención militar; otros, por la presión combinada de sanciones, inteligencia y desgaste estratégico; otros más, por la imposibilidad de sostenerse frente a un poder que no solo golpea, sino que persevera. La constante histórica es clara: quienes desafían frontalmente a Estados Unidos, tarde o temprano, pagan el precio.
Por eso, las palabras de Trump deben leerse como lo que son: una señal de advertencia dentro de una lógica de poder que no admite ambigüedades frente al narcotráfico. En ese esquema, no hay espacio para medias tintas ni para discursos ideológicos que encubran economías criminales. Cuando Washington identifica a un actor político como parte del problema, el margen de maniobra se reduce drásticamente.
En síntesis, no estamos ante una frase vulgar ni ante una provocación mediática, sino ante un mensaje crudo, deliberado y coherente con la forma en que Estados Unidos ha ejercido históricamente su hegemonía: imponiendo costos insoportables a quienes amenazan el orden que garantiza. La historia demuestra que, cuando Norteamérica decide actuar, no lo hace para advertir eternamente, sino para cerrar expedientes. Y cuando eso ocurre, el desenlace rara vez favorece al señalado. Así que efectivamente el terrorista Gustavo Petro, como indicó el presidente Trump, debe cuidar su culo.
Publicado: enero 4 de 2026
https://los.irreverentes.com/2026/01/donald-trump-petro-has-to-watch-his-ass/