El Diosdado colombiano

El Diosdado colombiano

 

Uno de los sujetos más viles, corruptos, despreciables, repugnantes y cínicos de la dictadura venezolana es el chafarote Diosdado Cabello. En él, el chavismo deja de fingir épica y se muestra tal cual es: un modelo basado en la intimidación, la lealtad forzada, la violencia física y verbal, la ordinariez, la chabacanería.

 

Cabello no persuade, no argumenta, no convoca. Es un sujeto zafio al que le gusta imponer, señalar y amenazar. Su política no se funda en razones sino en correlaciones de fuerza. 

 

Sus intervenciones públicas están atravesadas por la lógica del escarmiento. Quien no aplauda como foca es maltratado, estigmatizado y, si es del caso, conducido a una de las mazmorras del régimen para ser, por usar un término estalinista, «reeducado». 

 

En mayo de 2018, la Oficina de Control de Activos –OFAC– lo incluyó en la lista de «personas designadas». Su hijo, su esposa y algunos de sus compinches también entraron en esa innoble categoría que, como se ha visto, se traduce en una suerte de muerte civil

 

El Departamento del Tesoro sustentó su medida indicando que con ella se pretende bloquear la red de corrupción dirigida por el hombre fuerte del régimen socialcomunista venezolano. «El pueblo venezolano sufre bajo políticos corruptos que afianzan su control del poder mientras se llenan los bolsillos. Estamos imponiendo sanciones a figuras como Diosdado Cabello, que explotan sus cargos oficiales para participar en el tráfico de narcóticos, el lavado de dinero, la malversación de fondos públicos y otras actividades corruptas», se lee en uno de los párrafos del comunicado emitido por el secretario del Tesoro de la época. 

 

Con los mismos rasgos de bajeza, corrupción y vulgaridad que Diosdado Cabello, el ministro y hombre fuerte del narcogobierno colombiano, Armando Benedetti, encarna una versión local del autoritarismo sin escrúpulos. 

 

Son mínimas las diferencias entre uno y otro. Por Cabello hay una recompensa de U$25 millones de dólares; por Benedetti, por ahora –y sólo por ahora– no hay dinero alguno. Y mientras sobre Cabello no pesan denuncias públicas por agresión a mujeres ni por adicciones, Benedetti carga con ambas sombras. 

 

 

La transparencia en las elecciones venideras está bajo amenaza, con Benedetti al frente de las mismas, en su calidad de ministro del Interior. Es evidente que él necesita la continuidad del régimen, no por obsesión ideológica, sino como mecanismo para continuar evadiendo la acción de la justicia.  

 

Ahora, ha puesto en la mira a medios de comunicación y firmas encuestadoras que muestran a candidatos de la oposición como Abelardo De La Espriella encabezando la intención de voto. A él y al régimen sólo les sirve aquellos sondeos en los que el peligroso comunista Iván Cepeda aparezca en el primer lugar. 

 

 

Aunque indignante, no resulta novedosa la constatación de que Armando Benedetti parece haber neutralizado a fiscales y magistrados encargados de investigar sus múltiples fechorías. Lo verdaderamente llamativo es que, al parecer, esa capacidad de blindaje se habría extendido también a la Procuraduría General de la Nación. ¿Acaso el procurador Gregorio Eljach Pacheco también sucumbió a las generosas ofertas de Benedetti?

 

Cualquier otro funcionario que hubiera cometido apenas la mitad de las conductas que se le ha visto a Benedetti durante esta campaña presidencial ya estaría suspendido y, con toda probabilidad, sancionado por el Ministerio Público. 

 

Todo indica que Armando Benedetti seguirá avanzando con la misma lógica de atropello que ha marcado su conducta hasta ahora: hostigando a los opositores, intimidando a la prensa incómoda y pasando por encima de las normas como un bulldozer institucional. No hay en su comportamiento señales de contención, autocorrección o respeto por los límites democráticos; al contrario, cada gesto suyo confirma que se siente protegido por el poder y, por tanto, autorizado para abusar de él. Benedetti no es una anomalía, sino una amenaza. Es un funcionario que actúa con la arbitrariedad de quien cree estar por encima de la ley y que, en su desprecio por las reglas, resulta tan o incluso más peligroso que Diosdado Cabello, porque opera dentro de un sistema que aún pretende llamarse democrático mientras tolera –y encubre– sus excesos. 

 

@IrreverentesCol

Publicado: enero 12 de 2026

 

 

https://los-irreverentes.com/2026/01/el-diosdado-colombiano/

 

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