Colombia, hacia el voto de supervivencia

 

En política, en su forma más básica, la gente suele votar por quien le gusta. Vota por afinidad, por identificación, por una intuición de cercanía. Es lo que tradicionalmente se ha llamado voto en conciencia: el acto mediante el cual el ciudadano respalda a quien siente que expresa mejor sus valores, su manera de ver el país o su sensibilidad política. Ese tipo de voto supone un contexto relativamente estable, en el que las instituciones no están amenazadas y en el que, gane quien gane, las reglas fundamentales del sistema permanecen intactas.

 

Cuando ese escenario se vuelve más competitivo, aparece otra lógica: el voto útil. El elector sigue teniendo preferencias, pero introduce el cálculo. Entiende que no todos los candidatos tienen las mismas opciones y decide apoyar a quien puede ganar para impedir un resultado que considera perjudicial. Es un voto menos romántico y más estratégico, propio de democracias tensionadas, pero aún funcionales.

 

Lo que hoy empieza a perfilarse en Colombia es algo distinto. No es solo conciencia ni utilidad. Es una forma de voto más defensiva, más instintiva, marcada por la sensación de riesgo. Se trata de un voto de supervivencia. Un voto que no nace del entusiasmo ni del cálculo electoral clásico, sino de la percepción de que lo que está en juego no es únicamente un programa de gobierno, sino la continuidad misma de un orden democrático con libertades reales, contrapesos institucionales y valores republicanos.

 

Aunque formalmente hay múltiples candidatos, la disputa política se ha ido concentrando en dos polos. Por un lado, Iván Cepeda, comunista que despierta en amplios sectores de la sociedad un temor profundo a la erosión de las libertades individuales, al debilitamiento de la separación de poderes y a una concepción del Estado alevosamente incompatible con la democracia liberal. Para muchos votantes, el riesgo no es abstracto ni retórico: es concreto y estructural.

 

En el otro extremo se encuentra Abelardo De La Espriella. No como una figura providencial ni como un líder infalible, sino como un candidato serio, consistente y, dentro del panorama disponible, excepcionalmente bueno. Existe un sector amplio de la sociedad que siente un fervor real por su candidatura, un apoyo convencido y militante que se refleja con claridad en la opinión pública.

 

Sin embargo, ese fervor no alcanza para ganar una elección presidencial. Las encuestas, con diferencias menores entre unas y otras, coinciden en señalar que su respaldo natural se mueve en una franja que oscila entre el 30 y el 35 por ciento. Es una base sólida, significativa, pero también un techo. Ese porcentaje expresa adhesión y entusiasmo, pero no constituye una mayoría suficiente para imponerse en las urnas.

 

Para cruzar ese umbral, De La Espriella necesita algo más que simpatía. Necesita sumar a ciudadanos que, en otras circunstancias, tal vez no votarían por él, pero que empiezan a verlo como la opción capaz de evitar un quiebre democrático. Ese crecimiento no vendrá del fervor, porque el fervor ya está prácticamente capturado. Vendrá del voto de supervivencia: del elector que no se pregunta si el candidato lo representa plenamente, sino si garantiza que el sistema siga siendo democrático.

 

Las demás candidaturas, aunque legítimas desde el punto de vista formal, quedan relegadas a una zona de irrelevancia práctica. En un escenario de alta polarización, no logran convertirse ni en alternativas reales ni en refugio para un voto defensivo. Cuando una sociedad percibe que lo esencial está en riesgo, el voto tiende a concentrarse.

 

Aquí resulta especialmente pertinente una reflexión de Roger Scruton: «Lo que hace legítimo a un orden político, desde la perspectiva conservadora, no son las decisiones libres que lo crean, sino las decisiones libres que ese orden es capaz de generar». La frase recuerda que la democracia no se justifica solo por la elección inicial, sino por su capacidad de seguir produciendo libertad, alternancia y pluralismo en el tiempo.

 

Eso es lo que muchos colombianos sienten hoy que podría perderse. Por eso, esta elección no se vivirá únicamente como una disputa entre candidatos, sino como una decisión sobre la continuidad del marco democrático. En ese contexto, el voto deja de ser una preferencia cómoda y se transforma en un acto de preservación. No se trata de elegir al candidato perfecto, sino de asegurar que, en el futuro, siga existiendo la posibilidad real de elegir, esto es, que en 2030 pueda haber elecciones libres.

 

Publicado: enero 22 de 2026

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