Después del discurso de reapertura del San Juan de Dios Bogotá. Vale la pena!!

La reapertura del Hospital San Juan de Dios no era un acto cualquiera. Era —o debía ser— un momento de sobriedad, foco técnico y respeto por un país con el sistema de salud reventado. Hospitales quebrados, servicios cerrados, médicos y enfermeras exhaustos, pacientes haciendo fila mientras se deterioran o mueren. Eso era lo que estaba en juego.
Pero lo que vimos fue otra cosa.
El presidente Gustavo Petro convirtió un acto protocolario en un monólogo errático, autorreferencial y peligrosamente desordenado. No habló como jefe de Estado enfrentando una crisis sanitaria, sino como alguien incapaz de sostener una línea de pensamiento coherente frente a la realidad inmediata que tenía enfrente.
En un mismo discurso —sin pausa, sin jerarquía y sin autocontrol— pasó de la Ley 100 al Imperio romano; del hospital público a la intimidad, la “cama”, el “amor”, el “macho alfa”; del sufrimiento del personal de salud a Donald Trump, Nicolás Maduro y la geopolítica mundial. Todo revuelto. Todo fuera de lugar.
Esto no es profundidad intelectual.
Esto es dispersión.
Y la dispersión, en clínica, no es un adorno: es una señal de alarma funcional cuando quien habla tiene que tomar decisiones que afectan a millones de personas.
Mientras el sistema de salud colapsa, el presidente habla como si estuviera en una tertulia interminable consigo mismo. Mientras el personal de salud pedimos lo mínimo para poder trabajar —pagos dignos, oportunos, estabilidad y herramientas— recibimos metáforas confusas, descalificaciones previas al sector, mensajes misóginos y desubicados, sin un solo plan concreto. Mientras el país necesita conducción, recibimos improvisación.
Decir que “aquí muere la Ley 100” no la hace morir. Decir que se “triunfó” no paga las deudas. Responsabilizar siempre a otros —el pasado, el sistema, los demás— no es gobernar. Eso no es liderazgo: es negación de la realidad.
Y ojo: esto no va de izquierda o derecha. Va de capacidad de gestión y conducción.
Desde una mirada clínica y funcional del liderazgo, existen rasgos de personalidad disfuncional ampliamente descritos en la literatura que, cuando aparecen de forma reiterada en figuras de poder, aumentan el riesgo institucional. Entre ellos:
1. Rasgos narcisistas: grandiosidad narrativa, necesidad constante de protagonismo, dificultad para reconocer límites y una tendencia a convertir escenarios institucionales en puestas en escena del yo.
2. Rasgos compatibles con sociopatía integrada: encanto discursivo sin correlato práctico, uso instrumental de las personas (mucho afecto verbal, poca responsabilidad efectiva), normalización del caos y ausencia de respuestas operativas.
No pretendo ni realizo un diagnóstico psiquiátrico. No soy psiquiatra, y hacerlo sería irresponsable.
Lo que sí hago —con rigor y de manera consciente— es un análisis del discurso y de la conducta pública, basado en juicio situacional, coherencia cognitiva, control del impulso verbal, adecuación al contexto y riesgo institucional.
No estamos hablando de etiquetas ni de insultos. Estamos hablando de patrones observables. Y los patrones, cuando se repiten, importan.
Un presidente que no logra ordenar su discurso, no logra adaptarse al contexto y no logra contenerse verbalmente en un acto crítico no está en condiciones óptimas para conducir una nación. En medicina lo sabemos: cuando alguien no logra priorizar, no logra focalizar y no logra anticipar consecuencias, el riesgo aumenta. No solo para él, sino —en este caso— para todos los que dependemos de sus decisiones.
Porque, nos guste o no, el presidente no gobierna para los once millones que lo eligieron: gobierna para más de cincuenta millones de colombianos.
Y Colombia hoy depende de alguien que no logra gobernar ni siquiera su propio relato.
A quienes todavía lo defienden a ciegas, toca decirles algo como decimos en Cali: abrí los ojos, ve.
Esto ya no es romanticismo político ni “originalidad”. Es un patrón de conducta inestable que pone en riesgo la conducción del país.
Colombia no enfrenta solo una crisis del sistema de salud; enfrenta una crisis de conducción.
Un jefe de Estado que, en medio del colapso
sanitario, convierte una reapertura hospitalaria en un monólogo disperso, erotizado, grandilocuente y geopolíticamente imprudente, no está mostrando equilibrio ni juicio situacional adecuados para el momento histórico.
Esto no es una diferencia ideológica.
Es un riesgo funcional para el país y, claramente, depende de nosotros elegir con conciencia a nuestro próximo gobernante.
Paola Kafury