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En la fauna política colombiana, donde abundan los herederos de fincas y apellidos ilustres, Iván Cepeda ha logrado consolidar una monarquía mucho más rentable: la del resentimiento profesional.
Mientras otros delfines se conforman con heredar directorios de partidos en decadencia, Iván recibió como patrimonio una causa hipotecada al pasado y una sed de revancha que ha sabido monetizar con la precisión de un relojero suizo. No es un político, es un arqueólogo de la tragedia ajena, un hombre que ha convertido el duelo de su padre en una carrera de larga duración con beneficios de jubilación en el Congreso.
Su formación en las gélidas y «democráticas» estepas de la Bulgaria comunista no fue en vano. Allí, entre bustos de Lenin y manuales de la Stasi, Cepeda aprendió que la verdad es un concepto burgués muy maleable y que la justicia es, ante todo, un arma de asedio.
Regresó a Colombia no para proponer un futuro, sino para cobrarse un pasado, cambiando el fusil por la toga y el monte por los pasillos de la Corte. Iván es el prestidigitador de la «combinación de todas las formas de lucha», pero en su versión 2.0: la lucha se da ahora en los tribunales, con testigos que recuperan la memoria milagrosamente justo antes del cierre de edición y una red de ONGs que funcionan como su guardia pretoriana de la moralidad selectiva.
Es fascinante observar su dieta diaria de odio. Si Álvaro Uribe no existiera, Cepeda vagaría por los pasillos del Capitolio como un alma en pena, sin propósito ni presupuesto. El expresidente es su oxígeno, su musa y su razón social; sin el «monstruo» de Uberrimo para señalar, Iván sería apenas un burócrata con un sastre aceptable y un discurso que huele a naftalina de 1917.
Su humanismo es tan estrecho que solo admite a quienes rezan el catecismo de la izquierda radical; para el resto, solo queda el rigor de una ley que él interpreta con la elasticidad de un contorsionista. Es el aristócrata del proletariado, un revolucionario de caviar que se siente cómodo en el establishment siempre que este le sirva para demoler a sus adversarios.
Al final, su legado no será la paz que tanto pregona en los cocteles internacionales, sino una herencia de división grabada en piedra. Iván ha logrado que la justicia en Colombia sea un espectáculo de variedades donde él es el director de orquesta y el que vende las boletas en la taquilla de la memoria.
Pero el peligro real trasciende su sed de venganza personal: entregarle las llaves del país a un arquitecto del dogma soviético sería el epitafio definitivo de nuestra democracia. Bajo el palio del comunismo que él profesa, Colombia dejaría de ser la nación que conocemos para convertirse en un satélite del autoritarismo, donde el disenso se paga con el destierro y la libertad es solo un recuerdo borroso.
Si el espejo retrovisor nos muestra el colapso de nuestro vecino, no es por una mala jugada del destino; es el guion exacto que Cepeda pretende ejecutar aquí. Cualquier parecido con la tragedia de al lado, no es, ni será, coincidencia.
Por: Abg. Lorena Lázaro O.