
Durante las manifestaciones de ayer 8 de marzo en Bogotá, organizadas por un núcleo que se define como “Estallido Nacional”, las feministas más radicales, algunas encapuchadas, otras sin camisas, atacaron los buses de Transmilenio, causaron degradaciones a dos estaciones de ese sistema de transporte, agredieron a periodistas, rompieron las vitrinas de muchos almacenes, mancharon con pintura las fachadas de algunos edificios y monumentos, agredieron de manera verbal y con piedras a numerosos agentes de la Policía y, finalmente, trataron de incendiar tres iglesias del centro histórico de la capital.
Al final del lunes, la misma secretaría de Gobierno de Bogotá, informó que un grupo de 200 mujeres violentas estaban afectando la seguridad de miles de personas que a esa hora trataban de dirigirse a sus hogares, y que los ataques a estaciones y a los buses articulados continuaban en algunos sectores de la ciudad.
Sin embargo, la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, minimizó la gravedad y amplitud de esos disturbios y los atribuyó únicamente a “unas 30 mujeres absolutamente violentas”.
Claudia López sabía perfectamente qué había ocurrido pues había seguido los detalles de la jornada gracias a las cámaras de la ciudad y de los noticieros de televisión en directo, pero fue incapaz de admitir que la violencia desatada por las feministas había obscurecido e incluso manchado esa jornada que debía no solo conmemorar el día de los derechos de la mujer (que unos llaman erradamente “el día de la mujer”), sino que había sido pensada para impulsar la justa lucha contra la violencia sexual, la inequidad salarial y los feminicidios (37 desde que comenzó 2021).
“Esto no es protesta ni reivindicación ni feminismo”, dijo Claudia López. “Esto no es democracia, ni feminismo”, reiteró. Tal evaluación es increíble. La alcaldesa mostró que no está dispuesta a encararla realidad sino a disfrazarla, desviarla, para no verse en la obligación de tomar medidas para contrarrestar a los actores violentos.
Lo que había ocurrido en la capital era exactamente eso: una violenta protesta feminista. Una protesta violenta no de “30 mujeres” sino de muchas más que se habían dado a la tarea de demostrar que el feminismo extremista gana terreno en Colombia y en varios países, y ya no es sinónimo de debate pacífico y de esfuerzos dialécticos para persuadir a las sociedades sobre la obtención o la ampliación de unos derechos. El feminismo que apareció este 8 de marzo es lo contrario: un movimiento sin argumentos que trata de imponer por la fuerza unas creencias absurdas y anticientíficas contra el ser humano.
Como es habitual en Claudia López, ella intentó impedir que la responsabilidad de los disturbios fuera atribuida a las feministas extremistas. Para eso desvió la atención sobre unas entidades “políticas” sin rostro y sin nombre: “Esta es la era del cuidado y por ende la de las mujeres. Que el vandalismo de unas pocas ayer, inducido por extremos políticos destructivos, no opaque las mayorías de mujeres que ayer y siempre defienden la vida, el cuidado, la empatía/solidaridad y la construcción de paz”, escribió López en su cuenta de Twitter.
¿Quiénes son esos “extremistas políticos extremos”? La alcaldesa no lo dice. Lo que ella busca es evitarse el trabajo de explicar que pasó en Bogotá y en qué fallaron los servicios municipales bajo su dirección.
9 de marzo de 2021 | Colombian News
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