¿Puede Álvaro Uribe saludar la alianza de Paloma Valencia con Juan Daniel Oviedo cuando él sabe que este último defiende unas banderas que significan, si él llegase un día a la vicepresidencia de Colombia, afectar el destino de los niños y del derecho de las familias a educar y guiar a sus hijos en la vida?

 

En el acto para festejar la inscripción de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, el expresidente mencionó algo, al final de su discurso, que nos autoriza a pensar que, de alguna manera, Uribe no admite o tiene dudas acerca de la cuestión del wokismo societal y de trans-activismo que preconiza Juan Daniel Oviedo, el exdirector del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

 

Uribe dijo: “La política hay que hacerla pensando en la nación, no en pequeños guetos de sectarismo político. Que toda política sea para el bien de la nación entera. Nosotros respetamos a todos los colombianos, creemos en el respeto a la intimidad, no se discute en este partido y la mejor acción afirmativa es que no haya discriminación, para aislar ni para vincular”. Y remató: “Pero tampoco se pueden discutir los derechos de los niños. A todas las mamás y papás de Colombia les quiero decir que Paloma y Juan Daniel llevarán siempre las banderas del respeto a la diversidad y del respeto que no se puede discutir a los niños” (*).

 

Uribe no desarrolló la temática de la “diversidad” ni de la “discriminación”, pero su frase sobre los “pequeños guetos de sectarismo político” apunta hacia los círculos adictos a la teoría de género y al irracionalismo wokista que es criticado por las mismas feministas.

 

La afirmación más trascendental de Uribe consistió en exigir el respeto a los derechos de los niños. ¿Por qué habló de los niños? Porque sabe que ese punto es crucial y que millones de familias, sobre todo las que votaban por el Centro Democrático, están asombradas por ese viraje y no votarán por la coalición Valencia-Oviedo.

 

Los derechos de los niños es una noción existencial y crucial. Esos derechos fueron objeto de una discusión internacional. Las conclusiones fueron aprobadas el 20 de noviembre de 1989 por la asamblea general de Naciones Unidas. Ese documento se intitula “Convención relativa a los derechos del niño”. Durante el debate, la ONU examinó la situación de los niños en los cinco continentes y dio cifras terribles. Cito algunas: 300 millones de niños trabajaban en ese momento casi como esclavos, 130 millones no tenían acceso a la escuela, 300.000 servían como soldados en movimientos guerrilleros y en otras bandas criminales, de los cuales 2 millones murieron en guerras y 8 millones fueron definitivamente mutilados. Muchos niños de Colombia hicieron parte de esas estadísticas.

 

Excesos legislativos y la irracionalidad del wokismo

 

Álvaro Uribe sabe que hay una amenaza adicional para los niños y sus familias. No me queda duda de que el expresidente pensaba eso cuando pronunció las palabras que acabo de transcribir. “El derecho de los niños no se puede discutir”. En efecto, el derecho de los niños, sobre todo el derecho a preservar su identidad y los elementos constitutivos de su identidad y de sus relaciones de familia —derechos protegidos por el artículo 8 de la citada convención—, está siendo desafiado por ideologías irracionales forjadas de universidades estadounidenses y europeas.

 

El expresidente sabe que Colombia, además de sus enormes problemas de seguridad y de narco-subversión en todos los niveles del Estado y de la sociedad, es, desgraciadamente, un terreno de conquista de ese fenómeno que trata de hacerse pasar como “progresista” y de lucha “contra las discriminaciones”.

 

Las ideas de Judith Butler, difusora de las gender studies o “estudios de género”, impulsa la idea de que los sexos femenino y masculino no son hechos de la naturaleza, de la biología, sino una “construcción social”, es decir que pueden ser cambiados y modulados según la voluntad de los interesados, lo que desemboca en muchos casos, como denuncia la socióloga francesa Nathalie Heinich, en el aumento vertiginoso de diagnósticos de “disforia de sexo”, es decir de malestar, transitorio o no, que puede experimentar un joven o un adulto que sospecha que su cuerpo no coincide con su sexo.

 

Utilizada como explicación-solución a las dudas e inquietudes psicológicas frecuentes de la infancia y de la adolescencia, transitorias en su mayoría, el activismo transexual promueve campañas contra los psicólogos y psiquiatras que piden prudencia respecto del cambio de sexo en menores. Ese activismo, ante el descuido o la tolerancia irresponsable de las autoridades, asalta escuelas y colegios como se ha visto en Colombia. No es imposible que ello desemboque en casos de menores que deciden cambiar de sexo. Lo que sigue para muchos de ellos son técnicas bárbaras, inoculación de hormonas y hasta cirugías de mutilación y castración.

 

En algunos países los excesos de los activistas logran imponer legislaciones que sancionan con multas y cárcel a los padres de familia que tratan de impedir esos abusos en el medio educativo y en la sociedad civil. “El wokismo no es mera ideología, es una nueva religión irracional que busca deconstruir los pilares de la civilización occidental bajo el pretexto de la justicia social.”

 

El autor de esas palabras, Jean-François Braunstein, profesor de filosofía en la Sorbonne, compara el wokismo con el totalitarismo: argumentar con un woke es “solipsismo puro”, dice, “ya que su fe en la opresión absoluta cierra todo diálogo”. En su libro La religión woke urge a recuperar la razón ilustrada, la ciencia objetiva y la libertad de expresión como antídotos.

 

¿Por qué el tándem Valencia-Oviedo fue objeto de esa admonición tan específica, aunque lacónica, del expresidente Uribe sobre los niños? Es evidente que estamos ante un asunto serio que va más allá del asunto de la opción sexual de Juan Daniel Oviedo y de la lucha legítima contra las discriminaciones de los homosexuales. La homosexualidad no es un delito en Colombia, y está bien que no lo sea. Ese no es el punto. Sin embargo, la coalición de Valencia-Oviedo, para cerrarle la boca a sus críticos, se empeña en presentar el debate como una postura de “homófobos” de “extrema derecha” para no entrar en la verdadera discusión: la visión societal errada y extrema que puede tener una persona que podría encontrarse al frente de responsabilidades de Estado.

 

¿De qué le sirve al expresidente Uribe hacer exhortaciones sobre los niños si no toma medidas prácticas para combatir a quiénes buscan utilizar ese tema para atraer votos? El expresidente Uribe dice que los derechos de los niños y de sus familias no son cuestionables. El mismo lanzó el debate con sus oportunas palabras en el acto en Bogotá. La ciudadanía debe tomar la palabra sin tabúes en esa discusión. El CD debe discutir al respecto pues el derecho de los niños y los de sus familias no es un tema menor.

 

Hay que tomar la palabra pues el CD está dispuesto, por lo que declara Oviedo, a promover cambios en ese terreno y sobre la política de seguridad, como la “implementación” de los nefastos acuerdos de La Habana, la continuidad de la impunidad para los jefes de las FARC mediante la JEP y de la línea izquierdista de ceder ante la presión de las estructuras que ensangrientan a Colombia desde hace 70 años, orientaciones contra las que el CD luchaba. “En el corazón del uribismo caben todos, hasta los petristas”, lanzó Paloma Valencia el día de la inscripción. ¿Está lista a dar ese giro y a pedir votos sobre esa base y utilizando lemas y agendas que significarían la destrucción de la obra política de Álvaro Uribe?

 


(*).- https://twitter.com/AlvaroUribeVel/status/2032503318371553382