Ya nada nos asombra en el devenir del terrible gobierno petrista, ni de su desvariado verbo, el país conoce bien su orate comportamiento. Lo peor es que, como líder de un grupo de gente a la que vincula como su equipo de gobierno, al interior del mismo se conforma una especie de pugna a ver quién logra parecerse más a él, o superarlo en sus desvaríos. Por ello sus más radicales esgrimen teorías a cuál más orate, todos luchando por llamar su atención y alcanzar sus favores. Pero se pasan de piña. Porque una cosa es que los más radicales pretendan legislar sobre economía o cualquier tema, y otra es que agredan y violenten a los niños. El superintendente de salud, por ejemplo, sale con su barrabasada, y de inmediato la ministra de justicia se pronuncia tratando de superarlo, y se constituye así una especie de interna competencia a ver cuál llega más lejos en mostrarse como el más petrista, o sea, cuál nos falta el respeto en mayor grado.

Desde pequeños aprendimos lo valioso del respeto, y nos inculcaron nunca faltárselo a nadie, pero jamás permitir que nos lo falten, so pena de una riposta que desanime la reincidencia, aunque se corra el riesgo de que pueda parecer excesiva. Pero no. Nunca será excesiva la riposta a un irrespeto. Mucho menos si el blanco de ése irrespeto son los niños. Quien tenga hijos lo entiende fácilmente. Los niños son el futuro del país, la prolongación de la existencia. Por su condición de indefensión y vulnerabilidad el niño despierta en el adulto, por supuesto en el adulto normal sin problemas mentales ni siquiátricos, un sentimiento de apoyo y solidaridad. Con mayor razón en el padre o la madre, incluso si ha sido traumático engendrarlo o criarlo.

Lo mostrado por ésos dos funcionarios es una insólita confesión de pedofilia agravada, que merece sanción penal. Nadie en su sano juicio puede plantear que un menor de cinco o diez añitos a quien en el mundo entero por obvias razones de responsabilidad y seguridad se le impide conducir un automóvil, o ingerir licor, votar, o participar en determinadas actividades sí pueda, sin tener muy claro de qué se trata el tema ni sus irreversibles consecuencias, y se le suponga el suficiente criterio para decidir sobre una eventual modificación de su propio género. Tal execrable crimen sólo se le puede ocurrir a aquellos funcionarios que, siguiendo el ejemplo del presidente, creen que pueden exhibir sus perversiones, mostrar sus desviadas inclinaciones, y faltarle el respeto a los colombianos. Pero además, desvergonzados intentar imponer sus depravaciones comenzando por la niñez, y engañando al país, amedrentando a unos padres desinformados, ignorantes, o de muy bajas condiciones socioeconómicas, aquellos que ellos pregonan defender. Son despreciables funcionarios, enfermos y desmadrados que no son desviados de ningún género, ni se identifican con ningún género en particular, le jalan a todo, y por ello pretenden que no existan los géneros, para sentirse cómodos en sus depravaciones. O sea, no son degenerados, sino desgenerados tratando de imponer su horrible condición. Es un inmenso irrespeto de unas minorías que accidentalmente llegaron a los cargos del poder, y que desconocen o se niegan a entender que existen limitaciones de orden moral y social, y que hay unas mayorías que no se van a dejar irrespetar. ¿Vamos a continuar impasibles ante el acoso del desvariado petrismo? Los congresistas decentes están en mora de pedir la cabeza de ése par de desgenerados, para señalar a todo el petrismo que los niños son intocables.

 

https://lalinternaazul2.wordpress.com/2024/10/28/desgenerados/

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