La Real Academia Española trae varias acepciones para la palabra «alcahuete», que puede funcionar como sustantivo o como adjetivo. Pero, sin ningún lugar a dudas, la que mejor describe a Iván Cepeda es aquella que alude a quien encubre o facilita relaciones, generalmente ilícitas. En este caso, la «relación» no es de carácter amoroso, pero sí profundamente comprometedora: una cercanía persistente con la banda terrorista de las Farc.

 

Acierta el expresidente Álvaro Uribe al calificar a Cepeda como un alcahuete de los delincuentes. No se trata de una afirmación lanzada al aire ni de un exabrupto político. Por el contrario, es una caracterización que encuentra sustento tanto en hechos históricos como en elementos documentales.

 

La reciente entrevista concedida por el doctor Uribe, en la que reiteró esta calificación, debe entenderse como una verdadera radiografía de la amenaza que representa Iván Cepeda para Colombia. No es un señalamiento aislado, sino la síntesis de un comportamiento reiterado.

 

Porque si algo ha demostrado la historia es que los proyectos de inspiración marxista operan sobre una lógica de engaño sistemático. Prometen ríos de miel, praderas colmadas de flores, prosperidad, armonía, amor. Basta observar la propaganda del bloque soviético durante las décadas del 40, 50 y 60: imágenes de felicidad, abundancia y progreso que contrastaban brutalmente con la realidad de hambre, miseria y opresión.

 

Cepeda encaja en ese molde. Es un marxista de manual, un estalinista. Quien no lo quiera ver, o peca de ingenuidad o actúa con complicidad. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.

 

El precedente latinoamericano más evidente es el de Hugo Chávez. Antes de llegar al poder, prometió exactamente lo contrario de lo que terminó imponiendo en Venezuela. Incluso aseguró que renunciaría si no cumplía sus objetivos dentro del periodo presidencial. Décadas después, el pueblo venezolano sigue padeciendo las consecuencias de ese régimen.

 

Pero más allá de las afinidades ideológicas, existen hechos concretos que no pueden ser ignorados.

 

Los computadores de Raúl Reyes contienen referencias elocuentes sobre el entorno de Iván Cepeda. Es importante precisar que no hay evidencia de una comunicación directa entre Cepeda y las Farc. Eso debe quedar claro. Sin embargo, sí existen múltiples referencias de terceros que evidencian una articulación política y estratégica.

 

En uno de esos correos, enviado desde la Comisión Internacional de las FARC, una integrante de la organización escribe: «Por pedido del compañero Iván Cepeda, estoy coordinando la unidad de las marchas que se harán en todos los países el próximo 6 de marzo [de 2008]».

 

No se trata de un hecho aislado. Las Farc seguían de cerca las iniciativas promovidas por Cepeda, sus campañas, sus movilizaciones. El propio alias Tirofijo, máximo jefe de esa estructura delincuencial, se refirió a las iniciativas de Cepeda en una comunicación interna. En el numeral quinto de uno de sus correos al Secretariado señaló: «Están comenzando a hablar de una nueva movilización para el 6 de marzo [de 2008] contra los paras. Es bueno que indaguen cómo y cuál es el objetivo, para ver si pueden impartir instrucciones que conduzcan a ayudar y aportar, de ser algo importante».

 

Es decir, desde la cúpula de las FARC había interés en monitorear, comprender e incluso incidir en movilizaciones impulsadas Cepeda. Eso no es una interpretación: está documentado.

 

Y si se amplía la mirada más allá de los archivos, basta con revisar la hemeroteca de los últimos quince años. Abundan las imágenes en las que Cepeda aparece acompañado, rodeando o compartiendo escenarios con figuras del terrorismo, particularmente con Iván Márquez.

 

Iván Márquez, el mismo a quien recientemente se le ha atribuido responsabilidad como determinador en el magnicidio de Miguel Uribe Turbay. Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿quién se beneficia políticamente de ese crimen?

 

Miguel Uribe no era un candidato más. Era, con diferencia, el candidato natural del uribismo y uno de los principales favoritos para ganar la presidencia. Su eventual triunfo representaba un obstáculo real para el proyecto socialcomunista colombiano.

 

En consecuencia, la trayectoria de Cepeda no puede ser analizada de manera ingenua ni fragmentaria. Su cercanía con actores armados, su papel en determinadas movilizaciones, su discurso ideológico y sus alianzas configuran un patrón.

 

No es algo reciente. No es una coyuntura. Es una constante.

 

Una constante que se ha manifestado a lo largo de su vida pública: primero como activista de derechos humanos, luego como congresista y ahora como aspirante a la presidencia de Colombia.

 

Por eso, la palabra no es exagerada. Es precisa: alcahuete.

 

@IrreverentesCol

Publicado: marzo 25 de 2026

https://los.irreverentes.com/2026/03/el-alcahuete/

 

 

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