En las últimas semanas he conversado con varios líderes políticos de oposición, precandidatos presidenciales y figuras influyentes de la opinión pública. Con una contada excepción, en todos noté lo mismo: miedo. Temen profundamente el discurso incendiario y mentiroso de Gustavo Petro y su gobierno. Creen que, como en abril de 2021, el presidente aún domina la agenda nacional, y que la mejor estrategia es no diferenciarse demasiado. Piensan que oponerse frontalmente es un error, que los colombianos, aún hipnotizados por las ideas de Petro, serían más receptivos a versiones light del socialismo radical. Varios de ellos incluso me aseguraron, con tono profético, que Colombia jamás votaría por ideas como las de Javier Milei o propuestas como las de Axel Kaiser. No podrían estar más equivocados.
Aunque Colombia no ha tocado fondo como Argentina, los síntomas son alarmantemente similares. El Estado ha crecido de forma monstruosa, sin traducirse en mejoras reales para los ciudadanos. Solo ha servido para alimentar a una casta política hambrienta de privilegios, que se enriquece mientras empobrece al país. Nos asfixian con impuestos confiscatorios que matan el capital productivo, ese que se necesita para generar empleo, crear riqueza y mejorar nuestra calidad de vida.
Durante décadas hemos vivido la peor redistribución posible: quitarle al que produce para engordar al parásito político. Esta élite estatal no crea valor, solo vive del poder y se reproduce en él, blindándose con contratos, burocracia y clientelismo. El Congreso, los ministerios, los entes de control: todos son parte de un ecosistema de saqueo institucionalizado, donde la moral pública ha sido sustituida por el interés privado del burócrata y del político.
Y este gobierno, que llegó al poder disfrazado de “cambio”, ha sido su mejor aliado. Las supuestas peleas y gritos de “dignidad” dentro del oficialismo, y entre quienes solo se visten de oposición por conveniencia, no son más que puestas en escena para subir el precio de su lealtad y saquear aún más el erario. En este contexto, el ciudadano se frustra, siente que no puede progresar. Porque cuando empieza a tener éxito, el Estado se le lanza encima, dispuesto a frenar su avance y exprimirlo hasta la última gota.
Se ha creado una cultura donde el éxito despierta sospechas y el trabajo es castigado. El resultado es una sociedad atrapada entre la dependencia del asistencialismo y el miedo a avanzar. Todo aquel que intenta salirse del molde, que apuesta por la libertad y la creación, termina siendo víctima de una máquina estatal que prefiere ciudadanos dóciles, pobres y agradecidos con la migaja, antes que libres, prósperos y autónomos.
Los colombianos viven esto todos los días. Basta hablar con comerciantes, trabajadores, desempleados e informales para notarlo. En este escenario, no solo las ideas de Milei o las propuestas de Kaiser pueden ser populares: serán el único antídoto frente a esta enfermedad terminal.
A los líderes políticos les llegó la hora de dejar el miedo, el cálculo mediocre, el disfraz de lo “políticamente correcto” y atreverse a ofrecer una alternativa clara, firme y opuesta a todo lo que representa este gobierno: una alternativa de libertad y progreso. Con un Estado mínimo, eficiente, y una sociedad grande, virtuosa y floreciente. Ese es el único camino. Ánimo.
https://www.larepublica.co/analisis/camilo-guzman-3193497/el-miedo-no-derrota-al-socialismo-4100063