Afirmar que la detención del criminal Nicolás Maduro «socava un principio fundamental del derecho internacional» es reconocer a la dictadura como el gobierno legítimo de Venezuela.

El cuestionamiento a la liberación de Venezuela es otro paso en falso de una ONU cada vez más desprestigiada. (Archivo PanAm Post).
La ONU fracasó. Una vez más.
La Sociedad de las Naciones se creó en 1919, con la aspiración de que el mundo no vuelva a vivir una desgracia como la que padeció con «la Gran Guerra», luego llamada «Primera Guerra Mundial», ya que hubo una segunda. El 26 de junio de 1945, con nuevo nombre y un gran fracaso a cuestas, pero con las mismas aspiraciones, comenzó la historia de la Organización de las Naciones Unidas. En su carta fundacional, además de las cuestiones relevantes a las relaciones internacionales, la flamante ONU acuerda la necesidad de:
«Reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad, y con tales finalidades a practicar la tolerancia y a convivir en paz».
Este enunciado, que hace referencia a la dignidad, a los derechos fundamentales del hombre y a la justicia (como cualquier otro similar) es la clara antítesis del chavismo -como cualquier otra dictadura- que se ha dedicado a, en términos de la ONU, a «socavar» la libertad y la vida de miles de personas, que perdieron sus derechos políticos, individuales y hasta la vida a manos de un régimen asesino.
Con la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, el organismo internacional dice que se ha afectado «un principio fundamental del derecho internacional». Sin embargo, este enunciado con el que algunos comulgan da por sentado algo que es absolutamente inadmisible: avalar la idea que el déspota depuesto era el representante de los venezolanos. No lo era. Se trataba de un usurpador del poder, que desde hace décadas se mantenía en una supuesta «presidencia» a fuerza de fraude y violencia.
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¿Cómo se puede hacer referencia a una supuesta «pérdida de soberanía», cuando las autoridades electas (desconocidas y perseguidas por el régimen) solicitaron abiertamente a la comunidad internacional la colaboración para remover a la dictadura? La ONU, siguiendo sus estatutos y documentos fundacionales y fundamentales, tendría que haberse puesto al frente de la operación de liberación de Venezuela. No lo hicieron.
Desde que la dictadura decidió atornillarse en el poder, sometiendo a los ciudadanos y perjudicando al resto de las naciones del mundo, no hay otra cosa a la que apelar que no sea la autodefensa. Ya sea de los mismos venezolanos para deponer el régimen y reinstaurar la democracia, como la de otras naciones afectadas, que emprendan operaciones militares para remover a un gobierno ilegítimo. Miles de venezolanos intentaron resistir. Fueron asesinados, detenidos, lastimados y exiliados por millones. Ante estas desgracias, absolutamente palpables en todo el mundo, los organismos como la ONU respondieron con cartas de intención vacías, que solamente le dieron tiempo al régimen, para seguir atropellando todos los principios que las Naciones Unidas supuestamente defienden.
Decir que el ataque y la captura de Maduro es «en contra de Venezuela» es una estupidez comparable al argumento de la dictadura, cuando se amalgaman dentro de lo que denominan «pueblo».
Las verdaderas manifestaciones soberanas de los tiempos que corren son las de los países que comienzan a percibir el fracaso estrepitoso de estos organismos, decidiendo recortar el poder de influencia en sus ámbitos locales. De seguir transitando este indefendible camino, los organismos internacionales irán vaciándose de poder e influencia, de la mano de un incremento en materia de soberanía de los países hartos de estas organizaciones, que encima se dedican a ser cómplices de las dictaduras que supuestamente deberían cuestionar y combatir.
Marcelo Duclos