La hecatombe Cabal

 

Cero y van dos. El reciente resultado del proceso interno de selección del candidato presidencial del Centro Democrático no solo terminó por coronar a Paloma Valencia como aspirante oficial de esa colectividad, sino que volvió a confirmar una verdad que se ha repetido hasta el cansancio: María Fernanda Cabal es, política y electoralmente, una figura inelegible.

 

Sus seguidores —ruidosos, beligerantes y particularmente agresivos en redes sociales— se niegan a asumir la realidad. En lugar de hacer un ejercicio mínimo de autocrítica, optan por el recurso más burdo: sembrar sospechas sobre la transparencia del proceso, envolviendo su frustración en mantos de duda tan oportunistas como infundados. Es propio de aficionados —y de completos ignorantes de la dinámica política— insinuar la existencia de trampas cada vez que el candidato de sus afectos resulta derrotado. Y lo hacen, además, con una ligereza que les permite pasar, en cuestión de horas, de la euforia al resentimiento, sin detenerse a pensar que un partido que se precia de institucionalidad no puede vivir rehén de la pataleta de una facción.

 

Cabal es una figura profundamente repelente en lo político y en lo personal. Puede despertar pasiones en un nicho reducido de extremistas vociferantes y camorreros digitales, pero está muy lejos de encarnar el perfil de una dirigente con vocación de crecimiento, amplitud de miras o capacidad real de convocatoria nacional. Su discurso no suma; excluye. No construye mayorías; las ahuyenta. En vez de proponer un horizonte de país, administra agravios. En lugar de tender puentes, levanta trincheras. Y en política, la incapacidad de ampliar el círculo propio suele ser la antesala de la derrota.

 

En 2022, cuando aspiró por primera vez a la nominación presidencial, fue derrotada por Óscar Iván Zuluaga. Incapaz de aceptar el resultado y sin aportar una sola prueba, se encargó de poner a circular —con ligereza y temeridad— la versión de que el partido le había «robado» la candidatura. Hoy, de cara a las elecciones del próximo año, repite el mismo libreto, convencida de que la victimización permanente puede suplir la falta de respaldo real. Es la vieja táctica de quienes confunden disciplina con servilismo: si el desenlace no les favorece, entonces el procedimiento es ilegítimo; si ganan, el sistema es ejemplar.

 

Durante este nuevo proceso interno hizo todo lo que estuvo a su alcance para sacar del camino a sus competidores, en especial a Miguel Uribe Londoño, desde el momento mismo en que este manifestó su intención de ser precandidato del Centro Democrático. Su conducta, lejos de ser competitiva, fue abiertamente obstructiva y corrosiva. No se trató de una disputa programática ni de una diferencia de enfoques; fue, más bien, el impulso de neutralizar a quien pudiera disputarle protagonismo, como si el partido fuera un patrimonio personal y no un instrumento colectivo.

 

Aún resuenan —por su gravedad moral— las palabras de la viuda de Miguel Uribe Turbay, quien reveló públicamente que María Fernanda Cabal la amenazó durante el sepelio de su esposo. Un hecho sencillamente inaceptable, que desnuda el talante de quien se presenta como adalid del orden, pero actúa sin el más elemental respeto por el dolor ajeno. No es un episodio menor ni un chisme de pasillo: es un indicador nítido de carácter. Hay momentos en los que la política se detiene y prevalece la humanidad. Quien no entiende esa frontera, difícilmente puede pretender conducir un país.

 

 

No se pierde absolutamente nada al no tener a Cabal como candidata del Centro Democrático. De hecho, una parte significativa de su electorado hace tiempo migró hacia otras opciones, particularmente hacia Abelardo De La Espriella. El resto se mueve más por identidad emocional que por deliberación racional, y eso, en una campaña presidencial, rara vez alcanza para ganar. Las verdaderas bases del uribismo —de raigambre liberal, institucional y democrática— no se identifican ni con la visión de país ni con el estilo agresivo y sectario de la exprecandidata Cabal Molina. El uribismo histórico, el que supo construir coaliciones y traducir seguridad en gobernabilidad, no cabe en el molde estrecho de la política del insulto.

 

Con Paloma Valencia como abanderada, el expresidente Álvaro Uribe recupera margen de maniobra. Se amplían de manera considerable las posibilidades de construir alianzas con otros sectores de la oposición, algo que con Cabal resultaba prácticamente imposible. Valencia, con mayor disciplina interna y mejor lectura del tablero, ofrece una figura menos tóxica para eventuales acuerdos, más presentable ante electorados indecisos y, sobre todo, más apta para la tarea central de cualquier campaña: sumar sin diluirse, ampliar sin desfigurarse.

 

Ahora sí, empieza la campaña. Nada está escrito. Pero una cosa es clara: sin María Fernanda Cabal en el escenario, el camino será, sin duda, mucho menos empinado y mucho más transitable. Porque cuando una candidatura se basa en la confrontación permanente, el partido termina gastando más energía en apagar incendios internos que en conquistar al país. Y ese lujo, hoy, ningún sector de oposición puede darse.

 

@IrreverentesCol

Publicado: diciembre 16 de 2025

https://losirreve.rentes.com/2025/12/la-hecatombe-cabal/

 

 

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