
La ‘salud’ de un país se refleja en el vigor de su sector productivo, la fuerza de su empleo y la prosperidad de su futuro. En este sentido, la nueva reforma tributaria en Colombia -anunciada esta semana por el ministro de Hacienda, Germán Ávila-, a pesar de sus nobles intenciones de fortalecer la sostenibilidad fiscal y financiar los compromisos presupuestales del país para el 2026, genera preocupación.
Cuando una economía enfrenta tiempos de recesión o de lento crecimiento, un aumento de impuestos presenta desafíos significativos. Una carga tributaria más pesada sobre las empresas y los ciudadanos que ya luchan por sobrevivir no genera prosperidad, sino que asfixia la inversión, desincentiva la creación de empleo y desalienta el espíritu emprendedor. Esto es especialmente perjudicial para las pequeñas y medianas empresas (Pymes), el verdadero motor de la economía colombiana, que, según la Asociación Colombiana de las Micro, Pequeñas y Medias Empresas (ACOPI), representan más del 90% del tejido empresarial del país y generan alrededor del 80% del empleo.
Al enfrentarse a costos fiscales más altos, muchas de estas empresas se ven obligadas a reducir su personal, aplazar planes de expansión, o incluso, en el peor de los casos, cerrar. De igual manera, el ciudadano de a pie, el profesional independiente o el asalariado de clase media, ve mermado su poder adquisitivo, lo que se traduce en una menor demanda y consumo. Se crea, así, un círculo vicioso de menos inversión y menos producción, que termina por erosionar la base tributaria en el futuro, el resultado opuesto al deseado.
Para encontrar una solución, se debe mirar más allá y examinar un caso ejemplar: la política de crecimiento de China en las últimas tres décadas. Lejos de imponer altos impuestos para financiar su desarrollo, el país asiático, primero bajo la visión de Deng Xiaoping y luego con el liderazgo de Xi Jinping, optó por una estrategia fundamentalmente diferente. En lugar de enfocarse en la extracción, se enfocaron en la generación de riqueza a gran escala. El Estado chino actuó como un facilitador; invirtió masivamente, para sus más de 1.400 millones de habitantes, en infraestructura, educación, y tecnología e innovación para escalar en la cadena de valor global. Su estrategia fiscal, diseñada para estimular la productividad, ayudó a que el país pasara de ser una de las economías más pobres del mundo a convertirse en la segunda más grande, -después de Estados Unidos- con un crecimiento promedio anual del 9% durante 30 años, según Trading Economics. Este crecimiento sin precedentes, de forma natural, amplió la base tributaria y aumentó los ingresos del gobierno.
China no se hizo rica porque el Estado confiscara la riqueza, sino porque creó las condiciones para que creciera a gran escala. En Colombia, lo que se necesita no es una reforma que retrase la creación de empleo, sino una que promueva la inversión, que fomente la educación y la tecnología, que ayude la vida del emprendedor y que fortalezca el sector productivo. La verdadera reforma que se necesita no está en la tabla de impuestos, sino en un cambio de paradigma hacia la generación de riqueza social. Se debe adoptar una visión a largo plazo, enfocada en la creación de un ecosistema económico robusto que beneficie a todos los ciudadanos. Es tiempo de dejar de pensar en cómo dividir y empezar a crear las condiciones para que nuestro país crezca de forma exponencial para el beneficio de todos. La riqueza no se grava, se genera.
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