El presidente enfiló baterías contra los senadores de la Comisión Séptima a quienes presentó como enemigos del pueblo, desconociendo que la Constitución Nacional le obliga a acatar la división de poderes públicos, lo cual hace que el Congreso sea autónomo en sus decisiones, aunque a él no le guste y así como dice su vicepresidenta: “de malas”.
De nuevo el país asiste atónito a otra explosión de odio hacia los generadores de empleo por parte del presidente de la República a raíz de la ponencia negativa de la Comisión Séptima del Senado que terminará por hundir la reforma laboral.
Primero, nos obligaron a oír una pieza musical de verdadero tinte izquierdista en la cual solo una parte de los actores sociales, especialmente indígenas, fueron protagonistas.
Luego, el presidente enfiló baterías contra los senadores de la Comisión Séptima a quienes presentó como enemigos del pueblo, desconociendo que la Constitución Nacional le obliga a acatar la división de poderes públicos, lo cual hace que el Congreso sea autónomo en sus decisiones, aunque a él no le guste y así como dice su vicepresidenta: “de malas”.
La reforma planteada no resolvía el problema que verdaderamente afecta al país, que es el desempleo y el subempleo; por el contrario, según las cuentas, con ella se podrían llegar a perder 450.000 empleos que se sumarían a los generados por las casi 280.000 mini y microempresas que debido a la situación financiera del país han tenido que cerrarse.
Se equivoca el presidente cuando afirmó que la posición presentada fue una improvisación; al contrario, fue un análisis ponderado que se hizo a lo largo del último año sobre la inutilidad del esfuerzo que solo iba a favorecer a aquellos afortunados que ya tenían un trabajo formal, dejando por fuera a quienes realmente lo necesitaban.
Afirmó el primer mandatario que los generadores de empleo, a quienes llamó esclavistas, obligan a sus trabajadores a laborar hasta 12 y 13 horas al día, sin pagarles horas extras, lo cual no es cierto en su gran mayoría; lo podemos afirmar con pleno conocimiento y si lo fuera, la culpa sería de su ministro de Trabajo incapaz de vigilar y hacer cumplir las leyes a quienes se comportan de esa forma.
La alocución fue un auténtico llamado a la violencia, aquella que todos vivimos como resultado del estallido social promovido por quienes a la postre obtuvieron el mayor provecho de él llegando a la presidencia de la República a costa de un daño social que ahora intenta de nuevo promover pensando seguramente en atornillarse al poder como lo han hecho todas las izquierdas que conocemos.
Colombia sí requiere de una reforma laboral, pero una que modernice el régimen contractual, que invite a la creación de puestos de trabajo facilitando la normatividad que impone el modelo económico moderno, impulsando el emprendimiento individual y favoreciendo a quienes se animan a dar trabajo a quienes no son capaces de generarlo para sí mismos.
Publicado por Eduardo Pilonieta Pinilla
https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/2025/03/14/no-es-con-odio-presidente/
