
¿Quién no se ha tropezado con personas que se sabe han cometidos fechorías, de todo tipo, y siguen tan campantes como si nada? Los vemos por todos lados, en restaurantes, clubes sociales, gimnasios y centros comerciales.
Colombia no es el país más corrupto de la región, pero está entre los más altos. Su calificación dada por Transparencia Internacional es de 40/100, siendo 100 transparencia total. Y según la encuesta de percepción ciudadana (IPC) que realiza Bucaramanga Cómo Vamos (BMCM) al 2024, la corrupción promedio de los cuatro municipios del área metropolitana es cercana al 80%. Muy alta.
¿Quién no se ha tropezado con personas que se sabe han cometidos fechorías, de todo tipo, y siguen tan campantes como si nada? Los vemos por todos lados, en restaurantes, clubes sociales, gimnasios y centros comerciales, orondos de su condición y orgullosos de su estatus.
Se ha vuelto, y no de ahora, que ser delincuente es muy rentable. Duro decirlo, pero robar es más rentable que trabajar. Ser honesto es una especie en vía de extinción. A veces da la impresión de que el sistema judicial “premia” a los corruptos y no a los ciudadanos de a pie. ¿Recuerdan al que se robó un caldo de gallina en una tienda? 5 años de cárcel. Es irónico, pero ¿para qué ser honesto? Ser delincuente me hace millonario muy rápido, poderoso e intocable. El mensaje que se está mandando a la niñez y a la juventud es: “Ser pillo paga”. ¡Qué vergüenza!
Los delitos y las prácticas más frecuentes y que normalmente quedan en la impunidad son el peculado, el lavado de activos, la contratación pública ilegal, las pirámides, la evasión fiscal y un largo prontuario. Y si los pillan, los premian con mansiones por cárcel.
¿Cómo se identifican estos nuevos personajes? Buscan reconocimiento a toda costa y creen estar por encima de la ley. Usan artimañas para tener amigos con su verborrea grandilocuente. Les encanta mostrar sus excesos, carros de alta gama, relojes, fiestas estrafalarias, ropa de marca y farolear con sus propiedades. Fáciles de detectar. Se mueven con confianza y esto hace que la mayor herramienta para castigarlos, que sería la sanción social, no surta el efecto esperado. ¿Por qué? La comunidad, a pesar de reconocerlos e identificarlos, los acoge por conveniencia.
¿Qué estamos haciendo como sociedad? Pensaría que muy poco. La corrupción está enquistada en todos los sectores. Casi todas las acciones para enfrentar al corrupto no son efectivas, ya que normalmente están involucradas la justicia y los entes control, cuya efectividad es baja.
Importante: el ingeniero Rodrigo Fernández es un buen ejemplo del luchador incansable contra la corrupción. Con argumentos demuestra que, en su mayoría, la contratación está viciada y por lo general direccionada con los “amarres” y los “contrataderos”.
Publicado por Jorge Eduardo Silva Gómez
https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/2025/03/18/quiero-ser-corrupto/