Petro, cuya paz total tiene un soporte en Venezuela, no termina por romper con Maduro… Pronto tendrá que decidir: o se ahoga con el ancla chavista o le suelta la mano.

La Venezuela de Nicolás Maduro dejó atrás todo vínculo con la realidad política democrática. El evidente fraude en las elecciones del pasado 28 de julio, denunciado no solo por la oposición, sino por las únicas entidades extranjeras que fueron invitadas a los comicios (quizá la más notable de todas el Centro Carter), construyó el último peldaño en la radicalización de un gobierno que, hasta entonces, barnizaba su discurso dictatorial con ciertas formas diplomáticas. Hoy el chavismo no es más que un lastre político para la izquierda regional y una desgracia interna que se atornilló al poder por la fuerza de la corrupción y las armas del Estado.
Las semanas que siguieron a las votaciones de julio se vivieron con estupor en el hemisferio y con grandes angustias de aquellos que históricamente han sido suaves con el discurso que dirige a Miraflores desde hace 25 años. En cuestión de días, el México de Amlo, el Brasil de Lula y la Colombia de Petro, se ofrecieron para construir una salida viable al atolladero en el que cayó la nación vecina tras el grosero robo de las elecciones.
Rápidamente ese intento negociador fracasó y los mediadores pasaron de la ilusión a la frustración. México se retiró alegando su principio de no injerencia y Brasil y Colombia pidieron una ridícula repetición de las presidenciales. Ambos, al tiempo, insistieron en que hasta no ver las actas de votación no reconocerían a Nicolás Maduro como el gobernante electo de Venezuela.El chavismo se negó a cualquier idea de pacto y confió en la estrategia del paso del tiempo. En un cuarto de siglo le ha funcionado perfectamente. Del escándalo y la indignación se transita en cuestión de semanas al olvido y luego a la normalización del abuso del poder chavista. La oposición cae en el olvido internacional y el grito desesperante del pueblo inconforme se ahoga en una catarata de noticias de otras realidades.
Y aunque en esta ocasión la táctica parece estar de nuevo en marcha, el fraude de julio se ha convertido en el punto de no retorno para un gobierno que decidió acelerar hacia el autoritarismo. A Maduro no le quedan más soportes internacionales que gobiernos similares al suyo como el chino, el ruso, el iraní o el nicaragüense. Su sonada pelea con Brasil, por el veto del presidente Lula a que Caracas ingresará a los Brics+, es el corte definitivo de los vínculos con el progresismo latinoamericano. Brasil aseguró que Venezuela traicionó su confianza y el chavismo, en respuesta, utilizó su insulto preferido, deslucido de tanto uso: “son -los brasileños- mensajeros del imperialismo”.
Entretanto, Colombia intenta navegar en esas aguas turbias. Petro, cuya paz total tiene un soporte en Venezuela, no termina por romper con Maduro. Necesita al bolivariano. Sabe, sin embargo, que pronto tendrá que tomar la decisión definitiva: o se ahoga con el ancla chavista o le suelta la mano.
Por David E. Santos Gómez – davidsantos82@hotmail.com
https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/david-santos-gomez-sin-vinculos-con-la-realidad-JG25761293