
La Casa de Nariño es el lugar desde donde se gobierna a Colombia y también es la residencia oficial del presidente de la República. Es un palacio, como corresponde a la majestad y al decoro del Gobierno, que ha sido ocupado con dignidad por decenas de presidentes.
Aunque no todos sus ocupantes fueron buenos mandatarios, todos ellos, al igual que sus familias, supieron comportarse de acuerdo con el honor y la responsabilidad del cargo.
Sin embargo, para escándalo y vergüenza de la Nación, en la actualidad la Casa de Nariño es el epicentro de los más escandalosos hechos, que ni en novelas de ficción alguien pudo imaginar que podrían acontecer.
Lo inimaginable se hizo realidad gracias a Gustavo Petro, a sus ministros y a sus consejeros. La majestad del Palacio Presidencial se transformó en un manicomio, habitado por una pandilla criminal que gobierna a Colombia, ante el estupor y la perplejidad de 50 millones de compatriotas.
Las vendettas de la Casa Presidencial
Veamos algunas de las vendettas que allí han sucedido en los casi tres años de este gobierno. No sabemos de dónde salen, pero allí son frecuentes las drogas alucinógenas que el presidente consume en francachelas hasta altas horas de la madrugada. Bajo esos efectos explosivos se han desatado graves crisis internacionales, gracias a mensajes irracionales que el presidente difunde por redes sociales.
En la Casa de Nariño se realizó un misterioso “cónclave” entre varios ministros, en el cual se determinó ejecutar un inmenso saqueo a la Unidad de Gestión de Riesgo (UNGRD), para destinar billones de pesos para sobornar miembros del Congreso de la República y jefes de partidos políticos, para que aprobaran las reformas del gobierno. Además, en los pasillos y oficinas de la presidencia se realizan las más alucinantes disputas mafiosas.
Desde allí, algunos ministros que pretendían resolver los problemas del país implementando políticas aparentemente honorables, fueron echados de sus cargos a las patadas, y se enteraron de ello por los noticieros. Para ser objetivos, el solo hecho de aceptar esos ministerios ya no habla bien de ellos, pues nadie se explica en dónde vieron las intenciones honestas del presidente.
Esos salones presenciaron la guerra a muerte entre la poderosa Laura Sarabia, mano derecha de Petro y actual canciller, y el recién nombrado ministro del Interior, Armando Benedetti, que quiere acaparar todos los poderes. Ambos se han denunciado recíprocamente ante la Fiscalía y la Procuraduría. Allí también los colombianos vieron cómo en un Consejo de Ministros transmitido por TV, varios de ellos, y también la vicepresidente, anunciaron que el recién llegado Benedetti era indigno de estar allí, y que su “honor” les impedía compartir tan altas responsabilidades con un rufián, que al igual que el presidente, también es borracho y drogadicto. Pero nada pasó, porque todos siguen en sus cargos, o en otros del mismo nivel, pero la presencia de Benedetti en el gobierno ya no los incomoda.
Todas las corruptelas salen de la Casa de Nariño
Evidentemente, desde la Casa de Nariño salieron las órdenes para sobornar a los presidentes del Senado y la Cámara de Representantes, que hoy están presos por esos hechos. Y quien entregó los sobornos, la Consejera Presidencial para las Regiones, también está en la cárcel por lo mismo.
Esta semana, la ministra de Justicia también se enteró de su destitución por los noticieros, y después denunció a Benedetti por exigirle la destitución de algunos funcionarios de su cartera para nombrar a sus recomendados. También se denunciaron penalmente ante la Procuraduría y la Fiscalía, lo que ya parece normal entre los ministros del régimen.
El anterior canciller, Álvaro Leyva, escribió un par de cartas relatando las andanzas escandalosas del presidente en sus viajes al exterior, y promete escribir otras sobre todo lo que conoció porque fue testigo presencial. Entonces, el presidente anunció demandarlo penalmente, mientras que Leyva amenazó con entregar pruebas documentales de los hechos.
Para terminar, parece que muy pronto saldrán órdenes de captura contra dos ex ministros de Hacienda, Ricardo Bonilla y Diego Guevara, y contra el poderoso ex jefe de la Dirección Nacional de Inteligencia, Carlos Ramón González, quien está prófugo, porque están acusados de dar las órdenes para entregar los dineros de los sobornos al Congreso de la República.
Esto es apenas un resumen comprimido de los hechos. Si fuéramos a relatar todo lo que se sabe sobre la forma como se gobierna en Colombia, tendríamos que escribir una novela que con seguridad sería más espectacular que El Padrino, de Mario Puzo, que fue de donde salió la película más famosa de la historia del cine. Esa novela, además de relatar la forma siniestra de los ajustes de cuentas entre bandidos, tendría episodios grotescos de travestis enamorados, de infidelidades conyugales, de orgías internacionales inenarrables, de suicidios provocados, de conversaciones grabadas, de amenazas de muerte, de rituales de brujería satánica, y vaya uno a saber cuántas más cosas que pronto saldrán a la luz pública.
Esperemos que la Providencia se apiade de Colombia y cuanto antes cese la horrible noche que padecemos. El único camino es que las Altas Cortes, el Congreso de la República y las Fuerzas Armadas, que tienen la misión de hacer cumplir y respetar la Constitución, se dignen escuchar el clamor de toda Colombia y por fin cumplan con su deber.
¡No hay otra salida que la destitución del presidente por indignidad en el ejercicio del cargo!
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