Estamos en una encrucijada que para nadie pasa inadvertida. Nos embarcamos en un fatal e innecesario experimento con el retroceso. Por razones ignotas y que no viene al caso analizar acá, terminamos en manos del más temible y errático líder del caos. Creo que nuestro error está bastante claro, a la luz del más simple sentido común y a juzgar por cualquiera de los indicadores que se usen para corroborarlo.
Sin embargo, los múltiples aspirantes a sucederlo en la Casa de Nariño parecen todavía estar enfrascados en la tarea poco exigente de descalificar a quien nos gobierna, señalar sus frecuentes desvaríos y asignarle epítetos que podrían ser graciosos si lo que nos aqueja no fuera tan grave. No estamos tan lejos de las siguientes elecciones para que no sea hora de presentar un plan de gobierno.
Los votantes estamos hartos de ideología, de debates sobre temas que no resuelven las penurias reales de la gente, de descalificaciones y de un diagnóstico tras otro sobre todas las iniciativas que nos llevan al despeñadero. En la contienda del 2026 saldrá victorioso un candidato que presente un plan, un plan convincente, un plan coherente, un plan que parta de auscultar los verdaderos anhelos y necesidades de un pueblo obligado a rendirle pleitesía al Estado (que todo lo sabe, que todo lo hace bien, que debe dictarnos la moral y las costumbres, que debe engordar mucho en puestos con los que se pagan favores y para los que se crean entidades que nadie necesita, que debe inventarse muchas leyes que tampoco necesitábamos para que no se nos olvide quién manda).
Y tiene que ser un plan ambicioso, soñador, sí con pies en la realidad, pero no en la realidad de lo poquito, de lo robado, de lo pobrecito, de lo tercermundista, de lo apenas, de lo improvisado, de lo precario, sino en la realidad de lo mucho que puede hacer una voluntad unida en torno a una causa virtuosa y por todos respaldada, en la realidad del tesón, el talento y el ingenio de los colombianos. Otros países han tenido transformaciones asombrosas que desafiaron todas las expectativas; pero nada se logra sin un plan. Y ya es hora de ese plan. Ningún candidato que aspire a dirigir este país alucinante y lleno de posibilidades merece hacerlo si nos va a presentar su propuesta faltando una semana para las próximas elecciones.
Tenemos que ir cerrando filas alrededor de un proyecto que nos eleve, que nos saque de este enfangado ánimo en que todo va en contravía del sentido común y del genuino bienestar de unos ciudadanos en su patria. Tiene que haber un plan que resulte atractivo para la diáspora colombiana que huyó con sus talentos a tierras más seguras y más fértiles para la iniciativa. Un verdadero estadista nos presentaría un plan factible pero profundamente aspiracional y esperanzador. Colombia no es un país de mediocres y perezosos, Colombia está llena de talento y empuje que, por desgracia, a veces por falta de un mejor cauce han terminado haciéndose notar en empresas delictivas.
Nuestro siguiente plan tiene que ser el de verdaderos constructores de realidades, el de ejecutores probos y eficientes, el de gentes que concretan y hacen, que creen, conciben, planean y ejecutan, no el de la baba profusa y desorientada. ¡Por favor, hagamos un plan!
Por Ana del Corral Londoño
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