Alternativa: Prepago deuda y recorte radical

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Nadie puede negar que el gobierno hoy necesita dinero en enormes cantidades para seguir funcionando y evitar un colapso social, pero el camino escogido, el de una reforma desesperada y desesperante, constituye un recurso extremo que destruye la clase media, esteriliza la economía y pavimenta la llegada de Petro.

El ministro de Hacienda nos informa que tiene caja para cinco o seis semanas. ¿Cree que con esa insólita amenaza, el Congreso, despavorido, va a votar su proyecto? Si su Ministerio tiene centenares de funcionarios de altísima competencia, ¿cómo es posible que el titular no haya, con antelación de un año o siquiera de ocho meses, previsto lo que se venía como efecto de la pandemia?

Un ministro zahorí —aun sin los cartones del actual— podría haber adelantado oportunas negociaciones para reducir, reprogramar, refinanciar y modular la deuda externa, con el propósito de precaver el amenazante default al que estamos abocados.

No obstante los gastos imprevistos pero necesarios debidos a la pandemia, el gobierno no recortó el enorme despilfarro estructural que caracteriza el gasto público a partir de 2008.

A diciembre 31 de 2020, la deuda pública externa llegó a US $ 89.699 millones, cifra superior en US $ 15.864 millones, registrada doce meses antes.

Por su lado, a 31 de diciembre de 2020 la deuda pública interna alcanza 390 billones de pesos.

La amortización de ambas deudas está presupuestada para 2021 en 70.5 billones de peses.

El servicio de la deuda externa pública es del orden de US $ 6.000 millones (unos 22 billones de pesos), y el de la deuda interna pública es de unos $ 49 billones.

Si el hueco negro de la Tesorería es de unos $ 90 billones en el presente año, hay que actuar rápida y eficazmente. Por tanto, nadie entiende que se pueda subsanar con los $ 25 billones de una reforma que no le van a aprobar al gobierno.

Hay necesidad entonces de tomar medidas extremas, pero sin hacer explotar el modelo económico y social. Posiblemente ha llegado el momento de “quemar” reservas internacionales. Estas alcanzan la suma de US $ 52.995 millones. Si el país prepaga unos US $ 40.000 millones, podría reducir algo así como US $ 3000 millones el servicio de su deuda externa, aliviando en cerca de diez billones de pesos la Tesorería.

Pero como este alivio no sería suficiente, el país tiene que enfrentar la realidad y tomar determinaciones como:

  1. Dejar de contraer nuevo endeudamiento diferente al requerido para mantener estable el monto y el perfil de la deuda externa pública.
  2. Rebajar los gastos del Estado siquiera en un 20-25 %
  3. Detener el explosivo crecimiento de la deuda pública interna

Todo lo anterior es difícil. Requiere voluntad política. El imprescindible ahorro puede comenzar por los diez billones anuales que cuesta complacer a las Farc con gastos absolutamente innecesarios.

Si seguimos gastando, gastando y gastando, todavía podremos aplazar el default, cada vez más oneroso, por algún tiempo, hasta que lleguemos a una situación como la de Grecia o Argentina, con imposición de ajustes más brutales aun que los propuestos por el actual gobierno.

También es posible que el país no requiera financiación después de agosto 2022, cuando Petro cambie el modelo, repudie la deuda pública externa e interna, y nos permita disfrutar de las alegrías de la emisión incontrolada del socialismo del siglo xxi.

Estamos expuestos al peor de los aterrizajes, pero sin embargo, hay muchos optimistas que piensan que la pandemia mundial también es económica y que, por tanto, en vísperas de un nuevo y benévolo orden financiero y monetario global, para dejar atrás tanto dolor y ruinas…

Esta visión económica idílica es propia de la política- ficción en que vivimos, donde, como esto no es Venezuela… ¡aquí no pasará finalmente nada!

José Alvear Sanín, La Linterna Azul, 26/04/2021

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