Colombia votó por el cambio

Daniel Raisbeck considera decepcionante para los partidarios de Gustavo Petro el resultado de la primera vuelta en las elecciones colombianas y que este resultado refleja el deseo de un cambio real por parte de los colombianos.

Conteo electoral luego de la jornada de elecciones presidenciales en Colombia. (EFE).

Según el diario londinense Financial Times, las presentes elecciones en Colombia pueden “cambiar a Latinoamérica” dada la posibilidad de que gane Gustavo Petro, exguerrillero del M-19 y cercano colaborador del difunto Hugo Chávez. Petro, argumenta el FT, lideraría “el gobierno más radical de la historia moderna de Colombia”, país que, hasta ahora, ha sido un férreo aliado de Estados Unidos y no se ha sometido al Socialismo del Siglo XXI.

Ciertamente, Petro, quien fue alcalde de Bogotá entre 2012 y 2016, ya se sentía presidente. Como le corresponde tal vez a un candidato elogiado entre los suyos por su “sólida fundamentación marxista”, Petro celebraría su triunfo electoral del pasado domingo en el Salón Rojo del Hotel Tequendama, imponente ícono de la posguerra en el centro de la capital.

No era para menos el escenario; como sugerían prácticamente todas las encuestas, Petro sería el candidato por lejos más votado en la primera vuelta de las elecciones. Luego se enfrentaría en el balotaje a Federico Gutiérrez, exalcalde de Medellín y candidato de los partidos tradicionales, a quien derrotaría por un amplio margen. Pero el petrismo también redobló sus esfuerzos —por medio de una serie de alianzas turbias— para dar una sorpresa en primera vuelta, obtener más de la mitad del voto total y ganar así la presidencia de inmediato. Sería “el cambio en primera”, según su lema de campaña.

Y la primera vuelta sí trajo un cambio bastante drástico, pero no fue el que esperaba el equipo de Petro, cuyos invitados en el Tequendama demostraron el ánimo festivo de quien espera someterse a una inminente endodoncia. El favorito ganó la primera vuelta con 40 % del voto, pero, en contra de los pronósticos, resultó que su contrincante en la elección definitiva del 19 de junio no sería Gutiérrez, cuyo rol se hubiera limitado a personificar la alfombra roja sobre la cual marcharía Petro en su triunfante ingreso a la Casa de Nariño, el palacio presidencial. No, los votantes decidieron que Petro debía enfrentar en la segunda vuelta al único candidato que sí lo puede vencer: el impredecible y heterodoxo Rodolfo Hernández, magnate de la construcción de 77 años de edad, y, en su única incursión reciente en política, exalcalde de la ciudad “intermedia” de Bucaramanga, urbe de 600.000 habitantes en el noreste de Colombia.

Para entender la diferencia entre Petro y Hernández, basta con ver la transmisión de sus respectivos discursos del domingo. Petro, exalcalde de Bogotá, pontificó frente a su público durante media hora desde una tarima, rodeado por su familia y la de su candidata a la vicepresidencia. Llevaba un blazer y camisa blanca sin corbata, más tecnócrata de mediana edad que insurgente poco arrepentido. En medio del desánimo del orador, no fluyó su usual retórica neogaitanista desde el atril, cuyo letrero anunciaba que “Se viene el cambio por la vida”. En el fondo se desplegaba una imagen de una multitud petrista. Todo muy revolucionario, pero orquestado con cada adorno de la política tradicional y gestionada por asesores careros.

Por su parte, un radiante Hernández, ingeniero civil de profesión, se limitó a hablarles a sus seguidores a través de una breve sesión de Facebook Live, transmitida desde la cocina de su casa. En el fondo se veía la estufa. El austero candidato vestía una camiseta amarilla, una clara muestra de formalismo. En una entrevista reciente con CNN, el ingeniero apareció en pijama, porque “estaba en el tercer sueño” cuando lo llamaron después de las siete de la noche.

El mismo Petro, máximo experto colombiano en demagogia, reconoció las capacidades demagógicas de Hernández al invitarlo en numerosas ocasiones a formar una alianza en la que Petro, por supuesto, iría a la cabeza. Hernández, sin embargo, tenía otras ideas. Pero Petro sólo empezó a atacarlo durante las últimas dos semanas, cuando el ingeniero surgía en las encuestas, por ser un “millonario corrupto” y “uribista”, es decir, seguidor del desprestigiado expresidente Álvaro Uribe.

La ironía es que Petro, quien se despacha regularmente contra “la oligarquía” y se presenta como el flagelo del establecimiento, desató la furia anti-sistema que terminó por elevar a un rival que lo hace lucir a él como el más cotidiano tinterillo de La Candelaria, el barrio histórico que alberga las principales instituciones del gobierno colombiano. No en vano, Petro pasó ocho años como senador, once como representante a la Cámara, dos como concejal de Zipaquirá y hasta otros dos como Primer secretario de la embajada colombiana en Bruselas, para no mencionar sus perennes y extravagantes campañas presidenciales. Con no poca gracia para el espectador objetivo, Petro se encuentra en la etapa final de una longeva cruzada contra la clase política, y él es la clase política. Por ello el repentino y cómico esfuerzo de sus aliados por presentarlo como un experimentado “estadista”, justo cuando el 60% de los votantes lo rechazan por no querer experimentar su agresiva agenda estatista, que incluye expropiar pensiones privadas, acabar la exploración petrolera en un país petrolero e imprimir dinero a la venezolana.

La potencial derrota de Petro, tan improbable hasta hace pocos días, ha generado varios comentarios acerca de la “élite” colombiana, supuestamente tan sofisticada y superior a las de los países vecinos que logró impedir la toma hostil de las instituciones por parte de un chavista en el último minuto. Si se trata de la élite político-empresarial, sin embargo, en realidad estamos donde estamos hoy no por su genialidad, sino pese a ella, con su torpe apoyo a candidatos tan inviables y continuistas como el exministro Alejandro Gaviria o el mismo Gutiérrez. Fue, más bien, la intrépida ciudadanía colombiana la que, en un extraordinario ejercicio de sabiduría colectiva, rechazó al actual, pésimo gobierno uribista a la clara amenaza del petrismo al mismo tiempo.

En cuanto a la élite intelectual, su inclinación hacia Petro ya era manifiesta. De hecho, Petro ha debido preocuparse cuando empezó a recibir el apoyo público de figuras como Carolina Sanín al nivel nacional y, en el exterior, de Noam Chomsky y Thomas Piketty. Como dice el autor Nassim Nicholas Taleb: “Nunca se ha quebrado alguien al apostar en contra de los intelectuales”. La fuerte apreciación del peso y el repunte bursátil de este martes darían fe de ello.

Si Hernández logra devolver a Petro al senado por otro cuatrienio, como sucede con el candidato que obtiene el segundo lugar para la presidencia, será el efecto del deus ex machina que, como mencioné la semana pasada, necesitaba Colombia para salvarse de una debacle y salir invicta –al menos por ahora– frente al Socialismo del Siglo XXI. No obstante, no hay que olvidar que, como bien diagnostica Juan Ramón Rallo, la propuesta económica del ingeniero contiene fuertes dosis de socialdemocracia y mercantilismo, justo en un país donde imperan los socialdemócratas y los mercantilistas. Aunque el intervencionismo de Hernández impedirá una muy necesaria apertura comercial, rescato su austeridad fiscal y su respeto por las libertades individuales, especialmente en su reconocimiento del fracaso de la prohibición de las drogas.

Y su estilo tampoco es algo menor dado lo que expresa en el fondo. Como escribí en mi reciente libro, los gobernantes liberales bajo la Constitución de 1863 “solían ser hombres de acción y de empresa, años luz del burócrata cum político profesional que prolifera” en nuestros días. Parece que la demanda por un cambio real era mucho más fuerte de lo que los petristas imaginaban.


Instituto Catopor Instituto Cato, Panam Post Miami, por Daniel Raisbeck , analista de políticas públicas para América Latina en el Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Instituto Cato. 

Instituto Cato

Instituto Cato

El Cato Institute es una fundación de estudios públicos, no partidista, con sede en Washington, D.C., fundada en 1977. El nombre del Instituto se origina en los Cato’s Letters, ensayos libertarios que ayudaron en el origen de la filosofía de la Revolución estadounidense.

Nota.- Los subrayados al texto son nuestros.

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