Tras la renuncia de su jefa de Gabinete, la progresista Martha Vásquez, el líder comunista deberá encontrar 19 nuevos ministros y lograr que el Congreso los apruebe para seguir gobernando.
A pesar de haber atravesado varios terremotos políticos desde su llegada a la presidencia, el comunista Pedro Castillo vive su momento más difícil en el gobierno peruano. Rodeado de corrupción, artífice de múltiples escándalos y peleas internas, el gobierno de Castillo pende de un hilo.
En tan solo 6 meses de gobierno, ha tenido que superar la traición de su primer jefe de Gabinete, Guido Bellido, un voto de confianza para su alianza con la progresista Mirtha Vásquez, luego un pedido de vacancia en el Congreso, y ahora, la ruptura de esta flamante unión con la izquierda progresista.
Vásquez, quien llevaba menos de cuatro meses en el cargo de jefa de gabinete, atribuyó su dimisión a la controversia por ascensos irregulares en la Policía, que llevó a Castillo en las últimas horas a desprenderse del ministro del Interior, Avenilo Gallardo, y del comandante general de la Policía, general Javier Gallardo.
“Hemos llegado a un momento crítico. La crisis en el sector de Ministerio del Interior no es asunto cualquiera ni coyuntural, es la expresión de un problema estructural de corrupción en diversas instancias del Estado“, afirmó Vásquez en su carta de renuncia.
Abogada y activista ambiental de izquierda progresista, Vásquez había jurado como primera ministra (jefa de gabinete) el 6 de octubre luego de que Castillo se peleara con la dirigencia de su propio partido, Perú Libre, y rompiera relaciones con Guido Bellido y Vladimir Cerrón, que abogan por un comunismo más tradicional y conservador.
La renuncia de Vásquez vino acompañada de todo el resto del Gabinete, y ahora Castillo deberá conformar un nuevo equipo de 19 ministros, el tercero desde que asumió la presidencia de Perú el 28 de julio.
En Perú, estos cambios de Gabinete deben ser ratificados en el Congreso en lo que se conoce como votación de confianza. El máximo mandatario tiene tres rondas de votación para aprobar un Primer Ministro y su Gabinete, o si no debe llamar a elecciones anticipadas.
El líder de izquierda radical ya llegó al poder de forma accidentada por las acusaciones de fraude en las urnas de su rival, Keiko Fujimori, quien presentó pruebas de cómo se manipulaban las actas en mesas donde ganaba Keiko para reducir la diferencia, que terminó cerrando Castillo por apenas un 0,2%.
Al haber llegado de manera ilegítima al poder, Castillo ya empezó su gobierno con el pie izquierdo, y rápidamente los peruanos entendieron que la elección no iba a poner fin a la crisis política que azota al país desde la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski en 2018.
De la extrema izquierda comunista a la extrema izquierda progresista
Una vez que tomó posesión en el invierno del año pasado, Castillo creó un gabinete repleto de gente cercana a Vladimir Cerrón, el presidente de Perú Libre, partido que lo llevó al poder.
Cerrón, a diferencia de la izquierda del Foro de Sao Paulo, se trata de un extremista que defiende el terrorismo guerrillero abiertamente y con ideas ultra-conservadores en lo social. En el tiempo en que duró el gabinete de Guido Bellido, su puntero político en el gobierno, funcionó como una especie de presidente en la sombra, tirando los hilos de Castillo.
Pero esto no duró mucho. A los pocos meses, probablemente por discusiones de dinero, el presidente cortó lazos con Cerrón y expulsó a sus ministros del gobierno.
En ese momento, Castillo pactó con la izquierda progresista, que tiene una fuerte influencia en Lima. Como jefa de Gabinete nombró a Mirtha Vásquez, y le pidió que forme un gobierno con claro tinte socialdemócrata.
El gobierno parecía tomar un rumbo claro. Los problemas, de todos modos, continuaron. No hay semana en la que no haya una crisis, un escándalo, la renuncia de algún ministro que fue descubierto en un acto de corrupción. Aunque es cierto que Perú devora ministros y presidentes como ningún otro país en América Latina, hasta para sus estándares esta situación resulta excesiva.
El último escándalo
El ministro de Interior, Avelino Guillén, le presentó el viernes pasado su renuncia. En cuestión de 48 horas, esta acción derribaría todo el gobierno peruano.
Guillén llevaba un mes enfrentado al comandante general de la policía, Javier Gallardo, que actúa con autonomía del ministerio desde que Castillo llegó al poder.
El jefe de los policías sacó a más de 1.700 agentes experimentados en unidades claves de la lucha contra la corrupción y el crimen organizado. Se especula que Castillo está haciendo una purga de la Policía, que tuvo un rol decisivo en la lucha contra el terrorismo comunista en la década del 90, que el actual presidente defiende.
Pero Guillén, que no pertenece al mismo sector que Castillo y viene de la izquierda moderada, vio la acción de Gallardo como una estrategia para disminuir la capacidad de investigación del cuerpo y encubrir casos de corrupción institucional. Castillo no lo escuchó, ni siquiera le respondía los mensajes al ministro, según informaron los medios locales
La primera ministra trató de mediar. Le dijo a Castillo que lo mejor era mantener a Guillén y jubilar al policía. Pero el ex sindicalista hizo oído sordo. Y lo que es peor, en el transcurso del fin de semana decidió actuar, pero pidiéndole la renuncia al ministro Guillén.
Esto fue la gota que rebalsó el vaso, y Vasquéz anunció el fin de su Gabinete. Hasta Pedro Francke, el ministro de Economía que ya sobrevivió el recambio de gabinete anteriormente y Castillo no se anima a tocar para no desestabilizar la frágil economía peruana, puso su renuncia a disposición y aseguró que un cambio es necesario.
Latinoamérica, 01/02/2022