
Nos disponemos a entrar en la recta final de unas elecciones para Congreso de la República y Presidente, inmejorable coyuntura para que reflexionemos sobre su importancia, así como sobre el papel de cada uno de nosotros en esta democrática jornada.
Partamos diferenciando estos comicios de todos los que con anterioridad se han celebrado en Colombia, por la elemental razón de que nos jugamos no solamente el cambio de unos funcionarios por otros, o la supremacía de algunas facciones sobre sus rivales, sino la clase de país que deseamos para nuestro futuro y el de nuestra descendencia. Si lo entendemos así, nuestra decisión debe ajustarse a lo que más convenga para garantizar el orden, el bienestar y el progreso que anhelamos, no simplemente para satisfacer nuestros personales deseos o las interesadas opiniones de quienes manipulan el poder político y mediático.
No podemos olvidar que, en el año 2016, con el desconocimiento de la voluntad popular expresada legítimamente en un plebiscito que rechazó por mayoría la firma del Acuerdo de Paz de La Habana, y con las artimañas del Congreso y de la Corte Constitucional que avalaron el fraude a la soberana decisión del constituyente primario, comenzó el desmoronamiento de la Democracia, del Estado de Derecho y de la Moral en nuestro país.
Durante 10 años hemos estado sometidos a un crecimiento del sucio negocio de la cocaína, al desborde de todas las manifestaciones criminales, a la exacerbación del cáncer de la corrupción, al imperio de la impunidad, al adoctrinamiento de la juventud con funestas ideologías como el marxismo o la doctrina LGTBI y, sobre todo, al abandono de nuestra fe cristiana y de los valores fundacionales, invaluable legado de nuestros ancestros.
El triunfo sobre la guerrilla que habían logrado, con sacrificio de muchas vidas, nuestros heroicos militares, no bastó para impedir la toma del poder por la extrema izquierda encabezada por el camarada Gustavo Petro. Lo demás deja de ser historia para convertirse en un horroroso presente que sufrimos a diario:
Se ha perdido la seguridad y el derecho a la vida, merced al desmoronamiento de la Fuerza pública, a la presencia guerrillera en gran parte del territorio nacional y al inusitado incremento en la siembra de coca y la exportación de alucinógenos.
La política totalitaria del régimen ya ha destruido el sistema de salud, causando un genocidio de 2500 pacientes muertos por falta de tratamiento o medicamentos en el año 2025.
Una sucesión de escándalos de corrupción protagonizados por funcionarios del régimen y sus familiares y aliados atenta contra los recursos del Estado y genera indignación y rechazo en la sociedad.
La criminalidad actúa con el beneplácito de las autoridades y con la impunidad que le brinda una normatividad permisiva y una actitud más que tolerante de fiscales y jueces,
La economía está al borde del colapso según se deduce del incremento del déficit fiscal, aumento de la deuda pública, gastos exorbitados del Estado, reducción de las exportaciones, aumento de la tributación a empresas y personas, descenso en las inversiones, baja en las exportaciones, y afectación a la generación de empleo formal.
El abandono de nuestros valores fundacionales y del legado espiritual de nuestros ancestros desencadena toda clase de amenazas contra la vigencia de la familia como núcleo fundamental de la sociedad y contra un sistema de educación que garantice la formación de buenos ciudadanos.
Salvar a Colombia de este negro pozo de iniquidad en el que nos ha sumido el actual régimen debe ser nuestro único propósito en las elecciones. Atrás quedaron los tiempos en los que nos podíamos dar el lujo de jugar a las elecciones para sacar adelante a los amigos o al que más nos guste. Ahora es el momento de pelear por nuestra supervivencia como país independiente, con una Democracia real, con una Justicia honesta, con un gobierno y un congreso preocupados sólo por el Bien Común, no por los pequeños intereses personales.
No hay campo para las rencillas para ver quién gana unos votos en una consulta, quién puede pasar a la primera vuelta, quien puede dejar de ser precandidato para alcanzar el status de candidato.
Ya la suerte está echada. El pueblo, mayoritariamente, sin permiso de los caciques de siempre, sin pedir limosna a los grandes capitalistas, sin someterse a ningún partido o ideología, ha dicho de la manera más clara que quiere votar por Abelardo de la Espriella, que quiere hacer parte de Defensores de la Patria para llevar gente honesta al Congreso, que no va a perder tiempo y esfuerzo en las tales consultas.
Ya lo dijimos. La lucha no es por puestos, ni por trasnochadas ideologías. Rompamos estos 10 años de indiferencia o de confusión, de errores o de manipulación d nuestras mentes. Seamos libres para levantarnos y decir: No más inmoralidad, no más corrupción, no más criminalidad, no más impunidad, no más desigualdad. No más humillación ante la tiranía.
Vamos a ganar en el Congreso y en la Presidencia. No nos quede la menos duda. Nos lo merecemos después de 20 años de padecer traición y engaños. Llamemos a las cosas por su nombre. Identifiquemos al verdadero enemigo en lugar de lanza dardos contra quien solamente piensa en la salvación de Colombia y en derrotar contundentemente a la criminalidad y el narcoterrorismo: Abelardo de la Espriella.
Nos acompaña la certeza sobre estas palabras:¡Dios es mi salvación! Confiaré en él y no temeré. El Señor es mi fuerza, el Señor es mi canción; ¡él es mi salvación!
(Isaías 12:2)
21/02/2026 | Por: Luis Alfonso García Carmona . .
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