“Un trabajador que no se define por el odio de clase, sino por su dignidad, su esfuerzo, su familia, su propiedad, su fe y su responsabilidad”, bajo esta idea, el escritor y conferencista Raúl Tortolero publica su nuevo libro

A lo largo de la historia, autoritarismos de izquierda han visto en la clase trabajadora un instrumento útil a sus aspiraciones políticas, apelando al discurso del asistencialismo por parte del Estado, donde cada servicio público, cada alimento o propiedad, solo llegará de la mano del Gobierno y no del mérito y esfuerzo de cada individuo. El discurso impulsó la agenda de la extinta Unión Soviética y hoy sigue vigente en países como Cuba, Venezuela o Nicaragua. El resultado son poblaciones empobrecidas porque detrás de las dádivas, aparece una crisis difícil de solventar luego de que dichos regímenes asfixian toda iniciativa privada.
Sin embargo, la bandera de las clases menos favorecidas no pertenece a la izquierda, ni al ideario de Karl Marx. Es por ello que surge una oportunidad política donde una «Derecha Popular» ponga al trabajador cristiano como sujeto histórico. Esa es la propuesta que trae el nuevo libro de Raúl Tortolero, escritor, conferencista y doctor en filosofía y en derechos humanos.
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Esta nueva obra se suma a sus anteriores títulos «La Contrarrevolución cultural frente al marxismo posmoderno” y «La nueva derecha: el retorno de Dios a la cultura» para complementar una filosofía política guiada por los valores cristianos, el resurgimiento de Occidente y la lucha contra el expansionismo chino. En PanAm Post conversamos con el autor.
En sus dos libros anteriores, «Contrarrevolución Cultural» y «La nueva derecha», usted analizó la batalla cultural contra el progresismo y planteó la necesidad de renovar a la derecha. Esta vez, en Derecha Popular el foco está en la clase trabajadora. ¿Por qué considera que este sector debe ocupar un lugar central en la construcción de una nueva derecha?
Hay dos mitos que la izquierda ha ido inyectando en la educación, en la cultura, a lo largo de décadas y que debemos combatir a fondo: uno, que si eres un trabajador, si eres pobre, en automático perteneces a la izquierda, y debes militar en alguno de sus partidos, o si no, serías un “traidor” de esa clase social. Eso es falso, porque la bandera de los pobres la roba Marx al cristianismo, que les da primacía, desde que Cristo nace en un pesebre y no en un palacio. Occidente está fundado en estos valores. El marxismo vino 19 siglos después. Y dos, que la derecha es sólo para los ricos, para los industriales, los magnates, dueños de mansiones, yates, aviones y cuentas millonarias. Esto es también falso. Sin embargo, la vieja derecha cometió un error histórico: permitió que la izquierda prácticamente se apropiara del concepto de “clase trabajadora”. Y nosotros tenemos que recuperarlo.
Cuando hablamos de la clase trabajadora, no estamos usando ninguna categoría marxista: no es solo el obrero industrial ni el “proletariado”, es todo aquel que se levanta a trabajar para sacar adelante a su familia: el albañil, la mesera, el taxista, la trabajadora doméstica, pero también el médico, el abogado, el contador, el comerciante, el empleado de seguros o el muchacho de un call center. ¿Trabajas? Eres de los nuestros. No queremos una derecha elitista, clasista, economicista, ni subordinada al Big Money y a los grandes capitales.
Propongo colocar al trabajador cristiano como sujeto histórico de la Nueva Derecha y de la Contrarrevolución Cultural Cristiana. Un trabajador que no se define por el odio de clase, sino por su dignidad, su esfuerzo, su familia, su propiedad, su fe y su responsabilidad. La derecha es popular, o no es nada. Si la derecha no vuelve al barrio, al taller, a la fábrica, al mercado, al pequeño negocio, a las profesiones y a las familias que viven de su trabajo, dejará nuevamente al pueblo en manos de la mentirosa izquierda.
Durante décadas, la izquierda ha utilizado a los trabajadores y sectores populares con fines electorales e ideológicos para ascender al poder. Sin embargo, en los últimos años hemos visto cómo distintos movimientos de derecha han comenzado a disputar ese electorado. ¿Qué debería ofrecer una derecha popular para consolidar ese vínculo más allá de las urnas?
Lo primero que debe ofrecer es el respeto a la dignidad de la persona humana. El trabajador no es una masa electoral amorfa, ni una estadística, ni un cliente del Estado, por el contrario, es una persona concreta, con dignidad, aspiraciones y una familia.
La izquierda quiere a los pobres para comprarlos con su mega-asistencialismo y perpetuarse en el poder, usarlos electoralmente y como fuerza de choque. Por eso, la Derecha Popular no puede limitarse a buscar su voto. Debe defender salarios justos, condiciones laborales dignas, oportunidades reales, emprendimiento, ahorro, propiedad privada, negocios familiares, capacitación de jóvenes y cooperación entre trabajadores y empresarios. Tenemos que humanizar las relaciones laborales y sustituir la lucha de clases por la solidaridad cristiana.
Ahora bien, la derecha es popular, pero no populista. Populismo es cuando un líder carismático dice que todo lo que hace es para el pueblo, pero son sus caprichos. Popular es ver por la gente y que el trabajador no dependa eternamente del Estado. Queremos que pueda ser dueño de su vida y de su destino, que pueda construir patrimonio, tener una casa, emprender, ahorrar, dejar una herencia a sus hijos y progresar sin que nadie lo castigue por hacerlo.
Y hay además una dimensión que para mí es esencial: la familia. La mayoría de las personas no trabaja para una abstracción llamada “economía”; trabaja por amor para llevar comida a casa, pagar la escuela, la renta, la medicina, construir un patrimonio y darles un futuro mejor a sus hijos. Por eso hablo de una derecha del pueblo que trabaja.
Se trata de convertir a la clase trabajadora en protagonista permanente de un cambio estructural de Occidente y en líder de la vida cultural, económica y política. El trabajador que vive con valores cristianos, no el que se amotina para hacer una revolución que asesina millonarios para robarles sus propiedades e imponer una dictadura socialista.
En Estados Unidos, por ejemplo, las campañas presidenciales de MAGA se han dirigido a la working class, con todo y que Trump es un magnate. En México, en 2030 Ricardo Salinas Pliego tendría una gran oportunidad de ser presidente si lo lanzan los partidos de oposición unidos: es un empresario exitoso, pero sus servicios y productos siempre se han dirigido a la clase trabajadora: TV Azteca, Banco Azteca, tiendas Elektra y Don Neto, moto Italika.
El título de su nuevo libro habla de una “geopolítica cristiana de la clase trabajadora frente al Dragón Rojo”. ¿Qué representa actualmente China para Occidente teniendo en cuenta que el propio Gobierno estadounidense de Donald Trump ha alertado sobre la infiltración del país en la educación, economía y política de otras naciones?
Primero hago una distinción fundamental en el libro: una cosa es la milenaria civilización china y otra muy diferente el régimen comunista chino. La primera merece respeto; el segundo representa un modelo político, social y cultural que considero incompatible con la civilización occidental y cristiana.
Cuando hablo del “Dragón Rojo” hablo precisamente del Partido Comunista Chino y de su expansión. China ya no compite solamente mediante exportaciones. Estamos ante una disputa económica, tecnológica, política, cultural y geopolítica: inteligencia artificial, semiconductores, litio, tierras raras, infraestructura, puertos, telecomunicaciones, deuda, redes sociales, influencia política y penetración cultural.
En América Latina esto es particularmente importante. China busca materias primas, energía, mercados e influencia estratégica. A través de inversiones y créditos puede generarse una dependencia que termina comprometiendo la soberanía de los países. En el libro también analizo los Institutos Confucio, la influencia tecnológica y el problema de los precursores químicos procedentes de China utilizados por los cárteles mexicanos para fabricar fentanilo.
Pero el problema de fondo es el modelo social chino: un Estado gigantesco, dirigido por un solo partido, con enormes instrumentos de vigilancia y control policiaco, restricciones a la libertad política y persecución religiosa. ¡No queremos importar ese modelo a América!
Occidente no debe rechazar al pueblo chino, sino defender nuestra propia civilización. Una América libre, soberana y cristiana no puede cambiar su identidad por dependencia económica o tecnológica.
Usted plantea la necesidad de una geopolítica cristiana capaz de articular a distintos pueblos y naciones. ¿Cómo podría llevarse esa idea a la práctica en el actual escenario internacional, marcado por la rivalidad entre Estados Unidos y China, la guerra entre Rusia y Ucrania y los conflictos en Medio Oriente?
Tenemos que comenzar por abandonar la idea de que la geopolítica puede reducirse eternamente a petróleo, territorio, armas nucleares, comercio, chips o recursos naturales. Todo eso importa, por supuesto, pero detrás de los Estados existen civilizaciones, culturas, religiones y concepciones distintas del ser humano. En Occidente debemos estar unidos sobre la base de los valores cristianos.
Por eso propongo una geopolítica cristiana: construir alianzas entre gobiernos, partidos, organizaciones sociales, instituciones educativas, organizaciones religiosas, movimientos provida y de padres de familia que compartan ciertos fundamentos civilizatorios.
¿Y cuáles son? La dignidad de la persona humana, la fe, la vida, la familia, la propiedad privada, la patria, las libertades y los derechos universales; pero también la solidaridad, la subsidiariedad, la misericordia, el perdón, la fraternidad, el diálogo y el acuerdo, así como el bien común, la democracia y la legítima defensa.
En América propongo avanzar hombro con hombro con el Escudo de las Américas: nosotros queremos ser los guerreros culturales de esta alianza panamericana de pueblos —con Estados Unidos al frente— que comparten una raíz cristiana y que deben cooperar en seguridad, soberanía, combate al narcoterrorismo, defensa de la familia y contención del expansionismo del régimen chino. Y frente a guerras como Ucrania o los conflictos de Medio Oriente, la finalidad última debe ser la paz.
En el libro sostengo que es preferible alcanzar acuerdos sólidos entre bloques, aun cuando subsistan tensiones, antes que conducir al mundo hacia una guerra mundial nuclear. Una geopolítica cristiana no puede convertir la guerra permanente en un ideal. Debe buscar la paz desde la verdad, la justicia, la soberanía y la legítima defensa.
La propuesta, entonces, no consiste en crear una especie de “OTAN religiosa”. Es algo mucho más profundo: hacer que los valores cristianos vuelvan a ser una categoría real de la política internacional y un elemento de gran unidad entre gobernantes y pueblos que comparten una misma raigambre civilizatoria.
En los últimos años, parte del debate político se ha enfocado en la polarización entre el adoctrinamiento progresista y los valores conservadores. En Derecha Popular usted plantea que la respuesta a esa división no debe ser solamente política o cultural, sino también cristiana. ¿Por qué recuperar la fe cristiana es útil para enfrentar desafíos culturales de Occidente?
Porque el problema de Occidente es mucho más profundo que una elección o una disputa entre partidos. Es una crisis de la civilización, y como fue fundada en valores cristianos, se necesitan de nuevo para la reconstrucción occidental. Durante mucho tiempo la vieja derecha creyó que bastaba con defender el libre mercado y dar facilidades para que compraras un auto nuevo. Eso es insuficiente e ingenuo. La crisis occidental afecta a la familia, la natalidad, la educación, el trabajo, la cultura, las universidades, las leyes, la política y, finalmente, nuestra propia concepción del ser humano.
Por eso hablo de recristianizar Occidente. No significa imponer una religión por la fuerza, sino devolver a nuestra civilización los valores que históricamente la fundaron y llevarlos nuevamente a la vida cotidiana: a la familia, el trabajo, las escuelas, las universidades, las empresas, las leyes, las políticas públicas, los medios de comunicación y la política.
La Contrarrevolución Cultural Cristiana que propongo tiene siete grandes defensas: la fe, la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la familia natural, la propiedad privada, la patria, las libertades y los derechos universales. Pero el cristianismo aporta algo que ninguna ideología política puede sustituir: una concepción sagrada de la dignidad humana. Se trata de resacralizar la cotidianidad, de regresarle al humano su dimensión trascendente, no sólo procurar su bienestar económico. Así, el pobre deja de ser un instrumento revolucionario; es “el rostro de Cristo”. El trabajador deja de ser una pieza del engranaje económico; es una persona creada por Dios. La familia deja de ser un contrato administrativo; es la primera comunidad humana. Y la libertad deja de significar “hacer lo que quieras”, porque queda orientada hacia la verdad y el bien común.
Por eso mi propuesta rebasa a la vieja derecha convencional. No busco simplemente derrotar electoralmente al progresismo, sino que me enfoco en una Contrarrevolución Cultural Cristiana, es decir, evangelización y acciones concretas para salvar a Occidente de su decadencia actual.
Occidente se alejó de Dios y terminó poniendo en su lugar al Estado, al dinero, a la ideología, al mercado o al individuo. La ideología woke es profundamente antinatalista: sus supremacismos —arcoíris, feminista, eco-animalista— reman contra tener hijos, y eso es la destrucción de Occidente que deriva entre otras cosas en peligrosos reemplazos poblacionales.
La Nueva Derecha es la filosofía política, la Contrarrevolución Cultural es la misión, y la Derecha Popular es la geopolítica concreta del trabajador actuando desde los valores cristianos para el resurgimiento de Occidente.
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