Doble decepción…

Pocos días antes del plebiscito del 2016, —aquel que pudo cambiar el rumbo de Colombia, si el gran estafador no hubiera estado a la cabeza del Estado—, y después de haber hecho el dificilísimo y tedioso ejercicio de leer el mamotreto del acuerdo que se nos pedía aprobar, escribí un artículo en el que expliqué por qué votaría NO. Hoy releo las catorce razones que entonces esgrimí, y analizo, entre angustiado y perplejo, la situación actual de Colombia, y se ahonda mi convicción de que nunca alguien le hizo tanto daño a Colombia como el traidor que pisoteó la voluntad de la mayoría, y, llevándose por delante todas las exigencias de la decencia y la ética, pactó con el crimen y firmó un tal NAF (Nuevo Acuerdo Final) para el que no estaba autorizado y que le entregó la patria a sus peores enemigos. Más que el destino de Colombia era importante el logro de un premio que lo obsesionaba, y que al serle otorgado se prostituyó.

Con muchos constitucionalistas de Colombia, y creo que con una inmensa mayoría de mis compatriotas, estoy convencido de que el tal NAF que firmó Juan Manuel Santos con las FARC, que ha sustituido ilegalmente nuestra Carta Magna, y que, impuesto como una coyunda oprobiosa, lleva a Colombia hacia un futuro sin horizonte, no tiene validez alguna; en realidad no existe. ¿Acaso el mismo Juampa, como le gusta que se le llame, no había dicho una y otra vez —tan seguro como estaba de que su maquinaria arrastraría una mayoría aplastante del SÍ sobre el NO— que, de triunfar éste, el NO, ¿no existiría acuerdo alguno? ¿Y no lo había aseverado también su cínico portavoz en La Habana, el señor De la Calle? ¿Y acaso no triunfó el NO? Las trampas indecentes con que luego, con la complicidad de un congreso genuflexo y de unas cortes venales, pusieron en marcha el proceso de traición pactado, no le dan, de ninguna manera, validez.

En eso se origina la profunda decepción que nos causa el gobierno que ha gerenciado el doctor Iván Duque; a él lo elegimos convencidos de que tendría el valor de liberar a Colombia del yugo ominoso que le había impuesto la gran traición; él lo había insinuado en su campaña y programa electorales. Pero, irresoluto y medroso, dizque respetando algo que no existe jurídicamente, se dejó atar las manos y obsecuentemente ha propiciado que los beneficiarios criminales del NAF sigan adelante con su proyecto apátrida, estén acorazados con una absoluta e ignominiosa impunidad, y que, incluso ostentando un título de legisladores que no es legal, se lucren de las gabelas de todo orden que Santos les regaló; y que un tribunal, la JEP, que ellos mismos organizaron a la medida de su perfidia, haya suplantado nuestras instituciones judiciales y legislativas.

Por esa misma razón, me ha causado otra no menor decepción la declaración que ha hecho el doctor Oscar Iván Zuluaga, cuya llegada al abanico de los posibles precandidatos presidenciales vimos muchos con alegría; qué desilusión oírle decir a quien tuvo que soportar que Santos le robara impúdicamente el cargo de Presidente de Colombia, que dizque está dispuesto a “respetar” lo que, por írrito e ilegal, no es respetable y al contrario debe ser borrado de nuestro ordenamiento, en el que fue metido subrepticiamente. Por quien desde ahora anuncia que seguirá maniatado por esa cuerda execrable del NAF, yo ciertamente no votaría.

ADENDA: en el dicho abanico de precandidatos, aparece ya el doctor Alejandro Gaviria; el mismo que, fungiendo como ministro de salud de Santos, fue corifeo de aberraciones como el aborto, la eutanasia y las uniones homosexuales; el mismo que, en reportaje a El País de España, con ocasión del lanzamiento de uno de sus libros, declaró ser “ateo no practicante” (lo que ese infundio signifique, averígüelo Vargas…), y se despachó con esta perla: “me toca enfrentar a los mercaderes de la inmortalidad, incluida la Iglesia Católica”; o con esta otra: “La gran mayoría de los hombres continuará agradeciéndole a un dios inexistente cada amanecer, despidiendo a sus muertos como si partieran para un largo viaje, y atribuyéndoles a las divinidades los caprichos del destino”. Por quien profesa semejantes barbaridades, por supuesto ni yo ni católico alguno podría votar…

Asístanos el Señor, y ayúdenos el valimiento de la Reina de Colombia y de su esposo san José; que ellos nos den el discernimiento que necesitamos en el momento que vive Colombia; y nos concedan el poder respaldar con nuestro sufragio a alguien que se comprometa, sin miedos ni ambigüedades, a devolverle a nuestro ordenamiento constitucional la vigencia que fue sustituida por acuerdos inválidos y proditorios, y a defender los valores de una democracia basada en la ética y la antropología cristiana.

Por el Padre Mario García Isaza, La Linterna Azul, 12/09/2021

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