
La verdadera tragedia de nuestra sociedad es que ha abandonado todo principio moral para entronizar en su lugar la narrativa progresista que proclama ideas materialistas, fomenta el hedonismo, manipula las mentes desde la infancia y busca la desaparición de las instituciones.
Las primeras víctimas de esta subversión de valores son los seres más desprotegidos: los niños. Los que nacen en los territorios alejados de los centros urbanos bajo la perniciosa influencia de grupos narco terroristas, viven bajo la amenaza de ser reclutados forzosamente por estos criminales o convertirse en sus incondicionales cómplices. Otros vienen al mundo en hogares destruidos por efecto de las drogas, o por el abandono de sus padres, sin acceso a un hogar donde puedan aprender principios éticos que los formen como ciudadanos de bien.
No es ésta una tragedia exclusiva de los estratos más vulnerables. Con preocupación observamos que cada vez más la influencia de los padres sobre sus hijos va siendo sustituida por las redes sociales; el adoctrinamiento comunista en los institutos de enseñanza y la estigmatización de la izquierda a la institución familiar rompen la tradicional unidad de la familia como núcleo protector del orden social y del respeto a nuestro patrimonio espiritual.
No culpemos, en consecuencia, a nuestros hijos si su carácter, sus modales y su actitud ante la vida no es la esperada. En lugar de eso, empecemos a recuperar la confianza de esas pequeñas almas en formación y procuremos convertirlas en seres felices y útiles para la sociedad.
Tampoco la juventud está exenta de naufragar en este mar de confusiones generado por las destructoras doctrinas socialistas que los obnubilan; en un medio cooptado por la descomposición moral no es difícil que caigan en la adicción a las drogas, o en la depresión y, en actitudes abiertamente antisociales que los convierten en “idiotas útiles” de los activistas del progresismo y de los sembradores del odio de clases.
Ya en la edad adulta esperamos que nuestros ciudadanos apoyen con entusiasmo labores de reconstrucción de nuestro patrimonio moral y contribuyan, a través del mérito personal, en la construcción de un mejor país para todos. La realidad es bien diferente. En el plebiscito de 2016 para aprobación o rechazo del Acuerdo de La Habana, gran parte de los colombianos ( 49,79 de los votantes) votó sí al acuerdo, no obstante que con este humillante pacto se entregaba parte del poder a la guerrilla, se les concedían toda clase de privilegios y se blindaba el sucio negocio de la coca. ¿Es que acaso los votantes no leyeron el contenido de lo que aprobaban o, simplemente, se dejaron manipular por la propaganda santista de ese momento? Diez años después, el narco-socialismo de Cepeda logró 48.7% de la votación contra un 49,66 del candidato De la Espriella.
Preciso es reconocer que gran parte de la votación del candidato de las FARC se debió a los 900.000 contratos de nombramiento de “corbatas” por parte del régimen petrista. Pero, indudablemente, un gran porcentaje de colombianos, por ignorancia, por fanatismo, o por estímulos económicos, votaron a favor de la continuidad del régimen más corrupto e ineficiente de nuestra historia. ¿Dónde dejaron los valores quienes así pusieron en peligro nuestra democracia y hasta la supervivencia de nuestro país?
Semejante contradicción que riñe con el legado de la civilización occidental que ha orientado a gran parte de la humanidad desde la antigua Grecia, trae a mi memoria esta curiosa anécdota:
Una misión de arqueólogos franco-rusa realizó entre 1966 y 1978 unas excavaciones en lo que hoy es una zona fronteriza entre Afganistán y Tayikistán, en una localidad conocida como Al Khaloum, donde Alejandro Magno fundó la población de Alejandría del Oxus. En esta ciudad, como en todas las que fundó Alejandro, se conservaron muchas manifestaciones de la cultura helenística y, he aquí, que en las ruinas de lo que era el núcleo central de la ciudad fue hallado un bloque de piedra con la siguiente leyenda tallada en perfecta lengua griega:
“Mientras seas niño, muestra buenas maneras. En tu juventud, aprende a controlar tus pasiones. Cuando alcances la edad madura, sé justo. Durante tu vejez, da buenos consejos. Y cuando mueras, hazlo sin remordimientos.”
Se conoce que dicha leyenda la copió un griego aficionado a la filosofía, llamado Clearco de Solos, del Templo de Apolo en Delfos y luego la llevó a Al Khaloum, en las tierras conquistadas por Alejandro, para que fuera esculpida como mensaje de la antigua cultura helénica a la posteridad.
En lugar de practicar esos sabios legados, con más de 2.300 años de existencia, muchos de nosotros se empeñan en proseguir por los peligrosos senderos del progresismo, el culto al materialismo, y el olvido de nuestro patrimonio espiritual y cultural.
Luis Alfonso García Carmona: Abogado. Escritor. Fundador de Alianza Reconstrucción Colombia.
https://lalinternaazul2.wordpress.com/2026/09/25/donde-dejamos-nuestros-valores-morales/