Sin pena ni gloria pasó el amago de escándalo producido por la revelación del llamado dossier cubano, elaborado por la inteligencia militar colombiana. En el documento se acusa al gobierno de la isla de injerencia indebida en las políticas internas de Colombia, a través de estratagemas para debilitar su democracia. Pero nada pasó. Al final de cuentas se convirtió en un escándalo más de los que a diario suceden en Colombia. De aquellos que hacen parte de su paisaje sombrío y entran en el ocaso a las pocas horas por la aparición en escena de otro escándalo mayor, de los muchos que han ido anestesiando la capacidad de credibilidad y reacción de los colombianos.

Causa por lo menos curiosidad esa indiferencia. Es como si no interesara la suerte inmediata de la estabilidad nacional. O que no se creyera en la rigurosidad de esos informes y los atribuyeran a la imaginación calenturienta de organismos del Estado interesados en causar miedos como políticas disuasivas. ¿Será, acaso, indiferencia por la suerte de la nación? ¿Será que no se cree en los organismos de investigación militar? ¿Será un escepticismo para dudar de todo y sobre todo cuando la fe pública se va malogrando?

Días antes de revelado el informe incriminatorio, Colombia había insistido en la extradición de la cúpula del Eln que se encuentra refugiada en Cuba, bajo el amparo de ese gobierno. La sindica de ser autora intelectual de la muerte de más de veinte cadetes en la Escuela de Policía General Santander, en Bogotá. Cuba se ha negado a entregarlos. Argumenta que no se pueden romper los protocolos acordados entre el gobierno Santos y los herederos del castrismo, garantes del fracasado proceso de paz con el Eln. Como era de suponer, Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, negociadores con las Farc, salieron a asordinar el dossier del gobierno Duque, agradeciéndole a Cuba todo su pasado en el papel jugado en el proceso habanero.

La entrada de médicos cubanos al país –cuya capacidad profesional ha sido cuestionada por voces no solo de calificados médicos y científicos colombianos, sino del Parlamento Europeo–, preocupa a la política de seguridad nacional. Se denuncia que están ejerciendo labores de adoctrinamiento para influir en las elecciones presidenciales del año entrante. Labor que podría prosperar, máxime cuando la debilidad del régimen que ha regido a Colombia por muchas décadas es inocultable, propiciada por las pugnaces divisiones de opacos dirigentes del régimen político.

Cuba no actúa en solitario, sostiene la inteligencia militar colombiana. Rusia y Venezuela llevan buena parte de la carga ideológica en esa lucha por resquebrajar el sistema de libertades. Es el Eje “que comparte información en torno a actividades de injerencia, espionaje e inteligencia que despliegan”. Y que se construye a través de tecnologías instaladas en la frontera colombo-venezolana, que monitorean desde el Kremlin, “a varios blancos colombianos de interés nacional”.

¿Definitivamente no convenció a los colombianos esta alerta? ¿Se murió prematuramente de otra pandemia, la del escepticismo? ¿Se archivará este dossier por considerarlo novelesco o inútil? ¿O será que a la mayoría de los colombianos, en medio de tantas desilusiones, poco les interesa la suerte inmediata del país?

Alberto Velásquez Martínez, El Colombiano, 27/01/2021


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