El país va rumbo al abismo

«Tenemos un dictadorcito que con sus reformas a la salud, la pensional, la laboral, etc., quiere estatizarlo todo», Saúl Hernández

Muchos siguen pensando que a Colombia no le va a pasar nada con Gustavo Petro porque esto no es Venezuela ni Petro es Chávez, pero seguramente no se han dado cuenta de lo que nos corre pierna arriba con el Plan de Desarrollo que ha lanzado este gobierno y está en trámite en el Congreso. Un esperpento que los expertos no dudan en comparar con las leyes habilitantes con que el fallecido sátrapa venezolano se convirtió en un verdadero dictador y que le sirvieron para transformar el país más rico de Latinoamérica en un triste estercolero.

Pues bien, con el Plan de Desarrollo se pretende que Petro tenga nada más que 13 facultades extraordinarias para hacer y deshacer a su amaño sin que los asuntos que trate pasen por el Congreso. Son más de 300 artículos en los que hay de todo para escoger, lo que asegura que un día nos acostaremos siendo un país y a la mañana siguiente seremos ya otro muy distinto, sin tener tiempo de llorar. Pero si alguien quiere saber a qué nos estamos exponiendo, le proponemos el ejercicio de recordar algunas de las frases más desentonadas que ha pronunciado Petro en los seis meses que lleva de gestión. Porque si algo es cierto es que todas las barbaridades que piensa hacer las anuncia previamente.

Por ejemplo, si pretende facultades extraordinarias es porque el entramado del Estado no le permite a un individuo autoritario hacer gran cosa. Él ya había dicho por ahí que el Estado era como un enemigo interno que no dejaba avanzar, refiriéndose nada menos que a la Constitución y las leyes, las cuales venían siendo los mayores obstáculos que se interponían a los deseos del presidente, cosa que dijo como si hubiera ganado la presidencia con la totalidad de los votos y no por el estrechísimo margen con que lo hizo. Obviamente, saltarse la Constitución y la ley implica saltarse el órgano legislativo y, en parte, a las altas cortes, y eso es lo que ya tiene entre manos.

Pero vamos más allá. Muchos nos reímos cuando este esperpento dijo en la sede de Naciones Unidas que el petróleo y el carbón eran venenos peores que la cocaína. Pues no entendimos que lo que quiere es legalizar la coca. Ahora se propone que las plantaciones de coca de menos de diez hectáreas serán legales y que los campesinos que las posean no serán víctimas de la erradicación. Según expertos, cerca del 67% de los cultivos ilícitos son de menos de 10 hectáreas. Y sobra decir que el resto se ajustarán a esa exigencia sin el menor problema. Todo un estímulo al narcotráfico. Los chavistas se enriquecieron robando la renta petrolera; los petristas tienen la cocaína.

En uno de esos discursos estrambóticos a los que ya nos tiene acostumbrados dijo que “si logramos que una serie de actividades de la sociedad colombiana que hoy se consideran crimen, no se consideren crimen más adelante, pues habrá por definición menos crimen en Colombia”. Pues bien, ahí está su MinJusticia haciendo maromas para que todo sea excarcelable, incluyendo delitos de lesa humanidad, y enviando mensajes equívocos a la sociedad al eliminar tipos penales como el incesto, con lo que no se busca aliviar el hacinamiento carcelario sino darle un golpe a estructuras tradicionales como la familia. Eso sin considerar que promover tamaña impunidad en un país tan laxo es un golpe letal que incrementará la criminalidad. Aquí no se necesita cerrar cárceles sino construir muchas más.

Se dirá, sin embargo, que soltar criminales no provocará tantas muertes como alguien pudiera imaginar, que hay cosas peores. Y se acuerda uno de otra frase de Petro, una de las más monstruosas, que desnuda los oscuros propósitos de la reforma a la salud: “Cuando la salud era pública la gente se moría más, pero se moría con dignidad. Eso es lo que hay que rescatar”. Es decir, para él lo que no es público, es indigno. En su mente perturbada solo cabe la estatización y el centrismo; la salud de los colombianos le importa un comino.

Tenemos un gobernante autoritario que quiere acaparar todo el poder; un dictadorcito que con sus reformas a la salud, la pensional, la laboral, etc., quiere estatizarlo todo; un canallita que terminará reeligiéndose a los trancazos para dejar sin opción a la oposición reaccionaria.

Colombia, a no dudarlo, se le apuntó al caballo perdedor. Como todo gobierno de izquierda, su propósito es acabar con la desigualdad empobreciendo a toda la población, igualándola por lo bajo. Su trabajo es mantener la gente en la pobreza y hacerla dependiente para garantizar su voto. Ya la revolución no se hace con armas sino horadando la democracia desde adentro. Esta administración, en seis meses, no ha hecho más que desastres, y todavía le queda mucho tiempo. Estamos al borde del abismo.

Por Saúl Hernández | 16-02-2023

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