El primo que Colombia necesita conocer

El primo que Colombia necesita conocer

 

 

Hay silencios que se vuelven complicidad. Y este no es uno de esos momentos. Hoy no escribo como analista ni como estratega político. Escribo como primo, como amigo y como testigo de una forma de liderazgo que Colombia necesita urgentemente: la de José Manuel Restrepo Abondano.

He compartido con él no los reflectores ni las cámaras, sino el barro, el polvo del Vichada y los encantos del Guaviare que vivimos en las misiones de Semana Santa. Lo he visto, junto a Tatis —su esposa—, hablando desde el lenguaje del amor a parejas que salvaron su matrimonio. He estado con él y con sus hijos al levantarse en una maloca de trabajadores de un cultivo de madera, en la mitad del Meta, a las cinco de la mañana, después de una noche de ronquidos y cansancio, para hacer una reflexión ante el Santísimo y luego apoyar la celebración de los oficios de Semana Santa con comunidades olvidadas. Sin prensa, sin discursos preparados, sin necesidad de likes. Con las manos listas para servir.

En esas misiones, José Manuel se transformaba. El alto ejecutivo académico se arremangaba la camisa, se paraba frente a los soldados, jugaba con ellos usando la cajita, para luego generar aprendizajes, les hablaba de frente, sin filtros ni poses. Sabía que detrás de cada uniforme había un hijo, un padre, un sueño. Sus palabras no eran discursos, eran conversaciones. Lo escuchaban porque se sentían vistos, respetados, comprendidos.

Cuando lo nombraron Ministro de Comercio, no hicimos una fiesta para celebrar el poder. Celebramos una eucaristía para poner su vida pública en manos de Dios. Ahí, delante de los amigos de la fe, confesó su miedo. Le tenía temor al mundo de la política. Esa vulnerabilidad, en un país cansado de la arrogancia de muchos dirigentes, es lo que más admiro de él. Llegó con preguntas, no con verdades absolutas, con la humildad de quien sabe que no se las sabe todas. Cuando fue Ministro de Hacienda lo demostró: sacó adelante la reforma hablando con la gente, sin soberbia, con el mismo diálogo que llevaba años practicando en nuestras misiones.

Tatis, “la prima primera dama”, es valiente, decidida, amorosa, una mamá que educa con el ejemplo, capaz de ser abogada litigante y ama de casa, cree en la pareja como complemento, no como competidor. Juli, Alejo y María son jóvenes pilos, deportistas, amables, bien educados; buenos muchachos que crecieron sirviendo junto a sus padres. Eso dice mucho del hogar y del tipo de país que ellos sueñan.

Yo tengo un sueño claro: ver a mi primo José Manuel trabajando los primeros años de gobierno como lo que es: un hacedor. Un gerente que logra que las cosas pasen, que pone a Colombia en el radar del mundo por sus maravillas y sus oportunidades, trayendo inversión con esa mezcla de inteligencia y humanidad. A los tres años, quiero verlo recorriendo el país, escuchando a la gente, caminando veredas y ciudades, consolidando el “país milagro” desde el territorio, ganándose la autoridad moral y el cariño de la gente. Y así completar el sueño: convertir ese plan de gobierno en la mejor presidencia posible, revirtiendo la frustración actual de los de la generación de “pelota de letras”, de no haber sido capaces de entregarle a nuestros hijos la Colombia que merecen.
A quienes son mis amigos, conocidos, a quienes les genero confianza, a los que han compartido el servicio con nosotros, han vivido nuestro trabajo y creen en nuestra familia, quiero decirles esto con el corazón en la mano: José Manuel está hecho del mismo material. Del que no se dobla ante la adversidad, no se vende ante la tentación y no olvida de dónde viene ni para qué sirve. Colombia necesita ese tipo de liderazgo. Yo ya tomé mi decisión: yo voto por José Manuel.

 

CARLOS MAYOL ABONDANO

 

 

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