
Grigori Rasputín -el siniestro monje siberiano de ojos desorbitados y aura lúgubre- pasó a la historia no por virtudes espirituales, sino por su asombrosa capacidad de manipulación y su insaciable apetito de poder. En los húmedos y lúgubres corredores del palacio imperial ruso, aquel supuesto santón sembró el caos, urdió intrigas y se convirtió en símbolo viviente de la decadencia. Un demonio con sotana. Pues bien, Colombia también tiene su propio Rasputín; no con sotana, sino con toga, maestro del camuflaje y la intriga, hoy con asiento privilegiado en el gabinete presidencial.El Rasputín criollo
Eduardo Montealegre, eterno equilibrista del poder, encarna a la perfección esa figura taimada del manipulador que actúa entre sombras. Si Rasputín embrujaba con oraciones, Montealegre lo hace con verborrea jurídica: experto en camuflar oscuras intenciones bajo el ropaje de la ley. No hay cargo, contrato ni coyuntura política que no sepa capitalizar con camaleónica destreza.
El Rasputín criollo
No se le conoce ideología -más allá de su devoción al poder de turno- ni causa noble que no haya traicionado cuando las circunstancias así lo exigen. Progresista si conviene, independiente si no queda otra. En un reciente debate radial, el profesor y constitucionalista Mauricio Gaona lo desnudó, sin insultos ni estridencias: lo desmontó pieza por pieza. Y es que, tras el ruido y la maraña de tecnicismos, Montealegre no es más que un habilidoso palabrero.
Su historial es una antología del acomodo institucional. En 2004, renunció a la Corte Constitucional con el pretexto de “retomar la academia”; noble gesto, si no fuera porque pronto apareció como asesor de SaludCoop. Primero, firmó un contrato por $200 millones para demandar decretos del gobierno ante la misma Corte que había abandonado. Luego, otro por $500 millones para defender a los directivos de la EPS, entre ellos al cuestionado Carlos Palacino. En total, según la entonces contralora Sandra Morelli, se embolsilló $4.000 millones en honorarios, mientras el desfalco a SaludCoop rondaba los $700.000 millones.
Después, fue asesor del gobierno Santos, quien lo premió incluyéndolo en la terna para Fiscal General. Ya en el cargo, desplegó su talento oscuro: vinculó asesores por $40 millones mensuales, creó la “universidad de la Fiscalía” que jamás abrió sus puertas, con un costo de $35 mil millones, y contrató a Natalia Springer -Tocarruncho- para una investigación de ficción que costó $4.000 millones. No faltaron otros capítulos: el del hacker Sepúlveda para perseguir al uribismo, o sus acrobacias judiciales para colarse como víctima en el proceso contra Uribe. Siempre en escena, nunca al margen.
El Rasputín criollo
Y siguiendo su guion malévolo, este Rasputín reapareció en el gobierno Petro. Primero como asesor del “cambio”, y sin que le temblara el pulso ni la pluma, se inventó un “proceso constituyente” sin pies ni cabeza; luego, como redactor del “decretazo” que convoca una consulta popular sin pasar por el Congreso, firmado por todos los ministros -excepto él, porque aún actuaba como asesor-. El concejal bogotano Daniel Briceño reveló que Montealegre había recibido contratos por más de $1.700 millones del actual gobierno. Y, finalmente, se posesionó como ministro de Justicia.
Sin duda, Petro ha encontrado en este Rasputín criollo al aliado perfecto para su cruzada: alguien que, disfrazado con toga en vez de sotana, pueda abrirle camino hacia la permanencia en el poder. Desde luego, porque este Rasputín es experto en pisotear la Constitución con estilo marrullero y muy abundantes citas jurídicas traídas de los cabellos.
@ernestomaciast
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