Aquel país que antes era llamado por ciertos humoristas poco refinados “Locombia”, ha pasado a ser conocido como “el país de las bandas”: la del señor, la de la señora, las de los clanes y las “oficinas”, la de papá Pitufo, la del cartel de la toga, la de los jueces mamertos obstruccionistas, y así sucesivamente. Aquí encontramos eficientes “entornos” con los cuales emulan pequeñas bandas de efímero ascenso: la de los falsos títulos profesionales, la de las más pelilargas, la de las madres contratistas más intrigantes, la del sexo más fluido, hasta llegar a las que más cotizan…

Esa categoría superior está formada por las bandas propiamente paramilitares, que se ocupan de proteger y apoyar las grandes industrias del país —la cocaína y la minería ilegal—, porque otra gran industria, la política, hace dos meses escapó a “la banda presidencial”, que fracasó porque su titular no coronó su empeño de quedarse indefinidamente en aquel edificio de la carrera 7ª, que le parecía frío e inhóspito…

Los nuevos inquilinos de ese inmueble no han querido ocuparlo porque, con toda razón, temen encontrarse con los espantos y demonios adorados por los santeros que allí exprimían y explotaban a todo el país.

En Locombia ha caído una banda política y el ascenso de un nuevo gobierno, cuyo propósito es retornar al imperio de la Ley, ha significado para las bandas y las banditas, que les ha llegado la etapa del “Sálvese quien pueda”, con la mayor proporción posible del botín; y cuando este no alcanza para todos —porque se adelantaron los más hábiles—, entonces toca dejar el secretismo y proceder al ajuste de cuentas.

En esta fascinante etapa, que ya estamos viviendo, hace su aparición escénica la venganza. Caen las caretas y toda simulación pudorosa desaparece. Los espectadores hacemos tránsito de la ignorancia al pleno goce de los detalles más escabrosos: El mozo que se encuentra en altas horas de la noche con el tinieblo en propiedad…; la mujerzuela que empieza a revelar quiénes son los auténticos copartícipes en los negocios de la anterior “amiga del alma”; los periodistas viudos de mermelada, y las ahora esquivas multitudes ayunas de lechona…

En fin, hoy se exhiben, en toda su desvergüenza, tanto la venus burdelaria como el carrusel sórdido de las celestinas que, con el suministro de carne nueva, gobernaban en el ánimo fluctuante de quien nombraba fichas para la suscripción de contratos tan lucrativos como fugaces…

Finalmente, para calibrar el reciente tono moral de Locombia, que dejaba muy atrás el de Calígula y Nerón, no sobra repasar, entre las 91 novelas de la Comedie Humaine, la de Esplendores y miserias de las cortesanas, porque aquí estamos viendo algo parecido…