¿Hacia dónde vamos?

Si la sociedad perdió el camino, el tradicionalismo en ningún momento perdió el mapa, por lo que tiene la obligación de servir como guía.

Uno de los mayores errores de la modernidad es su concepción del progreso, pues para la misma cualquier descubrimiento científico, cualquier innovación tecnológica, o cualquier cambio social supone un progreso, entendiendo el mismo no como simple avance, sino como perfeccionamiento.

La medicina nos enseña que cualquier enfermedad progresa en nuestro organismo, así el cáncer progresa (avanza) hasta debilitar nuestro cuerpo y causar la muerte, pero ese progreso, ese avance de la enfermedad, no supone un perfeccionamiento de nuestro ser, sino precisamente su destrucción.

Avance y perfeccionamiento no suponen la misma realidad, y así el hombre moderno una vez perdido el rumbo puede avanzar en su camino hacia el precipicio, sin que dicho avance suponga una mejora real en su objetivo de llegar a su destino.

El verdadero progreso únicamente es aquel avance que nos permite finalizar una obra dotándola del mayor grado posible de bondad o excelencia, por lo que para comprobar si una sociedad progresa hemos de preguntarnos cuál es su objetivo y contrastar si sus acciones son adecuadas para la consecución del fin.

Es fácil comprobar como el amor al cambio del hombre moderno supone el reconocimiento de su falta de objetivo, por cuanto desconoce su verdadero fin, estando imposibilitado por tanto para encontrar el verdadero camino. Manuel Machado resumió magistralmente el concepto de orfandad de la modernidad, y así llega a decir eso de:

Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

sino estelas en la mar.

Machado, como buen ateo, y buen liberal, supo que su «caminante» estaba perdido, y nunca encontraría el camino, la verdad y la vida. Como buen relativista negó el camino que las generaciones pasadas avanzaron por nosotros (son tus huellas el camino), negó la existencia de un único camino a la verdad (no hay camino, se hace camino al andar), y negó al hombre la libertad de rectificar sus errores (la senda que nunca se ha de volver a pisar).

El hombre moderno ha olvidado aquellas palabras de Nuestro Señor al decir «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.» (Evangelio de San Juan 14:6), y el objetivo del tradicionalismo ha de ser obligar al hombre a rectificar sus pasos, a desandar el camino, y encontrar el punto de retorno en el que perdimos la senda guiando a los hombres para recomenzar nuestra larga caminata hacia la verdad.

Si la sociedad perdió el camino, el tradicionalismo en ningún momento perdió el mapa, por lo que tiene la obligación de servir como guía, desandar las abruptas peñas que la revolución nos hizo ascender para llevarnos al desastre, volver a vadear los arroyos de agua putrefactas que los idolatras nos hicieron cruzar para secar las fuentes de la verdad pura, y volver a atravesar los desiertos que nos obligaron a transitar para secar nuestras almas.

El verdadero progreso, el perfeccionamiento de las sociedades, obliga en ocasiones a rectificar el paso para retomar el camino correcto, y esa rectificación ha de ser larga y profunda, pues el camino se perdió hace muchas jornadas, desde que el protestantismo derrocó al libre albedrío y sometió las almas al relativismo destructor.

Nuestro fin es la vida eterna, y para su consecución sabemos que Él es el camino, que tenemos la libertad y la obligación de rectificar nuestros pasos, y que las generaciones pasadas ya emprendieron ese camino antes de ser confundidos por la revolución, el individualismo, y el relativismo.

Carlos Mª Pérez- Roldán Suanzes- Carpegna

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