
Durante demasiado tiempo Colombia mantuvo relaciones diplomáticas con el régimen iraní como si se tratara de un Estado cualquiera, un interlocutor normal con el que se pudieran cumplir las formalidades propias de las relaciones internacionales.
Irán no es eso.
El régimen de los ayatolás lleva décadas sosteniendo una política exterior apoyada en la promoción de milicias, organizaciones terroristas y operaciones clandestinas fuera de sus fronteras. Hezbolá no habría alcanzado el poder militar y financiero que ha tenido durante tantos años en el Líbano sin el respaldo constante de Teherán. La Guardia Revolucionaria iraní ha sido durante décadas uno de los instrumentos utilizados por ese régimen para proyectar su poder mucho más allá del territorio iraní.
Colombia no tenía ninguna razón para mirar aquello con indiferencia.
Existe además un antecedente que jamás debió olvidarse. Durante la zona de distensión del Caguán, cuando Andrés Pastrana cometió el despropósito de entregarles a las Farc una enorme extensión del territorio colombiano para adelantar unas negociaciones que la guerrilla aprovechó para fortalecerse, apareció Irán interesado en desarrollar un proyecto precisamente en San Vicente del Caguán.
El famoso frigorífico iraní.
La explicación oficial era bastante inocente: cooperación, desarrollo productivo, apoyo económico. No se estaba hablando de instalar un matadero de ganado en cualquier municipio colombiano. Se pretendía hacerlo en el corazón de una zona donde la banda criminal al mando de Tirofijo ejercía un poder inmenso, mientras el Estado había retirado a la Fuerza Pública y la organización terrorista utilizaba aquel territorio para moverse con la libertad que jamás había tenido.
¿Qué interés podía tener Irán allí? La pregunta sigue siendo pertinente casi treinta años después.
El proyecto finalmente no prosperó, pero el episodio dejó una advertencia que Colombia prefirió no atender. Ese país llevaba años construyendo relaciones con organizaciones armadas y movimientos políticos en distintas partes del mundo y, de repente, aparecía ofreciendo financiar infraestructura dentro del santuario territorial de la guerrilla más poderosa de Colombia. La simple oferta era suficiente argumento para actuar con contundencia.
Desde entonces transcurrieron gobiernos, entre ellos el de Uribe quien no quiso o no pudo romper las relaciones con el Estado islámico, motivo por el que Irán mantuvo su embajada en Bogotá y Colombia conservó el vínculo diplomático con Teherán, aunque sin mantener una embajada residente permanente allí.
La pregunta elemental nunca desapareció: ¿para qué?
¿Qué interés estratégico fundamental tenía Colombia en mantener ese nivel de relación con un régimen que ha utilizado organizaciones armadas como instrumento de su política exterior, que ha reprimido brutalmente a su propia población y cuyo aparato militar ha actuado durante décadas fuera de sus fronteras?
El Gobierno de Abelardo De La Espriella tuvo el coraje suficiente y decidió terminar la relación diplomática. La ruptura comenzó a regir el 19 de septiembre. Al mismo tiempo, declaró organización terrorista al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y anunció mayores controles frente a personas vinculadas con esa estructura. Son decisiones que modifican de manera profunda una relación que Colombia mantuvo durante décadas.
Ahora corresponde que la ruptura sea una ruptura verdadera.
Las funciones estrictamente consulares podrán manejarse mediante los mecanismos que establece el derecho internacional. Una cosa es atender a un ciudadano que necesita un documento o resolver un asunto consular y otra muy distinta mantener funcionando normalmente una representación diplomática después de que los dos países han roto relaciones.
La embajada iraní en Bogotá es cosa del pasado.
La experiencia latinoamericana demuestra que las redes internacionales del régimen iraní no conocen demasiadas fronteras. Para un país que ha padecido durante más de medio siglo terrorismo, narcotráfico, penetración extranjera de organizaciones criminales y financiación clandestina de grupos armados, cualquier vínculo que pueda comprometer su seguridad merece el máximo escrutinio.
La historia colombiana contiene demasiados ejemplos de amenazas que fueron despreciadas cuando todavía parecían pequeñas.
El episodio del Caguán debió bastar para mantener los ojos abiertos.
La presencia de una embajada iraní tampoco podía ser tratada eternamente como un elemento más del paisaje diplomático bogotano mientras el propio Estado seguía acumulando razones para desconfiar del régimen al que esa misión representaba.
Ahora viene lo importante: que Colombia deje claro que su territorio no será utilizado por ninguna estructura extranjera para desarrollar actividades clandestinas, financiar organizaciones violentas, crear redes de influencia o acercarse a los enemigos armados de la República.
Con Irán, cualquier ingenuidad puede salir demasiado cara.
Publicado: septiembre 28 de 2026
https://los.irreverentes.com/2026/09/iran-fuera-de-colombia/