
A cuatro semanas de la primera vuelta, cuando se ha conocido la última tanda de encuestas, queda perfectamente establecido que lo de Abelardo De La Espriella no era ni un globo ni una fantasía de las redes sociales. Su campaña, efectivamente, logró despertar un fervor que no se veía en Colombia, quizás desde la época en la que el pueblo llevó a Álvaro Uribe a la Presidencia de la República.
Las encuestas, además, confirman una realidad que muchos se resistían a aceptar: Abelardo es el segundo en la contienda y Paloma Valencia no pudo superarlo. Ese dato marca el estado real de la competencia y desinfla buena parte de las lecturas interesadas que pretendían presentar su candidatura como un fenómeno pasajero, artificial o incapaz de traducirse en intención de voto.
Pero una campaña puede perderse si el candidato yerra. Así que las cuatro semanas que faltan para las elecciones serán definitivas. Cualquier equivocación adicional de la coalición «Frankenstein» seguirá deslizando electores del viejo uribismo hacia la campaña de Abelardo. Y a la inversa: todo error que cometa el tigre será capitalizado por su rival inmediata. Vale la pena tener muy presente el chascarrillo sobre Oviedo a tres días de la consulta de marzo, cuando una broma fue habilidosamente presentada como un ataque homofóbico que redundó en un importante empujón al candidato que ha hecho de su condición sexual una bandera electoral.
La política consiste, en buena medida, en dominar los acontecimientos, no en dejarse arrastrar por ellos. Las campañas despiertan pasiones, generalmente bajas. Sacan, como se repite hasta la saciedad, lo peor de cada persona y, como apuntó el ensayista decimonónico Charles D. Warner, hacen «extraños compañeros de cama».
Los que hasta hace poco eran antagonistas sin retorno hoy se muestran como un bloque indivisible. Algo absolutamente normal y comprensible, puesto que quien aspira a un cargo de elección popular hace todo lo que esté a su alcance para alcanzar su objetivo. No en vano, el expresidente Turbay repetía incansablemente que en política solo son necesarias dos operaciones aritméticas: sumar y multiplicar; nunca restar.
Pero hay sumas aparentes que, en la práctica, terminan siendo restas. Eso es, precisamente, lo que sugieren las encuestas respecto de la campaña uribo-santista de Paloma Valencia, tras su decisión de coaligarse con la clase política tradicional colombiana, hoy seriamente erosionada ante la opinión pública. En la mente de muchos votantes se ha instalado la convicción de que buena parte de los males del país provienen, justamente, de los compañeros de viaje de Paloma.
Es cierto —y negarlo sería ingenuo— que los operadores políticos tienen capacidad de movilización electoral. Pero esa maquinaria no se activa por inercia ni por altruismo; exige el desembolso de miles de millones de pesos. ¿La campaña de Paloma está dispuesta a poner a circular esos recursos? Si no lo hace, terminará atrapada en una paradoja costosísima: asumir el desprestigio de la politiquería sin capturar sus votos. Dicho sin rodeos, cargaría con el pecado y sin el género.
A Abelardo, en cambio, la coherencia le ha dado frutos. Mientras Paloma aparece rodeada de los mismos sectores que buena parte del país identifica con el desgaste, la componenda y la politiquería, él ha logrado proyectar una línea más nítida. Esa diferencia pesa. En una elección marcada por el fastidio ciudadano frente a las viejas estructuras, no parecerse a ellas puede valer más que cualquier adhesión de maquinaria.
La campaña entró —para decirlo en términos de la hípica— en tierra derecha. En ese tramo final no habrá espacio para la sutileza: desde el sector «Frankenstein» arreciarán los ataques ad hominem contra Abelardo. En las últimas horas situaron en la primera línea al menos indicado: Rafael Nieto Loaiza.
La escena tiene algo de irónico. El abogado Nieto, que mientras en público fingía fustigar al régimen venezolano, en privado intrigaba para que el gobierno de Duque reconociera la legitimidad de Maduro —vaya a saberse cuáles eran los intereses económicos que estaban detrás de aquella ambivalencia—, comparece ahora como censor moral de Abelardo. Lastimosamente, Nieto Loaiza pasa por alto —con notable ligereza— que no hace mucho buscaba al mismo a quien hoy ataca para que le financiara sus fallidas aventuras electorales. Algo sí hay que reconocerle a Nieto: la confianza que se tiene en sí mismo al creer que posee condiciones para ser presidente de Colombia.
La campaña y los seguidores de Abelardo De La Espriella no pueden caer en provocaciones. Ellos van ganando y, durante los días que faltan para las elecciones, les pondrán toda suerte de cascaritas. Los desafiarán, los insultarán, les dirán que en ningún caso votarán por el tigre en segunda vuelta. Pero se equivocarían si contestan o reaccionan. Antes bien, que hagan suyo lo que enseña Marco Aurelio en sus Meditaciones: la mejor manera de ajustar cuentas es no parecerse a quien ha proferido la ofensa.
Finalmente, conviene no tomar demasiado en serio a quienes desde ya anuncian que jamás votarían por Abelardo en una segunda vuelta. Muchos de ellos están blufeando. Hoy necesitan sobreactuar distancia, marcar territorio y hacer creer que su voto es inaccesible. Pero, llegado el momento, cuando la alternativa sea entre Abelardo y el advenimiento de un régimen comunista, buena parte de esos mismos electores terminará votando por él, con gusto o sin gusto. Porque una cosa es posar de exquisito en la primera vuelta y otra muy distinta es cargar con la responsabilidad histórica de abrirle la puerta a la muerte política, económica y moral del país en un eventual gobierno de Iván Cepeda.
Publicado: mayo 4 de 2026
https://los.irreverentes.com/2026/05/la-constatacion-de-una-realidad/