
El pasado fin de semana el suroccidente de Colombia estuvo bajo un ataque brutal y asesino por parte de las FARC, con un total de 26 atentados terroristas.
Una poderosa carga explosiva dinamitó la carretera entre Cali y Popayán dejando 20 muertos y cerca de 50 heridos, destruyendo camiones, buses de servicio público y autos particulares. En la vía quedó un inmenso cráter, como testimonio del salvajismo y la degradación a la que han llegado las FARC en su lucha criminal por el poder. Fallecieron 15 mujeres y 5 hombres, y entre los heridos graves hay varios niños.
Igualmente hubo ataques terroristas en Cali y Palmira, donde fueron dinamitadas las instalaciones del Ejército en ambas ciudades. También hubo ataques armados en Jamundí, Jambaló, Timba, Miranda, Corinto y Guachené, poblaciones que rodean a Cali.
¿Cómo es esto posible en medio de la paz promovida por el gobierno de Petro?
Es que esa paz no es verdadera paz. Es la entrega del país a la dictadura narcoterrorista de las FARC, lo cual es la implementación del nefasto proceso de claudicación firmado entre Santos y las FARC en 2016.
Desde la firma de ese Acuerdo, Colombia sabía que no habría paz. Fue un plan para la entrega del País a sus enemigos narcoterroristas; para la expansión del terrorismo a todas las ciudades; para abolir la propiedad privada; para liquidar la salud; para destruir la economía; para la expropiación del campo; para conducir a las FARC al poder.
En 2016, la propaganda conjunta del gobierno Santos y los organismos internacionales aplaudieron la falsa paz. A los cobardes les pareció delicioso indultar a los terroristas de las FARC y perdonarles todos sus crímenes a través de la monstruosa impunidad de la JEP. Sin embargo, casi todos sus comandantes regresaron enseguida a la lucha armada, pues era falso que habían entregado las armas. Pero los secuaces de la falsa paz guardaron silencio, como si eso no significara nada.
Entonces, ¿cómo se consigue la verdadera paz? La única forma de conseguir la paz es combatiendo a la subversión marxista, encarcelando a los asesinos que la promueven, dando de baja a los terroristas y utilizando todo el poder legítimo del Estado para imponer el orden, proteger a la población y castigar el crimen y el terrorismo.
40 años de equivocaciones
Llevamos 40 años ejecutando una política de protección al terrorismo, de indulto y de amnistía incondicional a todos los criminales, con el pretexto de conseguir la paz. El único resultado es que cada vez hay menos paz y más violencia irracional. Y más coca, que es el alimento de la guerra, pues su cultivo está protegido por una sentencia espuria de la Corte Constitucional que prohíbe erradicarla de la única forma que se puede hacer.
Los claudicantes dirán que el combate a las FARC iniciará una nueva guerra. Lo cual es falso, porque la realidad es que ya estamos en guerra. La causa es la debilidad del Estado con los promotores del terror, y la única forma de enfrentarla y ganarla es dejando de lado la cobardía y la capitulación del Estado y de la Sociedad frente a un poder criminal organizado que destruyó a Colombia.
Se equivoca radicalmente quien siga creyendo que los grandes males de nuestra época se enfrentan con consejos y buenas intenciones. Es hora de corregir el rumbo absolutamente equivocado que hemos seguido desde que el M-19 asaltó el Palacio de Justicia en 1985, asesinando a 14 magistrados y decenas de personas más. Desde entonces Colombia está secuestrada por ejércitos marxistas que han sido protegidos, financiados y mantenidos por los gobiernos de turno.
¡Llegó la hora de salvar a Colombia! No podemos elegir a Iván Cepeda, el candidato de las FARC, porque esa organización criminal es responsable de más de 150.000 asesinatos, 30.000 secuestros y miles de atentados terroristas.
Debemos elegir a quien tenga el valor de enfrentar esta noche oscura que padecemos desde hace 40 años, que es Abelardo de la Espriella.
28/04/2026 | Por Eugenio Trujillo Villegas | trujillo.eugenio@gmail.com . .