
La elección de Abelardo de la Espriella a la presidencia de la República de Colombia fue un hecho extraordinario. No fue un milagro sino la reacción pacífica y razonable pero muy firme de un pueblo exasperado que busca liberarse de un régimen corrompido que instrumentalizó cada día la violencia subversiva contra la población civil y contra las fuerzas del Estado para que los peores criminales enemigos de la democracia liberal acrecentaran sus poderes.
Esa elección fue una movilización en regla de las fuerzas vivas de la nación. Esa elección no tuvo como meta realizar un banal cambio de gobierno para volver a los trapicheos clientelistas de antaño.
Los 13 millones de electores que votaron por De la Espriella, un outsider de la política, así como un joven y diestro abogado nacido en Barranquilla, vieron en él el único líder capaz de emprender la tarea colosal de salvar a un país que perdió sus equilibrios. Vieron en él el hombre providencial que podría vencer el terror de masas instalado en el territorio y recuperar las libertades públicas. Lo presienten como el creador de una dinámica de prosperidad y confianza. Una clique minoritaria extremista, audaz y bien organizada les había arrebatado todo eso a los colombianos.
Obviamente, el derrumbe de Colombia había comenzado mucho antes. Dio un primer gran paso el 7 de agosto de 2010 con la llegada a la presidencia de JM Santos y su capitulación ante las FARC. Se consolidó durante el timorato cuatrienio de Iván Duque y llegó al infierno de Dante con el gobierno de Gustavo Petro.
En otras palabras, estamos ante un proceso muy pensado, desastroso y afincado durante los últimos 16 años. No estamos pues ante el fin del cuatrienio de un presidente inepto. Tenemos ante los ojos (¿pero lo vemos?) un Estado petrista en marcha. Sufrimos la culminación de los esfuerzos de la subversión armada comunista que había sido derrotada durante más de 40 años.
Obviamente, ese estado petrista es una operación inacabada, pero fue lo suficientemente lejos como para servir de cimientos a un nuevo orden. Desmontar esa construcción nefasta, y sus maniobras para preservar sus intereses, es lo que piden los buenos hijos de Colombia.
Se trata pues de acometer una verdadera revolución. ¿Cómo desmontar esos engranajes, como proteger la Constitución de 1991, restaurar las libertades, la producción de riqueza y las relaciones con los países amigos sin tener el respaldo de las mayorías, de los partidos y de todos aquellos patriotas que combatieron contra la aventura petrista?
El petrismo pretende reconquistar el gobierno perdido y ya comenzó a aplicar sus viejas recetas. Lanza la idea de que aquí no ha pasado nada, de que Petro era un gobierno como los otros, que “la mitad del país es petrista”, que De la Espriella ganó por muy poco, que es esencial que sean “implementados” (como si nunca lo hubieran sido) los acuerdos de La Habana (repudiados por los colombianos en el referendo de 2016) y que les respeten a los andamiajes comunistas sus “garantías”.
Su primera tarea, crear grietas en el campo adversario, está dando resultados. Fracciones que combatieron desde julio la candidatura del senador Iván Cepeda están ahora en otra cosa: enredadas en formar querellas de bajo nivel con el presidente electo por la repartija de puestos en el Senado y Cámara de Representantes. El uribismo parece haberse tragado el rumor de que el abelardismo quiere “hacerle algo malo” al CD. Y lo peor: el CD se cree con el derecho a prohibirle al abelardismo construir su propio partido. Esa truculenta intriga muestra la habilidad del comunismo y la miopía del uribismo actual.
El Estado petrista se defiende así. Si no reaccionamos, la captura del Estado no terminará el 7 de agosto. Quedará en pie y será ayudado por aquellos que creen que la única vía es imitar el espíritu de 1957, un acuerdo de gobierno de 16 años entre liberales y conservadores. ¿Es lo que Paloma Valencia esbozó el 11 de marzo pasado cuando declaró, con el aval del expresidente Uribe, que ella quiere “invitar al petrismo a que [la] vean de otra manera: voy a ser una presidenta que los va a querer tanto como quiero a los uribistas”?
Mucho dolor y miseria le ha costado a Colombia creer, como lo pregonaban ciertas élites, que el comunismo es la incandescencia del liberalismo. No lo es. El comunismo es la negación rotunda de todo, de la paz, del derecho, de la civilización. ¿Podremos salir algún día de esa manipulación intelectual? La hora del desmantelamiento del Estado petrista ha llegado.
19/07/2026 | Por Eduardo Mackenzie
https://lalinternaazul2.wordpress.com/2026/07/20/la-hora-del-desmantelamiento-del-estado-petrista/