La rebelión de la clase media

 

 

Más allá del hastío de los colombianos frente a la incompetencia y la corrupción del gobierno que termina, la pasada elección empezó a definirse hace cuatro años. Fue entonces cuando Petro, en lugar de concentrarse en las preocupaciones cotidianas de la mayoría, le presentó al país una agenda de causas marginales, debates ideológicos y activismo político. La izquierda perdió el rumbo cuando dejó de preguntarse qué les importa realmente a los ciudadanos y no entendió que el país de hoy ya no es predominantemente rural, pobre, ni aislado, sino más urbano, de clase media y crecientemente integrado al mundo.

La historia demuestra que las personas rara vez votan movidas por grandes debates teóricos. Votan pensando en aquello que afecta directamente su vida cotidiana. Para el colombiano promedio pesan mucho más el precio de los alimentos y la inseguridad urbana que cruzadas ideológicas como la causa palestina o la política antidrogas de Estados Unidos. Sin embargo, la izquierda colombiana siguió sin entender la transformación demográfica del país y permaneció aferrada a un discurso centrado en la lucha de clases, la reforma agraria, el antiimperialismo, la estatización y la confrontación entre empresarios y trabajadores.

La dificultad para Cepeda es que esa desconexión entre el gobierno y las clases medias terminó haciéndose evidente. Mientras Petro insistía en cuestionar la explotación de hidrocarburos, amplios sectores de la población estaban preocupados por el aumento en las tarifas de energía y el riesgo de desabastecimiento. Mientras el discurso oficial celebraba nuevas reformas sociales, un gran número de hogares sentían que pagaban más impuestos y recibían menos servicios. Mientras el énfasis seguía puesto en procesos de negociación con grupos armados, muchos ciudadanos percibían un deterioro creciente de la seguridad en sus regiones.

Otro error de la izquierda fue importar preocupaciones propias de sectores académicos y élites culturales de otros países, sin advertir que América Latina enfrenta prioridades diferentes. Mientras en algunos espacios de Europa y Estados Unidos el debate gira alrededor de los derechos de las minorías, el lenguaje inclusivo, el cambio climático o complejas discusiones culturales, millones de latinoamericanos siguen preocupados por la inseguridad, la informalidad laboral, la calidad de la educación, el acceso a la salud y la falta de empleo. No es que las primeras discusiones sean irrelevantes, sino que para buena parte de nuestra gente las segundas son mucho más urgentes.

La desconexión tampoco fue exclusiva de la izquierda. Una parte importante de los grandes medios, de analistas de opinión y de ciertos intelectuales, continuó interpretando a Colombia con conceptos heredados del pasado. Les costó advertir el surgimiento de una sociedad más pragmática, más aspiracional y cansada del centralismo bogotano, que comenzó a evaluar a sus gobernantes por su capacidad para resolver problemas. En lugar de escuchar cuáles eran las prioridades de esa mayoría, con frecuencia intentaron decirle que era mejor el “status quo” que ensayar algo nuevo. Esa distancia entre la conversación de las élites y las preocupaciones de los ciudadanos terminó reflejándose en las urnas. Más que la victoria de un candidato, esta elección representó la rebelión de una mayoría que se sintió desatendida.

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