
Reaparece el octogenario exministro petrista, exabogado de las Farc y arquitecto inequívoco del ignominioso acuerdo de La Habana, Álvaro Leyva Durán. Ese mismo que no hace muchos años le enviaba cartas —en tono casi afectuoso— a Jesús Santrich, escritas al alimón con Iván Cepeda, en las que lo exaltaba como un paladín conciliador.
El Leyva que ideó ese tribunal asqueroso de la JEP, concebido para lavar culpas y garantizar la impunidad de las Farc, mientras trasladaba responsabilidades a inocentes miembros de la Fuerza Pública. El mismo que durante décadas, como un tartufo moviéndose entre bambalinas, procuró desestabilizar al uribismo mediante toda suerte de complots, persecuciones y conspiraciones.
Y ahora, precisamente él, se queja de ser un perseguido de Petro. A Leyva le cabe perfectamente aquella célebre frase según la cual la revolución devora a sus propios hijos. No es casualidad: Petro es hoy presidente de Colombia gracias, en buena medida, a su apoyo decidido; y, sin embargo, hoy se presenta como víctima de ese poder que ayudó a consolidar.
Durante su paso por la Cancillería, Leyva actuó como si el poder no tuviera límites. Llegó incluso a insinuar —apenas veladamente— que podía convertirse en el llamado a suceder a Petro en 2026 (¡!).
Se ha señalado que Leyva —pero, de manera más concreta, su hijo Jorge— estuvo interesado en la manipulación del contrato de los pasaportes. En ese billonario negocio no hay justos. Ni los oscuros empresarios Bautista, que llevan décadas controlándolo, ni los demás sectores interesados en quedarse con ese billonario contrato —que más parece un negociado— pueden pretender presentarse como ajenos a prácticas cuestionables.
Será en el juicio donde Leyva tendrá oportunidad de explicar con detalle su proceder. Todo indica que terminará recibiendo una condena, y pasará lo que le quede de vida privado de la libertad. Quizá ese sea el momento —paradójicamente propicio— para que, en la reclusión, Leyva recapitule su trayectoria, reconozca sus maniobras, acepte sus culpas y emprenda, si aún es posible, la reparación del daño causado.
Porque, como afirma santo Tomás de Aquino, el arrepentimiento no es solo dolor por el mal cometido, sino propósito firme de enmienda.
Leyva, sin embargo, no ha mostrado hasta ahora signos de ese arrepentimiento auténtico. Se trata de una figura opaca que, desde comienzos de la década de los años 80 del siglo pasado, se preciaba de tener contacto con una de las organizaciones terroristas más violentas de Occidente: las Farc. Era el hombre de los mandados, el intermediario que susurraba al oído de esa organización mafiosa, hasta el punto de ser conocido bajo el alias de «el profesor».
Hoy, cuando el aparato de poder al que contribuyó a configurar se vuelve contra él, pretende presentarse como víctima. Pero no lo es. Está, más bien, enfrentando las consecuencias de sus propias decisiones, de sus propias alianzas, de sus propias maniobras.
Sus angustias de hoy, sus quejas de hoy, no son otra cosa que lágrimas de cocodrilo. Son el lamento de quien, habiendo contribuido a engendrar un monstruo, termina finalmente padeciendo su propia creación.
Y acaso, cuando llegue la hora definitiva, su epitafio podría recoger una sentencia semejante a aquella que, según la tradición, muchos quisieron que figurara en la lápida del cardenal de Richelieu: aquí yace un hombre que hizo mucho mal y poco bien; el mal lo hizo bien y el bien lo hizo mal. Esa podría ser, en síntesis, la inscripción de una vida marcada por la persistencia en el error.
Publicado: abril 13 de 2026
https://los.irreverentes.com/2026/04/lagrimas-de-cocodrilo/